
Las Tunas.- Otra tunera muerta a manos de su pareja. Otro niño que ahora mismo ha perdido la estabilidad de su hogar. Las redes sociales se eclipsan en comentarios y reacciones, y, de nuevo, hay un gran silencio institucional al respecto, caldo ideal para que repintemos el posible panorama a nuestro antojo.
Muy independientemente de los detalles y la acción policial posterior, la realidad muestra que los femicidios siguen ganando terreno, ensombreciendo todo a su paso. Semanas atrás, las plataformas digitales se encogieron también por el supuesto asesinato de una adolescente. Tampoco hubo nota oficial al respecto.
Una muchacha joven no volverá a abrir los ojos. Los posts en Facebook destilan dolor, pero a las semanas llega otro similar. Y aunque parece discurso trillado, este panorama, coincidimos muchos, pide a gritos una ley integral para la protección a la mujer, un marco sancionador más preciso y severo que pueda poner freno a una problemática social producto del machismo estructural que nos consume y que muchas veces queremos disimular.
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Llevo días leyendo sobre las personas sancionadas por adulterar la leche de los niños en el territorio. La repercusión de informar con oportunidad ese suceso tremendo seguro resultará ejemplarizante y me parece muy bien. Sería bueno que el femicidio se asuma con el mismo rigor informativo y transparencia, porque no hacerlo legitima uno de los grandes estereotipos que rondan la violencia de género: “son cosas de pareja”. Y estamos hablando de una vida perdida, de un ser humano ultimado.
Visibilizar la violencia y su manifestación más cruenta sigue constituyendo un reto inmenso. Cada vez que me atrevo a escribir sobre la violencia psicológica que carga el universo femenino, máxime en estos tiempos de extremas necesidades económicas, duele ver en comentarios que muchas seguimos ajenas a las cadenas a las que nos ciñe el machismo.
No me estoy yendo por las ramas. La misma cultura arcaica que educa a las niñas para ser perfectas amas de casa es la que adoctrina a los niños en aquello de que las mujeres son posesiones, que les pertenecen a los hombres, “no te dejes gobernar”, “no permitas que te conteste”, “no le des ala”, “ponle mano dura” y después se avergüenzan ante la violencia e intentan silenciarla.
Quitémonos las máscaras, en la familia es donde primero se perpetúa o se desaprende la violencia de género. Nos horrorizamos ante los hechos extremos en la palestra pública, pero en casa permitimos maltrato, volteamos la cabeza cuando sabemos que alguien cercano es víctima de un abusador; encubrimos diciendo que al niño “se le fue la mano” porque “estaba borracho” o “desequilibrado de los nervios”, cuando en ambos casos debe mediar ayuda profesional para la protección de todas las partes.
No actuar es una forma de legitimar la violencia, de ahí que sea tan peligroso que las instituciones no informen de inmediato sobre el suceso y su ejercicio al respecto, dejando bien clara su condena, por reiterativa que parezca, a todo crimen contra cualquier mujer. Lo que de verdad importa es poner freno a una problemática creciente, lograr espacios de derechos, más saludables también para las distintas masculinidades que se erigen entre los vacíos existentes y la inconciencia.
Por más que la provincia esté siendo favorecida por dos proyectos nacionales que pretenden accionar en contra de la violencia de género aquí, sigue faltando un protocolo de actuación más efectivo, sobre todo, centrado en la prevención. ¿Hasta cuándo vamos a continuar lamentando la muerte de otra mujer? ¿Y seguirá expresándose por lo bajo?

