Las Tunas.- Que la Asamblea Municipal del Poder Popular en Las Tunas haya evaluado y aprobado el expediente de nominación del grupo portador de tradiciones francohaitianas Petit Dancé y del proyecto sociocultural Zabaleando como Patrimonio Cultural, reconociendo oficialmente la importancia del folclor que defienden sus cultivadores, es una noticia que nos alegra sobremanera.
Aunque todo forma parte de un proceso que culmina con la inscripción en el Registro Central de Patrimonio Cultural y Patrimonio Natural, de acuerdo con la Ley No. 155 de ese apartado, cobra gran significación que, a nivel local, sepamos identificar, sopesar y documentar los valores que en ese sentido nos distinguen y también que las instancias gubernamentales apoyen estas expresiones. Hablamos de identidad, cubanía y legados sostenidos por generaciones.

EL LATIR DE LOS TAMBORES
Allí, en el repiquetear de las manos sobre el tambor, en las faldas y banderolas que se agitan, en el impacto sonoro y multicolor que dejan los cantos negreros, habita Petit Dancé desde hace ya una centuria.
Primero bajo el nombre de La Flé, luego (en la década del 70) con su nomenclatura actual. Pero todo empezó con la llegada de Marina Sandy Nagot desde Okay, al sur de Haití, en 1925. Fue precisamente Meriño, el batey del central Manatí, el que acogió el debut del colectivo. Luego Silvia Hilmo Sandy (Titina) seguiría la tradición de su madre y, en la actualidad, Martha Martínez Hilmo, en igual condición.
“Lo único que quiero es que nunca se desintegre el grupo”, confesó Titina la última vez que estuvo en el Festival del Caribe, evento del cual la agrupación es invitada de honor. Los consanguíneos se aferran a esas palabras “con uñas y dientes”, como decimos en buen cubano.

Desde el foco cultural con su nombre, ubicado en el reparto Aguilera, o en cualquier otro espacio, la actual hornada reverencia a sus ancestros desde el mantenimiento de costumbres que rebasan la música y la danza, llegando a la culinaria, la vestimenta, la construcción de instrumentos y rituales propios de su creencia.
En el seno del elenco confluyen exponentes de diversas generaciones. Está Martha (descendiente directa de Titina), nietos de esta última como Galina y Alexis Boloy Martínez, hijos de ellos y hasta niñas como Amaia que, a temprana edad, bailan y descubren el abrazo ferviente de la idiosincrasia. En todos late la estirpe haitiana, los secretos del creole, particularidades del vudú... En fin, raíces ancestrales.
“Dentro de unos años yo estaré más viejita, pero aún sigo aquí, luchando hasta que Dios quiera”, expresó Martha a 26 el pasado año. Su voz resuena en la memoria, entre cantos y bailes que se mezclan con claves, tambores, fragmentos de azadones...; entre platos como el tomtom y el calalú; entre yagua, guásima y banderolas donde se leen nombres de santos como San Paz. Y allí, en medio del sincretismo, la convicción de cultores como Galina de “proteger una cultura que no puede morir”.

A RITMO DE COMPARSA
Si hay algo popular en estos predios es la comparsa Estampas Tuneras, más conocida por el sobrenombre de su fundador Edilberto E. Agüero Rodríguez, Zabala. Él vivió entre los años 1933 y 2016, pero sus aportes permanecen... Justamente en el barrio “Marabú” empezó la efervescencia de lo que sería después toda una tradición.
“En el parque Maceo estaban reunidos varios miembros, cuando uno de ellos dijo: ‘¡Miren ustedes! ¡Qué clase estampa!’. Y enseguida nació la idea de nombrar así su agrupación”, cuenta Darlenis Urquiola, directora provincial de Cultura, quien ha investigado los orígenes y desarrollo de ese colectivo.

“Poco a poco, desde que en 1956 adquiriera esa denominación, el proyecto artístico se fue consolidando: adquirió una identidad sonora, se preocupó por el diseño de vestuarios y accesorios vinculados especialmente con la religiosidad (creencia en la Virgen de la Caridad), afianzó el vínculo con la comunidad... Hasta usaban sorpresas en sus presentaciones, pero en general -más allá del mero entretenimiento- persistía el interés de despertar el pensamiento popular”, añade ella.
Sin embargo, esa “clase estampa” no quedó ahí. Hace apenas algunos calendarios, pero también un 24 de febrero (fecha fundacional de la comparsa), los hijos del inolvidable líder crearon el proyecto Zabaleando. La calle Adolfo Villamar, número 130, atesora con orgullo ese legado. Allí tienen “su cuartel general”, como llaman a la sede, puro hervidero de folclor.
Hasta ese sitio llegan niños, jóvenes y adultos hechizados por el llamado de la tradición y un aprendizaje que no siempre se encuentra en nuestras aulas. La enseñanza de pasos de baile, el dominio de instrumentos, una minibiblioteca y hasta acciones de bien público, en favor de personas en situación de vulnerabilidad, son impulsadas por sus gestores.
“Esto empezó como un sueño de la familia para que, en ausencia del carnaval, las nuevas generaciones tuvieran una idea de cómo surgían y se desarrollaban las comparsas, cómo eran las fiestas del pueblo. Se ha convertido en un proyecto de fuerza, gracias al apoyo de la comunidad”, refiere Eddy, el mayor de los hermanos.

“Hay algo profundamente conmovedor en verlos sostener la comparsa cuando las circunstancias no son favorables. Porque lo hacen sin estridencias, sin grandes escenarios, pero con una convicción que estremece. En una ciudad donde el carnaval dejó de recorrer las avenidas, ellos han logrado que la tradición no se apague en la memoria”, resumió al respecto el locutor Roger Cuevas y Carbonell. Sencillamente, como también dijo este destacado comunicador, “esos hijos entendieron que la tradición no se hereda en papeles, sino en latidos”.
Y así, con la intención de reanimar, además, la diana mambisa, parte singular de su quehacer, su prole enrumba múltiples dinámicas participando en eventos como la Jornada Cucalambeana, el Festival Nacional de Telecentros y la Fiesta de Raíces y Tradiciones, pero -sobre todo- alentando la huella del comparsero mayor (Zabala) en las presentes y futuras generaciones.
Tanto Petit Dancé como Zabaleando son una muestra fehaciente de nuestro arraigo identitario. Al igual que ellos, existen otras manifestaciones aquí y allá. Identificarlas y encauzar su expediente de nominación como Patrimonio Cultural puede ser el primer paso de su justo reconocimiento.

