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Santa Clara.- La historia, en su avance inexorable, suele actuar como un tamiz que separa el grano de la paja, la hidalguía de la bajeza.

El reciente sacrificio de los 32 hijos de Cuba, caídos en cumplimiento del deber el pasado 3 de enero, no solo ha dejado un vacío físico en sus familias y un luto nacional en el alma de la patria, también ha desnudado, con una crudeza quirúrgica, las profundas asimetrías morales que conviven en el escenario contemporáneo.

Mientras el pueblo humilde llora a sus mártires, emerge desde las alcantarillas digitales un fenómeno que, aunque previsible, no deja de ser monstruoso: la celebración del óbito, la burla hacia el sobreviviente y la genuflexión ante el poder foráneo.

EL MERCADEO DE LA IMPIEDAD

No sorprende, aunque indigne, la actitud de aquellos que han hecho del odio una profesión y de las redes sociales una trinchera de infamia.

Son individuos que han sustituido la brújula ética por el cálculo financiero; seres para quienes la bandera no es un lienzo de libertad, sino un fajo de billetes; estos amos mentales, que desde la comodidad del algoritmo alaban el poderío militar extranjero y suspiran por invasiones o masacres en su propia tierra, padecen una ceguera humanista terminal.

Para este sector, la vida humana solo tiene valor si cotiza en bolsa. Son incapaces de comprender la mística del sacrificio porque su mundo se agota en el margen de beneficio.

En este punto de la historia, esa ambición desmedida y esa carencia de empatía no son solo rasgos de carácter; son fuerzas profundamente destructivas, que buscan dinamitar los cimientos de la soberanía nacional.

Quien celebra la muerte de un compatriota que vestía el uniforme de la protección ciudadana ha renunciado, de facto, a su condición de hermano de suelo.

LA TRAGEDIA DE LA TIBIEZA: EL MIEDO A LA CADENA

Sin embargo, existe un grupo que despierta una sensación más cercana a la lástima que a la rabia: los tibios. Aquellos que, habitados por una pusilanimidad disfrazada de neutralidad, viven atentos a no incomodar a los primeros. Son los falsos valientes, que han comprendido, con una lógica de supervivencia rastrera, que existen dos fuerzas en pugna.

En su metáfora de cobardía, identifican a la Revolución como el mono al que se puede pellizcar, apedrear y apalear sin mayores consecuencias personales, mientras que guardan un silencio cómplice ante el dueño de la cadena, ese poder hegemónico al que no se atreven ni a rozar, no sea que su furia les cierre las puertas de las oportunidades o los beneficios del sistema que los tutela.

Esta neutralidad calculada es, en esencia, una forma de complicidad con la maldad. Es el juego perverso de justificar al abusador poderoso, mientras se aplica una impiedad absoluta contra la víctima.

Es aquí donde el fascismo revela uno de sus rostros más insidiosos: el de la inversión de valores, donde el héroe es crucificado y el verdugo es aplaudido.

ÚLTIMO VALLADAR MORAL

El perdón al opresor y la inculpación al caído son síntomas de una crisis moral, que no admite medias tintas, como bien advirtió Dante Alighieri en La Divina Comedia, los lugares más calientes del infierno están reservados para quienes, en tiempos de crisis moral, mantienen su neutralidad; no hay refugio ético en el silencio cuando se escarnece a los que dieron todo por la tranquilidad ajena.

Un valladar final contra esta marea de indignidad es la memoria y el patriotismo humanista; mientras los hombres caminen hacia los jardines para dialogar con la historia, y mientras la mayoría del pueblo reconozca en los 32 combatientes la esencia misma de la soberanía, la infamia de los vendedores de patrias y la vacilación de los tibios quedarán reducidas a una nota al pie de página en los anales del oprobio.

Cuba no se rinde ni ante el fuego de la agresión ni ante la ponzoña de la calumnia, porque al final del día, el traje de la gloria -ese que hoy visten los 32- solo les entalla a quienes tienen el corazón lo suficientemente grande como para anteponer el bienestar del prójimo al propio bolsillo.

Los otros, los que ríen sobre las tumbas o callan por conveniencia ya están habitando, en vida, ese rincón gélido del olvido, que la historia reserva para los traidores del espíritu.

Honor y gloria a quienes sostienen el cielo de la patria sobre sus hombros.

 

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