
Las Tunas.- En el fútbol, una máxima no escrita dice que un delantero puede fallar varias veces delante de la portería y, no obstante, convertirse en héroe si en el último minuto anota el gol de la victoria. El guardameta, en cambio, quizás rubrique un partido brillante y, así y todo, termine como villano si provoca por una distracción que un rival vulnere su valla. En efecto, la soledad del arquero es brutal y la cancha no le garantiza siempre ocasiones para desquitarse de sus pifias. Es el jugador más expuesto a que el veleidoso balón lo traicione.
La historia recoge casos en los cuales un equipo fue eliminado por un desliz de su cancerbero. Le ocurrió al colombiano René Higuita en Italia 90 en el partido entre su país y Camerún. Confiado en su buen juego con los pies, y habituado al regate y al riesgo, el osado guardavalla tomó la pelota casi en la mitad de la cancha e intentó driblear al delantero Roger Milla. Pero el africano, astuto y atento, le robó limpiamente el balón, corrió en solitario unos pocos metros y, pese al agresivo empeño del sudamericano por evitarlo, mandó el balón a las redes. Colombia tuvo que armar las valijas y regresar a casa.
Un despiste antológico ocurrió el 15 de mayo de 1974, en la final de la Champion entre el Atlético de Madrid y el Bayern de Múnich. Como el tiempo reglamentario terminó 0-0, hubo que ir a la prórroga. En el minuto 113, Luis Aragonés marcó para los españoles. Faltaban segundos para festejar el título cuando ocurrió lo inaudito: el guardameta colchonero Miguel Reina creyó que el partido había concluido y, según se cuenta, se desprendió de sus guantes y se los entregó a un fotógrafo que estaba detrás de la portería. La insólita escena la aprovechó el Bayern, que empató en los últimos instantes. En el desempate, los alemanes se impusieron 4-0. ¡Y el Atleti perdió la Copa de Europa!
Una dramática derrota escogió como víctima al arquero carioca Moacir Barbosa en la final de la Copa del Mundo de 1950 disputada entre Brasil y Uruguay, en el estadio Maracaná, de Río de Janeiro. Al equipo anfitrión le bastaba empatar para agenciarse la Julet Rimet. Los diarios tenían listas sus portadas con un titular: ¡Brasil campeón! La canarinha marcó primero, pero -¡ay!- , la garra charrúa lo hizo dos veces y las 200 mil almas que colmaban el graderío enmudecieron. La derrota devino duelo nacional, y se conocería como el Maracanazo. A pesar de que su equipo falló varias ocasiones de gol, Barbosa fue culpado del revés. La imputación lo acosó toda su vida: circuló la historia de que, ya retirado, compró la portería y la quemó en una barbacoa.
Si de cancerberos excéntricos se trata, el paraguayo José Luis Chilavert se lleva el primer premio. Su labor en la cancha desbordó la custodia de los tres palos, pues solía convertirse en jugador a la ofensiva y en esa condición anotó... ¡67 goles! En la lista se incluye el que le marcó desde 60 metros al River Plate, y el hat-trick que consiguió frente a Ferrocarril Oeste cuando marcó tres veces desde el punto de penalti. “Provoquen faltas que yo las tiro”, decía. Fue elegido como el mejor arquero del mundo en los años 1995,1997 y 1998.
Bajo los palos exhibieron su talento Ricardo Zamora (El Divino) y Lev Yashin (La Araña Negra). Más acá lo hicieron Maier, Casillas, Buffon, Neuer, Kahn, Courtois, el Dibu, Dino Zoff y otros. Se trata de una posición seductora, en cuyas tentaciones cayeron incluso grandes figuras de la literatura y el arte, entre ellos los poetas Rafael Alberti y Miguel Hernández, el filósofo Jean-Paul Sartre, el pintor Salvador Dalí y los novelistas Augusto Roa Bastos y Gabriel García Márquez. ¡Todos admitieron haber defendido una valla alguna vez!
Entre el travesaño y los postes de la portería de fútbol tienen sitio los laureles y el infortunio, la osadía y el miedo. Al golero no solo se le exige atajar balones, sino también convivir con esa frontera invisible donde un instante puede glorificar a un hombre o condenarlo a la memoria. Tal vez radique ahí la belleza y la mística de custodiar la valla. Entraña la certeza de que las atajadas pueden trascender en la historia lo mismo como poemas que como tragedias.

