
Las Tunas.- Entre los seres imprescindibles de nuestra cultura figura Aleida Best Rivero, doctora en Ciencias Pedagógicas, profesora titular, artista, investigadora y coordinadora del Coloquio Internacional Presencia de Guillén, entre otros resultados. No extraña, pues, que haya sido merecedora ahora del Premio Nacional Doctor en Ciencias Justo Alberto Chávez Rodríguez, que otorga la Asociación Nacional de Pedagogos de Cuba.
Pero esta mujer de piel de ébano y esencia criolla es mucho más… Su vida es un ejemplo de resiliencia y superación, y la cultura siempre estuvo ahí, latiendo… La calle Coronel Reyes, de nuestra ciudad, acogió sus primeros pasos. Sin embargo, no había pasado ni un lustro de llegada al mundo, cuando su mamá falleció; mucho tendría que crecerse. “Fue una infancia fuerte. Éramos cinco hijos; yo, la menor. A los 8 años tuve que dejar la escuela para trabajar”, recuerda.
Ella, de raíces anglocaribeñas, guarda con mucho orgullo la huella de su prole. “Mi bisabuelo Jesús Bazán era congo, de los africanos que vinieron a Las Tunas. A mi abuelo le llamaban Juan, el negrito en la guerra por la independencia; soy nieta de mambises. Y mi madre me impregnó pienso en la sangre: ese amor por la Patria”.
Con los ojos profundos de una mujer que ha exprimido la vida y sacado de esta su mejor jugo, afirma: “Tuve que dejar la escuela para desempeñarme como doméstica; mi padre me había enseñado algo sobre eso”. Solo 3.00 o 4.00 pesos le pagaban por su faena. Se fue a vivir con la hermana mayor (una joven apenas), pero a veces había que pedir prestado y, luego, “esos meses se trabajaban sin ver un centavo”.
Aquella niña que, ávida por leer, se escondía con algún libro en manos en “la letrina de los trabajadores” de la casa donde laboraba luego contribuiría a la formación de múltiples pupilos. Hoy, curtida en la sabiduría que dan los años, confiesa: “Fue una etapa dura, pero aprendí los rigores de la vida”.
El tiempo pasó, pero Aleida no ha olvidado escenas previas al triunfo de 1959. “Vivía en el reparto Sosa. Mis ojos habían visto cosas tristes: jóvenes campesinas que eran arrastradas hasta los tugurios; la Policía disparando, persiguiendo a los rebeldes…”.
Mas, “llegó la Revolución y eso fue un despertar”, apunta. Así, tras el renacer de esta nueva etapa, matriculó en una escuela nocturna y se hizo una pregunta definitiva: “¿Voy a seguir siendo doméstica?”. Quería cambiar su destino…
“Primero estuve en una escuela nocturna, pero cambié para otra, llamada Juan Cristóbal Nápoles Fajardo. Entre los profesores que recuerdo con mucho cariño está Fuathseik, que nos enseñó a ser mejores personas”, nos cuenta. Ella, además, se incorporó a organizaciones de masas; y aunque aún encontraba en algún lugar a personas que la discriminaban por ser negra, el entorno social empezaba a cambiar.
Qué iban a apartarla frases despectivas como “El mono aunque se vista de seda siempre es mono” de su pasión por superarse; tenía mucha luz para dar. Por ese camino, se involucró en la Campaña de Alfabetización, que “significó algo grande. Eduqué a unos blancos amables y, de paso, adquirí una nueva familia: los Capote”.
Así, poco a poco, se fue disipando la oscuridad de su pasado. “Veía que podía desarrollarme, era feliz”, refiere. “Me sumaba a todo lo que podía: trabajos voluntarios, Movimiento de Artistas Aficionados… Entonces, una vecina me dijo: ‘A ti que te gustan los pequeños, mira esta oportunidad…’. Y entré a trabajar en el internado de niñas Osvaldo Herrera, algo maravilloso. Me tocó un grupo difícil, pero lo gané con historias, anécdotas y sabiduría. Llegué a ser Vanguardia Nacional”.
Aleida también ocupó cargos en el Gobierno local, especialmente en la esfera de los Servicios. “Pero persistía en mis declamaciones… Un día, Faure Chomón me dijo: ‘Donde debes estar es en Cultura’. Y llegué a ejercer al frente del sector en el municipio cabecera”. Mas Eldika (como la nombró su padre), seguía tras su otra pasión: el magisterio. “Hice mi licenciatura en Historia. Fui jefa de cátedra en una secundaria, secretaria docente y profesora en la ‘Hortaliza 4’, entre otras labores”.
A lo largo de su vida, Best ha dejado su estampa en diferentes enseñanzas. “En 1989 llegué a la Universidad de Las Tunas y desde entonces he estado ahí”, apunta. Asimismo, recibió clases de canto e impartió a otros sus saberes, y es una de las fundadoras activas del Coro de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC). También realizó una maestría en la arista sociocultural y un doctorado que ahonda en el componente caribeño dentro de la identidad cultural tunera. Pero no se conforma, luego siguió con un posdoctoral.
Sin embargo, “lo más importante es mi pueblo. Vivo orgullosa de ser tunera. Pude haberme quedado en otro lado, pero amo a Las Tunas”, afirma la Hija Ilustre de nuestra ciudad, quien atesora medallas, pero nada tan valioso como su comarca. “Mientras tenga fuerzas, daré lo mejor de mí a esta provincia”, apunta a sus 80 años.

