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Las Tunas.- “Tú eres eso, pero nadie tiene por qué enterarse”. La frase pretendía proteger, o al menos así suelen presentarse ciertas advertencias cuando vienen de personas cercanas que dicen preocuparse por el futuro y creen saber qué conviene callar para evitar problemas. La recomendación encierra una condición difícil de ignorar. La homosexualidad podía tolerarse, siempre que permaneciera fuera de la vista de los demás.

El episodio ocurrió después de una sesión fotográfica durante el mes del orgullo LGBTIQ+, en junio. Para participar en un concurso, dos muchachos posaron juntos y se besaron ante la cámara. Las imágenes se subieron a Instagram y, durante un tiempo, todo pareció transcurrir con normalidad.

Luego llegaron las vacaciones, el regreso al entorno de siempre y las opiniones de quienes habían visto las fotografías, algunas después de que otras personas se encargaran de mostrárselas entre sí como si de hazaña o historia de circo tratara.

“Eso no se ve bien, no debiste hacerlo”. También apareció el padre, invocado como argumento definitivo. ¿Le gustaría aquello? ¿Qué pensaría al verlo? De pronto, el centro de la conversación dejó de ser una fotografía artística. La preocupación se desplazó hacia la posibilidad de que alguien descubriera una realidad que, según aquellos consejos, debía mantenerse a resguardo.

Bryan, estudiante de Periodismo y uno de los autores de estas líneas, conoce el peso de esas palabras. Las fotografías no le provocaron arrepentimiento; las críticas, en cambio, le permitieron reconocer una contradicción demasiado frecuente. Algunas personas dicen aceptar la diversidad sexual, pero establecen límites cuando deja de ser una información privada y se convierte en una presencia visible.

Ahí comienza el problema. A nadie debería incomodarle un beso entre dos chicos. Sin embargo, todavía hay quienes consideran necesario advertirle sobre las consecuencias de hacerlo, hay que justificar ahora y en formato APA el afecto entre dos hombres, exigirles una justificación que otras parejas nunca necesitan ofrecer. Ni siquiera parece comprensible, mucho menos justo.

El prejuicio en esta sociedad convulsa aprendió a cuidar las formas. Como bien advirtiera José Martí al fustigar el fariseísmo de las sociedades atadas a las apariencias, la intolerancia más ruin prefiere matar el alma con guantes de seda antes que mostrar el rostro abierto del odio. No siempre se insulta, amenaza o expulsa. A veces baja la voz, invoca el cariño y recomienda la prudencia. No dice que una persona deba avergonzarse de quien es; le explica que los demás podrían avergonzarse de ella y les aconseja un amor no demasiado evidente -nótese la ironía entre esta prosa. La presión resulta más difícil de señalar precisamente porque puede venir acompañada de afecto genuino.

Las buenas intenciones no vuelven inocente cualquier consejo. Cuando la solución propuesta consiste en esconder una parte de la propia vida, conviene examinar quién debe cambiar para que todos se sientan cómodos. En estas situaciones, rara vez se pide a quien discrimina que revise sus ideas. La tarea recae sobre quien recibe el rechazo, obligado a medir sus gestos, controlar sus publicaciones y calcular qué personas podrían sentirse ofendidas por una muestra de cariño.

Salir del clóset no termina con el secreto y, por tanto, inaugura una etapa distinta, en la que la familia, las amistades y el resto del entorno deben demostrar si su aceptación resiste la realidad cotidiana.

Homoxualidad femenina

La calle ofrece otra medida de esa desigualdad. Muchas parejas que evitan tomarse de la mano o besarse en público, no porque les falte afecto, es porque conocen, en carne propia e impropia, los riesgos de hacerlo. Una burla puede convertirse en hostigamiento, en amenaza e incluso, cuando no ocurre nada, la posibilidad de una reacción hostil obliga a mantener una vigilancia que otras parejas rara vez necesitan ejercer sobre sí mismas.

¿Se imagina a una pareja heterosexual recibiendo advertencias constantes por besarse en una plaza? ¿A alguien recomendándole que no publique una fotografía junto a su pareja para evitar que su familia se entere de lo que ya conoce? La comparación no pretende establecer quién sufre más, no es tampoco el objetivo, pero es que la libertad de mostrar afecto no se distribuye de igual manera cuando la orientación sexual determina qué gestos se consideran aceptables.

La cultura también participa en esa mirada. Durante años, numerosas ficciones representan al amigo gay como un personaje secundario, cuya principal función consiste en escuchar los problemas sentimentales de una mujer, acompañarla de compras o aportar una nota de humor. La amistad no tiene nada de cuestionable y la solidaridad merece reconocimiento en todas las identidades. El problema radica cuando la homosexualidad queda reducida a un recurso narrativo y el personaje pierde su complejidad humana.

Detrás de ese estereotipo -muy marcado por cierto-, hay una forma de aceptación que concede “un espacio”, pero impone un papel. El hombre homosexual puede formar parte del grupo mientras cumpla las expectativas que otros construyen para él. Fuera de la pantalla, la misma lógica sobrevive cuando se espera que sea discreto, divertido, inofensivo y, sobre todo, incapaz de incomodar a quienes lo rodean.

Tampoco basta con pertenecer a la comunidad LGBTIQ+ para escapar de esas ideas. Los prejuicios sociales se aprenden durante años y pueden sobrevivir incluso en quienes sufren sus efectos. Por eso, algunos reproducen entre sus semejantes la recomendación de no llamar la atención, de evitar ciertas demostraciones o de mantener la vida afectiva lejos de las miradas.

Cuba avanza en el reconocimiento de derechos para las personas LGBTIQ+, y ese proceso importa, sobre todo en esta tierra que por tantos años condenó, ridiculizó y hasta censuró al colectivo. Sin embargo, los cambios jurídicos y la mayor visibilidad pública no borran automáticamente los hábitos discriminatorios. La costumbre persiste en las conversaciones familiares, en bromas que muchas veces ni se piensan, ni se cuestionan, y en las advertencias que parecen razonables hasta que se examina su destinatario.

No siempre hace falta una agresión para limitar la libertad de alguien. A veces es tan simple como recordarle, una y otra vez, que los demás preferirían no verlo tal como es.
De ahí la importancia de distinguir entre cuidado y control. Quien aconseja desde el respeto escucha, reconoce la autonomía del otro y acepta que su decisión no le pertenece. Los que imponen un prejuicio utilizan la preocupación como argumento para dictar cómo debe comportarse una persona. La diferencia no depende solamente de la intención, porque también resulta interesante el efecto de las palabras y la libertad que dejan en manos de quien las recibe.

El episodio de las fotografías podría parecer insignificante frente a los grandes problemas del mundo. Apenas fueron unas imágenes, un beso y unas opiniones. Sin embargo, en esa escena cabe una pregunta que excede a sus protagonistas. ¿Por qué un gesto cotidiano provoca la necesidad de corregir a quienes lo expresan cuando se trata de dos hombres? ¿Qué amenaza representa ese afecto para quienes exigen discreción?

Tal vez la respuesta incomode porque obliga a mirar de frente una raíz de antaño y sin ganas de podarse. Durante demasiado tiempo, la heterosexualidad ocupó el lugar de la norma, mientras las demás orientaciones tienen que explicar su presencia, justificar sus gestos o agradecer una aceptación que debería partir del respeto.

Escribir sobre esta realidad desde una experiencia concreta permite reconocer el alcance humano de una discusión que a menudo se reduce por problemas globales. Bryan no necesita arrepentirse de las fotografías para demostrar que merece respeto y tampoco tiene que convencer a cada persona de que comprenda sus decisiones. Es un ser humano y la mera razón de serlo le permite la capacidad de ser un ente multifuncional, complejo y con su derecho a existir.

La pregunta del título, entonces, no se resuelve por el tono amable de una frase ni por el cariño que pueda sentir quien la pronuncia. Un consejo merece ese nombre cuando ayuda a pensar sin arrebatar la capacidad de decidir.

Quizá el cambio comience cuando dejemos de preguntar por qué alguien necesita mostrar su amor y empecemos a preguntarnos por qué ese amor nos incomoda. Hasta entonces, habrá personas obligadas a calcular cuánto de sí mismas pueden compartir sin despertar reproches. Y cada vez que alguien les aconseje esconderse por su propio bien, la pregunta seguirá en pie.

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