Puede que sea la fuerza de la sangre o esa sensación de fortaleza que transmiten sus manos, ahora salvadas por la alegría de la creación y la fortuna de engendrar. Como dice el abuelo, el padre mayor, "hay apellido y herencia para rato".
O tal vez suceda porque al llegar a casa, aprovecha el instante y la voz se torna imprescindible. Todo puede ser, porque en estos amores no hay códigos cifrados.
Atan el infinito, identifican en la inocencia, no aceptan equívocos, saltan la distancia... es gozo pleno. Un poder irrevocable: padre e hijo, al margen del sexo y las conjeturas, heridas o reprimendas. Complicidad eterna, más allá de la muerte.
Encuentros. Apretones de manos, confianza. Risas. Besos. Consejo oportuno. Conversación saludable. Alianza perpetua. Recuerdos. Estirpe. La edad no limita el sentimiento. Es el día de papá, como la primera vez y aquel encantado balbuceo.
No alcanzará este tercer domingo de junio para compensar sus constantes enseñanzas, en esa espiral de asombro que es la vida, en la que siempre estás como árbol robusto y florecido. No importan mapas o inevitables ausencias. Tu semilla permanece ahí, en la génesis... única, especial e indivisible.
Entonces, padre, venga el abrazo agradecido. Piel contra piel, al igual que al principio. Como la primera palabra, llena de gracia y emotividad. Enhorabuena, papá: ¡Felicidades!






















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