Ella estuvo en Las Tunas menos de un día conduciendo al grupo de compatriotas suyos integrantes de la Mesa Redonda de Amistad con Cuba, un foro heterogéneo de organizaciones y personas que pasan por encima de sus diferencias en pos de un propósito común, hacer notar que nuestra Revolución no está sola en el mundo.
Kimiko se movía entre sus compañeros con soltura, siempre atenta a las preguntas pues le toca la extenuante tarea de servir de intérprete entre aquellos y los múltiples interlocutores antillanos en sus estancias en varias provincias del país. Sus conocimientos del idioma español es una de las tantas razones que la hacen venir desde el otro lado del Planeta, al menos cada dos años. “Siento un cariño especial por Cuba”, dice.
Por más de 20 años trabajó como secretaria en la Embajada de la Mayor de la Antillas en la Tierra del Sol Naciente y de esa etapa guarda un recuerdo particular. En diciembre de 1995, la sede diplomática vivió días intensos cuando Fidel Castro fue a Japón, en lo que se anunciaba como una simple escala técnica dentro de su recorrido por China y Viet Nam.
“La información de la visita no se había dicho públicamente hasta el último momento. Cuando él llegó al hotel, cerca del aeropuerto internacional de Narita, ya estaba la gente de las asociaciones de amistad para recibirlo”, cuenta.
“Entonces, lo que se suponía debía ser una escala técnica se volvió todo un acontecimiento porque rápidamente comenzaron a llamar los representantes de los partidos políticos y del gobierno que querían entrevistarse con él”.
De hecho Fidel extendió su estancia en suelo japonés hasta las 42 horas. En ese lapso se reunió con cinco de los más importantes hombres de negocios del país y con tres senadores; ofreció cuatro entrevistas a las principales cadenas de televisión; sostuvo contactos con líderes parlamentarios y con el Primer Ministro de entonces y terminó ofreciendo una conferencia de prensa ante más de 100 periodistas.
¿Cómo es posible que una trivial escala se tornara en suceso?
“Fidel Castro -contesta Kimiko antes de despedirse- fue una figura muy amada por los japoneses. Nosotros, por respeto, lo llamamos Castro. Su fallecimiento le dolió en particular al pueblo japonés, y a mí también”.
Fue una charla corta con Tomita Kimiko porque ella debía continuar su viaje; pero suficiente para sentir la contundencia de la cultura japonés, a veces ignota, mas dejó la agradable sensación de saber que allá, al otro lado del mundo, se quiere a Cuba con intensidad.






















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