Puedo afirmar sin sensacionalismo que estamos en presencia de una paranoia colectiva: la nomofobia o dependencia al móvil. He hecho mis cálculos. No se trata de un estudio científico estadístico, pero como promedio creo que cualquiera de nuestros paisanos consulta su teléfono unas 60 veces al día.
Que si alguien llamó, que si entró un mensaje, para ver la hora en Cuba y en Sri Lanka, para comprobar el tono o consultar la batería.
Este ejercicio se convierte en un entretenimiento eficaz mientras se espera. Es muy ameno cambiar el idioma, el fondo de pantalla o la configuración de los iconos. Y no falta la apasionante aventura de instalar y desinstalar aplicaciones.
Las aplicaciones constituyen un fascinante universo: horóscopos, convertidores de medidas, traductores, calculadoras. Sin mencionar los instructivos juegos de cuatro imágenes una palabra o el que consiste en identificar las marcas comerciales. Ya tenemos eruditos en ese campo.
También las hay de ciencia ficción, como aquella que calcula la presión arterial y el pulso con solo escanear el pulgar. Más de un hipertenso ha pasado un susto por confiar en este software.
Las aplicaciones han servido para que mucha gente tenga de qué hablar. O te explican para qué sirve una o te demuestran lo útil que es para cosas como, por ejemplo, adivinar a qué animal se asemeja una nube.
Con los celulares las fiestas se han vuelto menos divertidas. El 80 por ciento del tiempo la gente está posando para las fotos y el resto se intercambian por zapya o bluetooth. Y existe la posibilidad de que cada quien pueda engancharse unos audífonos y escuchar la música que le parezca mejor. Por eso no es extraño que en una misma pareja uno baile reguetón y el otro salsa.
Con el celular se perdió la intimidad, cualquiera puede fotografiar su tropezón en una acera o el momento justo en que estornuda.
El anunciador de teatros, una profesión en peligro de extinción, ha renacido porque siempre tiene que recordar con su voz engolada que es necesario apagar los celulares y no tomar fotos ni videos. Aunque apenas 10 minutos después a alguien lo llaman urgente de la casa porque llegaron los fumigadores y tiene que regresar. El sonido de un móvil en una sala oscura es como el llanto inconsolable de un bebé.
Alrededor de los celulares pululan nuevos oficios o figuras, aún no del todo especificadas, del trabajo por cuenta propia: el configurador de líneas nautas en redes wifi, el gestor de aplicaciones y juegos Android e iOS, el desflacheador y desbloqueador de celulares, o el distribuidor de videos cómicos descargados de YouTube.
Aunque cara y no siempre acorde con los estándares de calidad que se correspondan con esos precios, la tecnología celular o móvil ya forma parte de los hábitos de consumo de muchas personas en Cuba y se ha convertido en un prometedor mercado y espacio comercial; sin embargo, también tiene su cara oculta, la de la dependencia que puede llevarnos a no levantar nunca la vista de nuestra pantalla táctil y olvidarnos del mundo real, apasionante y complejo, que nos rodea.
Martes, 29 Marzo 2016 14:14
La nomofobia
Escrito por José A. Fernández SalazarSin apenas levantar la vista de su celular me ha dicho que sí, que es aquí donde se hacen esos trámites. Con la barbilla, y sin todavía mirarme a los ojos, me señala una puerta y masculla algo, imagino que una indicación. Mientras me marcho con las mismas dudas que llegué ella avanza a otro nivel de Angry birds.
Publicado en
Especiales






















Escriba su comentario
Post comentado como Invitado