Miércoles, 14 Junio 2017 22:30

Gentes de mar…

Escrito por Yuset Puig Pupo

Las Tunas: Un día se sintieron atrapados por la vorágine de las mareas y el círculo repetitivo de las lunas. De repente el Sol pareció demasiado, el mismo que desde pequeños les dibujó los cabellos de rubio. La orilla donde sellaron con espuma el primer beso se les antojó agresiva, con un vaho a salitre que querían sacarse de los poros.

Hicieron el equipaje y desafiaron la historia de su estirpe, esa entre leyenda y realidad que asegura hay una conexión irrompible, un magnetismo entre el mar y sus pobladores. Se fueron lejos a escribir una historia en tierra firme, en un lugar sin playa, donde los niños de ninguna manera aprenden a nadar antes de caminar.
Una noche cualquiera ella despertó exaltada. Entre sueños escuchó el sonido del viento sobre las aguas, la fuerza de una ola romper entre las piernas, el grito de su costa pidiéndole volver...
Pero ignoró el llamado, aunque la madrugada le inundara la almohada de caracoles. Cierto día amaneció enferma. Y su mal estaba lejos de la comprensión de los hombres, era un extraño presagio de añoranza, como si una fuerza invisible la reclamara desde alguna orilla.
Regresó con las maletas y la angustia a su pueblo. Vio al esposo perderse otra vez en un barco, rompiendo el horizonte. Y cuando la brisa de la tarde le llevó un puñado de arena hacia el rostro, algo sin nombre fue limpiando allá dentro cada célula suya, y ella, finalmente, se sintió en casa.
EL PUERTO DE TUS MARES
Nada de ficción. El Puerto de Manatí es tierra de creencias. Más allá del misticismo, su gente posee una lealtad singular hacia la comunidad, una nostalgia que se refleja sobre todo en aquellos que marcharon al Norte, en busca de sus propios sueños, y aun así, siguen pendientes al pueblecito de mar.
Tras una ojeada, el sitio se descubre ante el visitante ocasional. Una iglesia repleta de cristianos, el cine bien conservado donde confluye el arte con la cotidianidad, la escuela que se transforma en el verano y acoge el plan vacacional, el consultorio médico donde por fin vive una doctora de allí. Y claro, el tren que tres veces al día se comunica con la cabecera municipal.
Margaret Bueno Fernández es la voz de los pobladores. Su labor como delegada transmuta a veces porque se sabe en un barrio grande donde casi todo el mundo es familia. Conoce el ritmo de los suyos, las necesidades que sobrevienen tras cada marea.
"Este es un pueblo con tradiciones -asegura-, aquí la gente siente apego por su playa y está pendiente al desarrollo de la comunidad. No podemos hablar de apatía o indiferencia".
A LA ORILLA DEL MUELLE
Doce metros de calado natural reposan bajo el mueble. La vida económica cambió considerablemente desde que el puerto perdió su condición mercantil. Muchos no han dejado de añorar el movimiento propio de la ocasión, la luz de los fletes en la noche, que era como un imán para los muchachos; el pito de los barcos...
Con el tiempo los lugareños han ido encontrando nuevos oficios, pero hoy es una triste realidad que aquellos lares necesitan proyectos capaces de generar empleos, sobre todo para los más jóvenes que permanecen ociosos, muy a su pesar.
"El desempleo -asegura la delegada- es un problema que arrastramos hace unos cuantos años. De los 954 habitantes de la comunidad más del 30 por ciento, o sea, alrededor de 364 personas no tienen un medio para ganarse la vida. Los negocios por cuenta propia en el verano ayudan un poco, pero nadie va a mantener una patente de enero a diciembre que no le sea rentable".
Esta situación pudiera ser de riesgo para la tranquilidad ciudadana, aun cuando las autoridades de la Policía exponen que no hay muestras de peligro, y fundamentalmente en las nuevas generaciones encuentran buenos sentimientos y el ansia de hallar oficio. 
PESCADORES POR TRADICIÓN
Una novedad aconteció en la provincia, por fin la flota del Puerto de Manatí vuelve al dominio de Pescatun, empresa pesquera de Las Tunas, cuestión que asegura que lo atrapado en las redes se quede en el territorio.
Hernán Salazar Marrero es el jefe de los pescadores. Con cuatro embarcaciones, dos de plataforma, una de ostión y otra de escama, garantizan la captura durante el calendario.
72 trabajadores llevan el ritmo de las corridas, aunque solo 19 hombres salen a mar abierto con la tarea de poner el pescado en la mesa a la hora de la comida.
Aseguran que el trabajo sobre un barco es difícil. A veces se pasan 12 días sin bajar al muelle, pero ellos, sobre todo, sienten una conexión inexplicable con esa inmensa sabana azul.
Respaldada por un plan de 185, 5 toneladas al año, de estas 55 de ostión y el resto de escama, la unidad expende el alimento en la propia empresa y también suministra a la feria de Manatí. El problema más serio que enfrenta es con el almacenamiento, pues no se cuenta, ni siquiera en la cabecera municipal, con una fábrica de hielo que asegure la producción constante.
Otras 19 embarcaciones particulares se han acogido a la pesca deportiva. Estas tienen pactada la entrega de 8,5 toneladas anuales, cifra que generalmente cumplen, obedeciendo a las corridas, principalmente del macabí y la cojinúa.
LA MAGIA DE SUS AGUAS
En la etapa estival el ajetreo es mayor. La Fiesta del Mar, en el mes de agosto, constituye todo un acontecimiento. Allí escogen a la sirena, la muchacha más hermosa; hacen una carroza acuática y el Puerto entero se siente de fiesta. También exponen platos tradicionales, delicias que involucran variedad de peces, ostión, langosta, siguas, todas elaboradas con el sabor de la identidad.
La Playita tiene vacacionistas asiduos, primordialmente familias con niños pequeños que buscan la seguridad de sus aguas. Muchos pasan una buena parte del verano allí. Y es que siempre resulta placentero admirar el pueblecito pintoresco, el misticismo con el que los suyos parecen anclados en una irrevocable condición de gentes de mar.

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