Con un poco más de suerte, a la Vocacional me llevaban en carro, y adivinen qué: el bache seguía allí. Ahora estudio en la Universidad de Camagüey y cada fin de semana, cuando viajo a mi tierra natal, él me recibe a sus anchas, de puertas abiertas.
Algún poeta desquiciado y poco higiénico diría que es una expresión artística de la urbanidad. Mis vecinos se quejan y se quejan y se quejan... aunque parecen haberse acostumbrado. Los trabajadores de Salud ponen multas en las casas, en los patios, donde sea. ¿Y al bache..., al bache quién le pone una multa? Cada vez que en mi barrio realizan un Proyecto Comunitario, la calle vuelve a ser llana, pero a la semana, nuestro "amigo" renace como el fénix. Sale del asfalto y se impone como cráter en la luna. Parece ser leal a mi cuadra, patrimonio tangible de mi CDR.
Ocupa todo el ancho de la calle. Los choferes y ciclistas ya saben de memoria la maniobra peligrosa para vencer el obstáculo. Uno que otro forastero se sumerge en el charco; más que charco, piscina natural donde salpican, felices, larvas y microbios. Y hasta los ómnibus de la Ruta 10 han tenido que cambiar su recorrido y doblar por la arteria siguiente, para evitar esa sucursal de la Laguna del Tesoro que se abrió en mi vecindad.
Allí está, digno de un cuadro paisajístico, alimentado por los salideros y el mal drenaje, reflejando la luna en las noches y refugiando millones de microorganismos; el bachecito que hemos visto crecer y convertirse en todo un BACHE y él, por supuesto, también nos ha visto crecer. Nos observa cada día comprar en la bodega, caminar por la acera, vapulearlo con ofensas y ¡hasta nos perdona los insultos! Escucha silenciosamente las buenas y malas nuevas que se cuentan en la esquina, comentarios de pelota, del transporte y la vida del vecino. Y se siente ¡tan culpable! cuando alguien lanza quejas de plagas y epidemias.
Él no quiere hacer daño a nadie; solo desea rozar una que otra llanta, que alguien escuche el dulce y sucio arrullo de sus aguas, que los ómnibus interrumpan su rutina diaria y aburrida. Pero también entiende su cruel misión en el mundo y no disfruta cumplirla. Él quería ser inmenso como el mar y útil como el río, pero solo tiene lo peligroso de ambos.
No te preocupes, bachecito de mi infancia, bache de mi adolescencia, piscina olímpica de mi juventud, te tomaré una foto para inmortalizar tus grandes sueños de parecerte al Atlántico. Pero si Teresita dijo "a las cosas que son feas, ponles un poco de amor", es porque ella no te conoció. No es tu culpa, lo sé; como también sé que en el fondo, en tu profundísimo fondo de altas presiones, quieres que acaben con tu miseria. Esperas ansioso y melancólico, que algún día (ojalá, no muy lejano) un honrado asfalto-verdugo, cubra, para siempre, la melodía triste de tus ojos abiertos.






















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