
Prevalecen las vivencias negativas en el camino de quien contradice los preceptos heteronormativos, y decide ser honesto consigo mismo. Justo por eso, se vuelven tan valiosos los testimonios de los que han encontrado más compañía. Sus historias alientan la esperanza de la no discriminación
Las Tunas.- “Decidí ‘salir del clóset’ hace alrededor de tres años. Me senté en la cama con mi mamá; ella parecía estar muy nerviosa, movía las manos y me preguntaba muy seguido si me pasaba algo. Yo le decía que no, que no me pasaba nada, hasta que ya no pude más y le conté todo”.
Estas fueron sus primeras palabras al contar su historia, una historia que impacta a quien la escucha. No siempre se es valiente para enfrentar estas duras situaciones que muchas veces nos acortan las horas hasta explotar.
“Ese día la voz me temblaba. Le dije que tenía que decirle algo importante, y al mirarla a los ojos le solté lo que llevaba guardado por tanto tiempo: que a mí me gustan los hombres, no las mujeres. Ella empezó a llorar. Sabía que sería un momento duro para los dos; pero no fue un llanto de rechazo, fue un llanto que abrió un camino nuevo entre los dos.
“Le expliqué con calma. Le hablé de mi vida, de lo que siento, de mi forma de querer y de mi rol en las relaciones, elementos que le ayudaron a entenderme. Ella me miró y me dijo que me apoyaba, que era su hijo y que eso no cambiaba lo esencial. Sentí un alivio enorme. Ahí respiré con la tranquilidad de no llevar nada guardado.
”Mi madrina de religión fue la segunda en saberlo y también me dio su respaldo. Mi hermano, que estaba fuera del país, quiso esperar a estar aquí para escucharlo en persona. Cuando llegó, yo dormía. Me despertó y me abrazó; ya mi mamá le había contado. Me dijo que, por encima de todo, yo era su hermano y que me apoyaría al ciento por ciento.
”El padre de mi hermano, que no es mi padre biológico, me habló con palabras que aún me emocionan. Me comentó que yo tenía un corazón extraordinario y que era una buena persona, que eso era lo más importante por encima de todo, y que podía contar con él como un padre.
”No he sufrido discriminación. En mi trabajo anterior siempre me respetaron; ahora, como estudiante de Enfermería, mantengo ese respeto en el aula y el hospital. Tengo amigas que son confidentes y una relación que ya cumple un año. Mi mamá es mi mejor amiga, ella sabe cada paso que doy y eso me da la seguridad que nadie es capaz de imaginar.
”A quienes todavía sienten temor de enfrentar la realidad les digo que den el primer paso cuando se sientan listos; que busquen a alguien de confianza para contarlo, alguien que pueda ayudarlos. Si al principio la respuesta duele, que tengan paciencia, porque el tiempo cura y muchas veces los padres terminan entendiendo y convirtiéndose en el apoyo que los hijos necesitan.
”Yo hablo desde la experiencia de haber encontrado comprensión, y desde la esperanza de que otras personas también puedan encontrar ese abrazo que les permita ser quienes son”.
CAMINAR SIN MÁSCARA

“Nací con el nombre de Ernesto”, cuenta Arianda Higuera Carbajal, una mujer talentosa que hoy se encuentra en camino de hacer oficial su nombre. Criada en un ambiente campestre, perdió a su padre a los cuatro años y vio a su madre pelear para sacar adelante a la familia, una raíz campesina que la sostiene en su transición.
Tras lustros de reflexión, Arianda ha comenzado un proceso que la ha transformado por dentro y por fuera; un año de hormonas, el apoyo incondicional de su madre y su hermana y la decisión de vivir con el nombre que la representa. Todo eso mientras enseña y acompaña a niños en la escuela primaria Benjamín Izaguirre.
“Nunca imaginé que encontraría tanto apoyo en quienes me rodean. Mi madre y mi hermana han sido mi sostén más grande; ellas me acompañan en cada paso de la transición y su cariño me ha dado la fuerza para seguir. Cuando les dije mi verdad, las lágrimas fueron de conmoción, y después, de aceptación. Ese momento tan íntimo fue el primer paso hacia una vida más honesta.

“Llevo un año en tratamiento hormonal y los cambios han sido maravillosos. Ver crecer los senos fue una experiencia que me emocionó, algo que describo como mágico. Cada cambio en el cuerpo me ha hecho sentir más yo misma, más completa.
”Pensé mucho antes de empezar este proceso; lo conversé en silencio conmigo misma y, cuando por fin di el paso en septiembre, supe que era la decisión correcta. No ha sido fácil. Conseguir los medicamentos se complica como tantas otras cosas aquí, pero con paciencia y apoyo he ido avanzando. Cada día siento que me acerco más a la persona que siempre supe que era.
”Tengo pareja desde hace cinco años. Al principio fue incómodo y chocante para él, pero con el tiempo se ha ido adaptando y hoy me acompaña con amor. Ver cómo alguien que me quiere aprende y sigue a mi lado ha sido una de las pruebas más claras de que el amor puede transformarse ante los cambios”.
Cuando Arianda llegó al aula como psicopedagoga licenciada, su presencia empezó a cambiar al presentarse oficialmente como mujer y vestir ropa femenina. Enfrentó miradas y algunos choques, pero la cotidianidad del trabajo y la cercanía con los niños fueron desarmando el rechazo hasta convertirlo en aceptación.
”Los niños me aceptan con naturalidad y me adoran. Los padres y los compañeros de trabajo han ido aceptando mi identidad y hoy la convivencia es respetuosa. Eso me permite desempeñarme con tranquilidad, sabiendo que mi presencia allí también abre puertas para otras personas.
”Empecé a dejarme crecer el pelo hace alrededor de dos años, como un gesto primero íntimo y luego público. Mi familia ha sido sorprendentemente generosa. Viniendo de un entorno campesino, donde las tradiciones son un poco diferentes, pensé que la aceptación sería más difícil.
”La vida no es fácil para nadie y menos para quienes transitan una identidad que la sociedad aún no siempre comprende. Aun así, he encontrado redes de afecto y espacios donde puedo ser visible sin esconderme.
”Quiero que mi experiencia sirva para que otras personas se atrevan a ser quienes son. No doy consejos, solo comparto lo que me funcionó: buscar apoyo en quienes confías, tomarte el tiempo para pensar y decidir; recordar que el cambio no es solo físico, también es social”.
La transición le ha dado coherencia. Sigue viviendo en Jobabo, trabajando con niños, siendo hija, hermana y compañera, y soñando con un futuro donde más personas puedan acceder a tratamientos, apoyos y a la aceptación que ella tuvo la suerte de encontrar.

