Las Tunas.- Ser maestra es un oficio que exige entrega desde el corazón. Con dedicación y amor incondicional, las educadoras transforman los desafíos, creando un ambiente donde cada niño se siente valorado y capaz de brillar.
En ese universo de ternura se encuentra Nérida Noguera Valdés, una maestra que ha dedicado 50 años a la educación, de ellos 44 en la Enseñanza Especial.
Aunque sus primeros pasos fueron en la Enseñanza Primaria, pronto encontró su verdadera vocación en los niños con necesidades educativas diferentes. Un espacio que requiere gran pasión, empatía y creatividad, donde la diversidad constituye una riqueza invaluable, convirtiéndose en la guía de sus estudiantes.
Durante 39 años trabajó en la escuela especial Turcios Lima para luego incorporarse a la "Jorge Aleaga". "Siempre me ha gustado ser maestra. Lo único que sé hacer y se me da bien es dar clases".
A pesar de que su familia no estaba de acuerdo con que estudiara magisterio, ella buscó la manera de cumplir su sueño. "A mí lo que me gustaba era ser maestra o ser pediatra, algo que tuviera que ver con los niños", recuerda.
"En aquellos tiempos, los padres debían firmar una autorización para que los jóvenes pudieran estudiar. Le pedí ayuda a una tía para que firmara la carta y comencé, sin el consentimiento de mi madre y abuela". Así inició una vida entera dedicada a la enseñanza.
"Desde 1976 nunca más me aparté de la educación. Me jubilé en el 2011, pero solamente dejé de trabajar un mes. Ahora cumplo 15 años de estar reincorporada".
Actualmente Nérida atiende a un grupo de 14 niños con necesidades educativas complejas, pequeños con autismo, síndrome de Down y epilepsia. "Ya tengo tres que escriben solos, cuando antes tenía que cogerles la mano para que pudieran hacerlo. Se ha visto el avance", dice con orgullo. A veces le asignan también alumnos de otras aulas, aumentando la responsabilidad y la voluntad.
"En el avance de los estudiantes influye la preocupación y el apoyo de sus padres". Aunque reconoce que hay días difíciles, asegura que se siente bien en la escuela, acompañada por esos niños que le devuelven la energía y la certeza de que eligió el camino correcto. Medio siglo después, su vocación sigue intacta, enseñar, acompañar y abrir puertas para quienes más lo necesitan.
Junto a ella, en la misma escuela, trabaja Anet Ayala Zayas, instructora de arte y miembro de la Brigada de Instructores de Arte José Martí en Las Tunas. Con 19 años de experiencia en la Enseñanza Especial, de los cuales nueve lleva en este centro educativo, aquí Anet ha encontrado mediante la cultura un puente para llegar al corazón de los pequeños.
"El trabajo con los niños con condiciones especiales lo comencé a realizar aquí y te vas enamorando de ellos. Humanamente creces, porque, además de su sensibilidad, de su manera, de su forma, son personas extraordinarias y con unas actitudes para el arte enormes", cuenta con emoción.
Su labor se centra en la danza, pero va mucho más allá de la técnica. Ha aprendido a reconocer las necesidades y potencialidades de cada niño, y, a través de las distintas actividades culturales, lograr que se expresen, disfruten y se desarrollen.
"Ellos disfrutan lo que hacen, se divierten... Así te das cuenta de que lo que estás haciendo realmente vale la pena y el resultado siempre es maravilloso", afirma. Para ella, la Enseñanza Especial es un espacio de crecimiento humano donde cada día se aprende tanto como lo que se enseña.
En la escuela Jorge Aleaga Peña, las historias de Nérida y Anet se entrelazan con un mismo propósito: acompañar a niños con necesidades educativas especiales con amor, dedicación y sensibilidad. Una desde la enseñanza formal, otra desde el arte, ambas han convertido su vocación en un acto de vida. Sus trayectorias son testimonio de que la Educación Especial transforma a quienes tienen el privilegio de guiarlos.

