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Las Tunas.- En tiempos donde la identidad se debate con la misma intensidad con la que se comparte en las redes sociales, surgen fenómenos culturales que despiertan curiosidad, incomprensión o, sencillamente, preguntas. Uno de ellos es el de los llamados therians, una tendencia que, sobre todo entre adolescentes y jóvenes, propone la idea de una conexión profunda con la naturaleza animal, hasta el punto de que algunas personas expresan sentirse espiritualmente o psicológicamente vinculadas con un animal específico.

En varios países esta manifestación ha comenzado a hacerse visible a través de videos, foros y comunidades digitales. Jóvenes que usan máscaras de animales, que imitan ciertos comportamientos o que hablan de una identidad interior relacionada con lobos, zorros o felinos. Para muchos observadores, se trata de una curiosidad de Internet; para otros, de una forma de exploración personal en un mundo cada vez más complejo.

Conviene, ante todo, comprender el contexto en el que nacen estas expresiones. Las nuevas generaciones crecen en una realidad marcada por la hiperconectividad, el intercambio constante de ideas y la búsqueda de pertenencia. Internet, con su capacidad para reunir a personas con intereses similares sin importar fronteras geográficas, ha permitido que subculturas y comunidades que antes permanecían invisibles encuentren espacios de diálogo.

En ese escenario, el fenómeno therian aparece como una de las muchas maneras en las que los jóvenes experimentan con su identidad. No es el primero ni será el último movimiento cultural que provoque desconcierto entre quienes lo observan desde fuera. La historia social demuestra que casi toda generación crea símbolos, lenguajes o códigos propios que inicialmente resultan difíciles de interpretar para el resto.

Sin embargo, el tema también abre interrogantes legítimas. ¿Se trata simplemente de una expresión simbólica, similar al juego de roles o al arte performático? ¿Es una búsqueda espiritual vinculada con la relación del ser humano con la naturaleza? ¿O responde, en algunos casos, a la necesidad de pertenecer a una comunidad en tiempos donde el aislamiento social y la presión digital pesan con fuerza sobre los más jóvenes?

Las respuestas, probablemente, no sean únicas.

Especialistas en Psicología y Sociología han señalado que muchas de estas manifestaciones juveniles funcionan como mecanismos de exploración personal. En otras palabras, como etapas en la construcción de la identidad. Al mismo tiempo, recuerdan que la adolescencia es un período de profundas transformaciones emocionales y que el acompañamiento familiar y educativo resulta esencial para que ese proceso ocurra de manera saludable.

Desde una mirada social más amplia, el debate invita a reflexionar sobre cómo las sociedades contemporáneas entienden la diversidad de expresiones culturales. La línea entre la creatividad, la identidad simbólica y la interpretación literal puede resultar difusa, especialmente cuando los fenómenos se amplifican en plataformas digitales donde todo adquiere visibilidad inmediata.

Para Cuba, donde el tejido social se ha construido históricamente alrededor de la comunidad, la familia y la educación, estas discusiones ofrecen también una oportunidad pedagógica. No para la burla fácil ni para el rechazo apresurado, sino para el análisis sereno. Comprender lo que sienten y piensan los jóvenes, aun cuando sus códigos resulten extraños para generaciones anteriores, constituye un paso imprescindible para el diálogo intergeneracional.

La pregunta de fondo quizás no sea si alguien se siente espiritualmente cercano a un lobo o a un zorro. La pregunta más profunda es qué nos están diciendo las nuevas generaciones cuando buscan formas alternativas de expresar quiénes son.

Tal vez, detrás de máscaras de animales y de videos virales, exista algo más humano de lo que parece a primera vista: el deseo de ser escuchados, comprendidos y aceptados en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa.

Los fenómenos culturales pasan, evolucionan o se transforman. El desafío para la sociedad no consiste en reaccionar con alarma ante todo lo nuevo, ni tampoco en asumirlo sin reflexión. El verdadero reto está en abrir espacios de pensamiento crítico, donde la curiosidad y el respeto convivan con la responsabilidad educativa.

Porque, al final, más allá de tendencias pasajeras o debates digitales, sigue siendo la misma pregunta de siempre la que merece atención: cómo acompañar a las nuevas generaciones en la construcción de una identidad sólida, consciente y profundamente humana.

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