Las Tunas.- En el corazón del reparto Guillermo Tejas, en la provincia de Las Tunas, existe un lugar donde los abuelos sonríen. Un sitio donde las arrugas no son surcos de tristeza. Es la Casa de Abuelos Guillermo Tejas, un hogar que late al ritmo de la alegría y la compañía.
Para conocer la esencia de este lugar, uno debe hablar con Aliuska Rodríguez Leyva, la enfermera que, desde hace cinco años, es el alma y el termómetro de la felicidad de sus 28 abuelitos. Con una mezcla de profesionalismo y amor filial, nos abre las puertas de esta institución que nació de una necesidad social.
"La Casa de Abuelo se creó con el fin de apoyar en la circunscripción a aquellas personas que no tenían la posibilidad de tener a alguien que le cuidara a sus padres en la casa", explica Aliuska. "Sobre todo, para hijos trabajadores, para que pudieran continuar su trabajo diario con la tranquilidad de saber que sus padres están bien cuidados".
El centro abrió sus puertas el 28 de septiembre del año 2000, en un lugar con historia propia, lo que antes fue el policlínico antiguo Guillermo Tejas. Aunque tiene capacidad para 40 abuelos, actualmente alberga a 28, provenientes de diversas áreas de salud como el policlínico Gustavo Aldereguía, el Piti Fajardo y el propio Guillermo Tejas. "Tenemos también pacientes de San José. Somos una gran familia", añade con orgullo.
Pero la función de Aliuska y su colectivo va mucho más allá del cuidado básico. Su misión es más profunda, casi poética. "Nosotros trabajamos en base a lograr el objetivo principal, socializar a estos abuelos, que continúen su vida diaria con plenitud", afirma. Para lograrlo, han tejido una red de amor y apoyo con instituciones de la comunidad. "Nos apoyan las personas de la universidad con la cátedra del adulto mayor, la circunscripción con su elenco artístico, la escuela aledaña Cristino y Luis Manuel, y la Iglesia Bautista. Todos suman para que la estadía de ellos aquí sea la mejor".
Y cuando habla de "apoyo", se le ilumina el rostro al mencionar la contribución de los Trabajadores por cuenta propia (TCP) y la empresa de transporte escolar. "Ellos nos dan la mano siempre para que estos abuelos puedan ir a su viaje a la playa. Ese viaje que tanto ellos desean que llegue en los meses de verano. Verlos ilusionarse con eso, es un regalo".
Las actividades son constantes, los matutinos, los cumpleaños colectivos, las interconsultas con especialidades del policlínico como fisiatría, psicología, psiquiatría o logopedia. "Reciben sesiones de cultura física los lunes, miércoles y viernes con la profesora Yanelda Boza, que también lleva cinco años con nosotros. La clínica estomatológica también les presta servicios. Es decir, son diversas las actividades que por acá ellos reciben".
Pero, ¿cuál es el verdadero objetivo detrás de cada actividad? Aliuska lo resume con una metáfora. "Para lograr el objetivo, que es vincular a estos adultos mayores nuevamente al renacer, renacer porque cuando ya están en su casa jubilados, a veces son como el bultico aquel que llegó a una esquina de un balance, el bultico que sirve como mandadero en el hogar. Aquí se sienten vivos, se sienten protagonistas".
"Como todos en nuestros hogares tenemos nuestras bajas y nuestras altas, aquí también. Pero siempre tratamos de sacar la sonrisa de ese abuelo que llega triste a este lugar por falta de compañía, por falta de amor. En esta casa, ellos reciben esas atenciones", concluye Aliuska, con la alegría de quien no solo cumple un deber, sino que abraza una vocación.
Rosa, la abuela que le canta a la vida.
Con 92 años, Rosa Blanca Hipolit Miranda es la abuela con más edad del centro, un título que lleva con orgullo y que defiende con uñas y dientes. "Soy el número uno aquí", proclama, y uno no puede evitar sonreír ante la energía que desborda. Porque si Aliuska es la que cura el cuerpo, Rosa es de las que alimenta el alma de esta casa.
"Mi opinión, no sé los demás criterios que tengan, pero para mí no hay otra cosa mejor que esta casa", dice Rosa con seguridad. Vive sola en la calle Cristino Barreda, muy cerca de la casa, en un apartamento que ahora comparte con la familia de una vecina. Pero su verdadero hogar, el lugar donde late su corazón, es este.
"Yo vengo todos los días, si no estoy enferma ", afirma, como si faltar un solo día fuera un castigo. "Te cuidan, te alimentan, se preocupan por ti. Si estás enferma te van a voltear a tu casa. A mí me lo han hecho. Yo me siento tan feliz en esta casa que yo no la dejo. Como les digo a ellas, me sacan a punta pie, pero mientras, yo de aquí no me voy".
Y cuando habla, no puede evitar el humor. Al preguntarle si se siente fuerte, suelta una carcajada que parece rejuvenecerla diez años. "¿Que si estoy fuerte? ¡Estoy como platanito 'pa'l sinsonte!", dice, utilizando una frase cubanísima que pinta de inmediato la imagen de alguien pequeño pero lleno de vida y resistencia.
Su día a día en la casa es un derroche de alegría. Rosa no es de las que se sientan a esperar que el tiempo pase. Ella va a buscarlo. "Yo me siento aquí encantada con los abuelos, les canto canciones, y siempre hay algún motivo para algo. A este compañero, señala a un rincón donde un abuelo suele sentarse, cada vez que paso, si él está ahí en la esquina, yo le digo un piropo por la mañana tempranito. Ese es el carácter mío".
Ese carácter es el que la lleva a no perderse ninguna actividad. Es la primera en apuntarse para los viajes a la playa, ese evento que Aliuska describe como el más esperado del año. "Yo he ido lejos con ellos y he caminado", dice con orgullo. Al ver las fotos del último viaje, estalla en risas, "lo que ves en las fotos es que yo parezco un esqueleto de la playa". Una autocrítica que solo alguien con una autoestima inquebrantable puede permitirse. Detrás de ese "esqueleto" se esconde la foto de una mujer feliz, sintiéndose viva.
Rosa es también un testimonio de amor a la patria. Madre de tres hijos, hoy solo le queda una, que vive en España. "Ella quisiera que yo estuviera allá. Y mi nieto igual, pero yo aquí de Cuba no me quiero ir". Y para que no quede duda, añade una frase que es todo un poema de lealtad, "Cuba, Cuba, donde quieras, vete a Cuba, aquí se siente mejor que en cualquier parte del mundo". Reconoce que en España se habla el mismo idioma, pero algo en su tono deja claro que para ella no hay comparación posible. Su mundo, su alegría, su gente, están aquí, en esta casa de abuelos.
Su nombre completo es un homenaje en sí mismo. "Me llaman Rosa, a mí me pusieron ese nombre, Rosa Blanca, por la flor de José Martí, que fue a los campos a vencer o a morir". Una flor que, a sus 92 años, sigue más viva que nunca, regando con su humor y su vitalidad cada rincón de la Casa de Abuelos Guillermo Tejas. Una flor que, como bien dice Aliuska, no es un "bultico" arrinconado, sino el centro de un jardín que florece cada día gracias al cuidado y el amor de quienes entienden que la vejez no es el final del camino, es una nueva etapa para renacer.

