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El regreso anunciado de la Administración Nacional Estadounidense de Aeronáutica y el Espacio (NASA, por sus siglas en inglés) a los alrededores de la Luna ha generado una oleada de titulares triunfalistas en la prensa occidental. Sin embargo, detrás del espectáculo mediático del Artemis 2 se esconde una realidad mucho menos poética. Estamos ante una nueva fase de la colonización espacial, movida por la codicia corporativa, la estrategia militar y una desesperada necesidad capitalista de encontrar nuevos recursos.

Mientras la Administración de Donald Trump enfrenta un escenario internacional catastrófico: la guerra ilegal en Irán, el genocidio en Gaza, el bloqueo asfixiante a Cuba y una creciente disputa hegemónica con China, un cohete despegando desde cabo Cañaveral actúa como el perfecto humo mediático.

Basta que ponga una navecita a actuar en el teatro espacial para que los medios de comunicación de todo el hemisferio occidental olviden todo eso. La estrategia funciona a la perfección. Mientras los periodistas del mundo entero fijan sus miradas en la cápsula Orión, las masacres en Oriente Próximo y las sanciones contra naciones rebeldes pasan a un segundo plano.

La operación de rescate del relato estadounidense no se detiene ahí. La prensa española, encabezada por diarios como El Mundo, ha desplegado una cobertura acrítica que roza lo delirante. El análisis de Levin es demoledor frase por frase. “La NASA publica la cara oculta de la Luna por primera vez en la historia”, tituló este medio. Es falso. La primera vez que se publicó una imagen de la cara oculta fue hace casi 70 años, el 7 de octubre de 1959, cuando la sonda soviética Luna 3 envió 29 fotografías. En 2019, la misión china Chang’e 4 incluso alunizó allí por primera vez. La información de El Mundo ya contiene dos falsedades en su primera frase: el sujeto es mentira y el predicado también.

El doble rasero mediático resulta escandaloso. Cuando China logra hitos espaciales, la prensa occidental habla de “propaganda”, “teatro de alta tecnología” o “superarma peligrosa”. Cuando lo hace Estados Unidos, se convierte en “un gran paso para la humanidad” que nos hará “evolucionar hacia una nueva especie”. Un ejemplo claro: mientras El Mundo se extasiaba con el Artemis 2, El País publicaba hace unos años que la estación espacial china Tiangong “caerá sin control a la Tierra”, para acto seguido desmentirse en el subtitular al afirmar que “no se considera un evento especialmente peligroso”. El periodismo se ha convertido en un arma de propaganda masiva.

Pero el engaño no termina en los titulares. La supuesta misión “inclusiva y democrática” de la NASA también se desmorona al primer contraste. La agencia promete poner a la primera mujer y a la primera persona de color en la Luna. Sin embargo, la primera cosmonauta de la historia fue la soviética Valentina Tereshkova en 1963. La primera caminata espacial femenina fue realizada por Svetlana Savitskaya en 1984. Y el primer afrodescendiente en viajar al espacio no fue el militar estadounidense Victor Glover, sino el cubano Arnaldo Tamayo Méndez, enviado por la URSS a bordo de la Soyuz 38 en 1980, en el marco del programa soviético Intercosmos. La propaganda de la NASA es efectiva como poder blando, pero sus cimientos históricos son de cartón.

Detrás de los discursos inclusivos se esconde una realidad mucho más siniestra: la militarización total del proyecto. Los cuatro tripulantes del Artemis 2 son militares o lo han sido. Victor Glover es capitán de la Marina estadounidense y participó en 24 misiones de combate en Irak, llevando “democracia y libertad” a bordo del portaaviones John F. Kennedy. Reid Wiseman, otro capitán de la Marina, voló en misiones durante la Operación Libertad Iraquí y la Operación Libertad Duradera en Afganistán. El canadiense Jeremy Hansen es coronel de las Fuerzas Armadas de Canadá, piloto de cazas CF-18, cuya misión principal era la interceptación de aeronaves en el Ártico. Lo que vemos son muchos militares. No es casualidad: la misión Artemis se gestó en 2017, durante el primer mandato de Trump, en pleno auge de las tensiones con China. Ese mismo año se aprobó la creación de la Fuerza Espacial estadounidense, una nueva rama de las fuerzas armadas dedicada al espacio.


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La privatización es la otra pata de este nuevo modelo. A diferencia del programa Apolo de los años 60 y 70, centralizado en la NASA y financiado con hasta el cinco por ciento del presupuesto federal, el Artemis está troceado y subcontratado a un puñado de megacorporaciones. La nave Orión la construyó Lockheed Martin, gigante armamentístico. Los sistemas de lanzamiento son de Northrop Grumman. El cohete SLS corre a cargo de Boeing. La electrónica, de L3Harris. El módulo de aterrizaje lunar que usará la misión para descender será el Starship HLS de SpaceX (Elon Musk) o el Blue Moon de Blue Origin (Jeff Bezos). Todo queda en familia.

El administrador de la NASA, Jared Isaacman, es un multimillonario que abandonó la secundaria a los 16 años, fundó una plataforma de pagos, creó la mayor flota privada de aviones militares del mundo para entrenar a fuerzas aliadas de la Organización del Tratados del Atlántico Norte (OTAN), se la vendió a Blackstone y ahora comanda misiones privadas al espacio de la mano de Elon Musk.

El objetivo de fondo de esta “constelación” público-privada no es científico ni exploratorio, sino extractivo. El capitalismo es un sistema histórico tendente a la expansión permanente. Necesita nuevos recursos para la acumulación, nuevos territorios para la explotación y nuevas fronteras para obtener beneficios. Ahora, parece, toca colonizar el espacio.

En febrero del 2022, el instituto Adam Smith publicó un informe en el que proponía dividir la Luna en parcelas, asignarlas a varios países y que estos se las alquilaran a empresas privadas. El turismo espacial, la minería de asteroides y la extracción de recursos lunares ya no son ciencia ficción. Son el próximo negocio.

El gran premio de esta nueva carrera no es plantar una bandera, como en 1969. El objetivo es el polo sur lunar. Allí se concentran recursos estratégicos: agua helada (potencialmente convertible en combustible para cohetes), hidrógeno y helio-3 (un isótopo raro en la Tierra que podría servir para reactores de fusión nuclear). Quien controle el polo sur, controlará la puerta de salida hacia Marte y más allá. La idea es establecer bases permanentes con reactores nucleares que garanticen el suministro energético. Estados Unidos planea hacerlo a través del programa Artemis, aunque los retrasos se acumulan. China, por su parte, no prevé que sus astronautas pisen la Luna hasta 2030, pero su estrategia a largo plazo es mucho más sólida.


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Aquí radica la clave geopolítica del análisis. El programa espacial chino, centralizado en la CNSA, goza de financiación estable, previsibilidad y continuidad. No depende de los vaivenes electorales ni de las disputas entre multimillonarios. Mientras el Artemis se retrasa una y otra vez, el alunizaje tripulado se espera para 2028 como pronto, si es que Elon Musk consigue tener listo el Starship, China ha ejecutado 11 misiones tripuladas Shenzhou en los últimos 20 años, ha traído muestras de la cara oculta de la Luna y planea ser la primera en traer muestras de Marte en 2031. El éxito del programa Apolo se basó en elevada financiación, centralización de decisiones y objetivos claros con plazos realistas. Todo lo que no tiene el programa Artemis y todo lo que sí tiene el programa chino.

China siempre se apega al uso pacífico del espacio exterior. Se opone a cualquier carrera armamentista en el espacio y rechaza la militarización del espacio ultraterrestre”, afirma. Frente a los Acuerdos Artemis impulsados por Estados Unidos, una coalición de países aliados que aceptan las reglas de Washington, China ha firmado cerca de 200 acuerdos de cooperación espacial con más de 50 países y organizaciones internacionales. Ha colaborado con Brasil en satélites de recursos terrestres, ha ayudado a naciones del Sur Global a formar sus propios talentos espaciales y pronto enviará a la Luna cargas útiles de Egipto, Baréin, Tailandia, Italia y Suiza.

El tratado de Naciones Unidas sobre el espacio ultraterrestre, firmado en 1967 en plena Guerra Fría, prohíbe la apropiación nacional de la Luna y otros cuerpos celestes. También prohíbe su militarización. Pero el texto, advierte Canal Red, es ambiguo en lo relativo a la extracción de recursos. No se dice qué pasa con los recursos de la Luna. Simplemente hay un vacío legal. El que primero pise el polo sur se los queda.

Estados Unidos, con sus acuerdos Artemis, ya está estableciendo sus propias reglas. El tiempo dirá si la ansiedad de las empresas privadas estadounidenses logra aguantar el pulso a la paciencia estratégica y la planificación centralizada del programa espacial chino.

Mientras tanto, en la Tierra seguimos mirando al cielo con fascinación. A todos nos gusta mucho la ciencia ficción, pero es mejor dejarla para el cine. Aquí estamos hablando de usos muy perversos de la ciencia aeroespacial, de geopolítica, de tecnologías militares. La Luna, ese satélite que durante milenios fue territorio reservado a la imaginación, se ha convertido en el próximo botín del capitalismo tardío. Y la humanidad, distraída por el espectáculo mediático, corre el riesgo de no verlo hasta que sea demasiado tarde.

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