Setenta y dos tuneros empuñaron el fusil en Playa Girón.

  • A 65 años de un hecho que ahondó el carácter antimperialista de Cuba, repasamos el valiente aporte de los hijos de la tierra de Vicente García

Las Tunas.- A pocas horas del 15 de abril de 1961, el sueño de la Revolución Cubana se vio interrumpido por el rugido de los motores de aviones y sus bombas; después, la Brigada 2506, entrenada y financiada por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, desembarcaba en las ciénagas de la bahía de Cochinos. La coartada era perfecta: derrocar a Fidel, instalar un gobierno provisional y borrar de un solo golpe el ejemplo de un pueblo que osó desafiar al imperio.

Pero no contaban con una verdad elemental: aquella Isla no era la Cuba de 1952, ni siquiera la de 1958. Era un país en armas, un pueblo que había convertido cada fábrica, cada escuela y cada esquina en una trinchera. Y en esa defensa, una pequeña región oriental -Las Tunas- iba a escribir una página de coraje casi anónima, pero definitiva.

Setenta y dos tuneros empuñaron el fusil en Playa Girón. Setenta y dos hombres del pueblo que no estaban en los planes estratégicos del Pentágono, pero que aparecieron en el momento exacto, en el lugar preciso, con el corazón puesto en la consigna “Patria o Muerte”.

La noche del 16 de abril, en La Habana, todo estaba en vilo. Los bombardeos a aeropuertos habían dejado claro que la invasión era inminente. En los patios de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) se aguardaba órdenes. Nadie sabía aún dónde caería el golpe.

Entonces apareció el comandante Efigenio Ameijeiras Delgado, nacido en Chaparra, curtido en la Sierra Maestra, jefe de la PNR. Subió al capó de un automóvil y, con la voz grave que solo dan las batallas, arengó a sus muchachos: “Compañeros, tropas norteamericanas han desembarcado. Aquí vamos a pelear los jóvenes, las mujeres, los niños, los ancianos. Y después que este pueblo muera en la lucha, el mundo dirá: murió un pueblo defendiendo su libertad”.

No hubo tiempo para el miedo. Al día siguiente, el batallón de la PNR partió hacia Girón. Entre ellos iba un sargento de primera oriundo de Puerto Padre, llamado Eusebio Rafael Izquierdo Ramírez, a quien todos conocían como El Negro.

Ese cubano valeroso había nacido en Yeso 5. Su infancia fue un rosario de necesidades: cortar leña, hacer carbón, repartir cantinas en un central azucarero. A los 20 años se alzó con el Ejército Rebelde, combatió en su propia tierra y, tras el triunfo de 1959, se hizo policía. Lo destinaron a Regla, un pueblo ultramarino que le recordaba a su querida villa puertopadrense.

El 19 de abril, el batallón de la PNR avanzaba por el terraplén de Playa Larga. El fuego enemigo era una tormenta de acero: obuses, morteros, bazucas, y en el cielo los aviones de la CIA con sus estrellas pintadas de mentira. Eusebio no retrocedió. Nunca lo había hecho. Cayó cuando la victoria ya asomaba, cuando los mercenarios corrían despavoridos hacia las lanchas. Su fusil quedó caliente sobre la arena. Tenía 24 años.

Ese mismo día, más al sur, moría también Heriberto Cortés Iglesias. Nació en Jobabo y fue un obrero humilde. Al triunfo de la Revolución se hizo miliciano del Batallón 116 y combatió en el Escambray contra las bandas contrarrevolucionarias. Apenas había regresado de Las Villas cuando lo enviaron a Girón.

Lo hirieron, pero siguió avanzando. Una bala, luego otra. Su cadáver fue hallado entre los cañaverales del central Australia. Horas antes había escrito a su hijo: “Estudia mucho, que yo no tuve esa oportunidad”.

Eusebio y Heriberto no se conocían. Pero los dos llevaban en la sangre la misma tierra: Las Tunas. Y los dos sellaron con su muerte la primera gran derrota del imperialismo en América Latina.

Setenta y dos tuneros empuñaron el fusil en Playa Girón. Setenta y dos tuneros empuñaron el fusil en Playa Girón. Mientras en Girón ardían los tanques, en las costas norte de Puerto Padre se vivía otra historia, menos conocida pero igualmente decisiva. La CIA, a través de su estación JMWAVE, había diseñado la Operación Bingo: un falso ataque contra la Base de Guantánamo para justificar la invasión directa de los marines. Como parte de ese plan, se prepararon desembarcos en Punta de Piedra y El Socucho, con miembros del Movimiento Demócrata Cristiano y la Organización Unidad Revolucionaria.

La fecha prevista era la noche del 7 de abril de 1961. La carga: más de 30 mil rondas de munición para fusiles M-1 y M-3. Pero la eficiencia de los Órganos de la Seguridad del Estado y la vigilancia del pueblo organizado en los CDR frustraron cada intento. Los infiltrados -como el lanchero Manuel Áreas Cortés, o el traidor Manuel Morel Rivero- fueron capturados uno a uno.

En esa costa, los mercenarios contaban con una ventaja: conocían el terreno porque eran de allí. Pero la Revolución también los conocía a ellos. Y cuando el 19 de abril acontece la victoria, entre los prisioneros en las arenas de Girón se encontraba Carlos R. Zayas Cruz, de Victoria de Las Tunas, hijo de un politiquero batistiano, reclutado en California para matar a su propia Patria.

La creación de las Milicias Nacionales Revolucionarias, apenas dos años antes, había sido una decisión profética. En el Balcón de Oriente, los obreros del central Delicias, los trabajadores del comercio agrupados en la Brigada Calé y los campesinos de Majibacoa se prepararon en batallones como el 103, el 104 y el 105. Muchos de ellos, apenas unos meses antes, habían participado en la Limpia del Escambray, una guerra de montaña contra las bandas contrarrevolucionarias.

Esa experiencia fue vital. Cuando sonó la alarma de Girón, los milicianos tuneros no dudaron. Partieron hacia Matanzas con fusiles y poca munición, pero con la certeza de que el suelo que defendían era suyo. No hubo vacilaciones. Como escribieron más tarde: “Les prometieron un paseo de rosas, pero la Isla indómita no entiende de traidores”.

Hoy, cuando el imperio ensaya nuevas formas de agresión -bloqueos, mentiras, guerras híbridas-, la derrota de abril de 1961 sigue siendo un faro. No solo porque fue el primer revés militar de Estados Unidos en la región, sino porque demostró una verdad universal: ningún ejército mercenario, por bien equipado que esté, puede vencer a un pueblo que defiende su dignidad.

Los 72 tuneros que combatieron allí no eran generales ni estrategas. Eran hombres comunes, de oficios humildes, que un día dejaron el arado, la fábrica o la cantina para empuñar un fusil. Y vencieron.

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