
Cada vez que mi madre ríe a carcajadas, sube unas escaleras o simplemente camina un poco de más, se empieza a notar algo que las personas no perciben, un segundo de duda entre su alegría y su pecho, como si el aire pidiera permiso para entrar. Ella es asmática, y yo he crecido aprendiendo que, para algunos, respirar es una tregua.
El Día Mundial del Asma es el recordatorio de que millones de personas viven con el miedo a una crisis, a una noche resfriada o a una risa que se vuelve tos. Mi mamá no habla mucho de su asma, sin embargo, siempre la lleva con ella, en cada cambio de clima, en cada encuentro con el humo del vecino o el aroma de un ambientador.
Ser hijo de una persona asmática es aprender a vigilar, escuchar si su silencio es descanso o falta de oxígeno, saber dónde está el spray de salbutamol, y entender que el miedo es una sombra real constante.
Este 5 de mayo, aunque el asma afecta a más de 260 millones de personas en el mundo y causa medio millón de muertes anuales, busco hacer visible lo invisible. Que el asma no es "un poco de ahogo", es una negociación con el acto más básico de la vida que es respirar.
Mi madre me enseñó que los asmáticos son guerreros de la calma, que la mejor medicina, además del tratamiento, es una sociedad que no normalice la contaminación, que no tolere el cigarro en espacios cerrados, y que entienda que prestar un salbutamol puede ser salvar una vida.
Hoy conmemoro no la enfermedad, sino la grandeza de esas personas que, como ella, cada mañana le ganan la batalla al aire. Ojalá que este día sirva para que más personas entiendan que el asma no se elige, pero la empatía y el cuidado, sí.

