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“Tienes que ser eficiente porque de lo contrario mueres”. Esa máxima brutal del capitalismo choca, cada vez con más frecuencia, contra el imaginario colectivo de nuestras unidades productivas. La pregunta que también tendríamos ahora mismo en nuestro país no es menor: ¿qué ocurre cuando una industria acostumbrada a esquemas centralizados, como la azucarera, se ve obligada a priorizar el valor y la rentabilidad?

La disyuntiva no es nueva. Desde los primeros años de la Revolución Cubana, la tensión entre el impulso moral y el incentivo material ha sido una constante. Ernesto Che Guevara, en sus Apuntes críticos a la Economía Política, advirtió sobre los peligros de copiar mecánicamente los mecanismos del capitalismo en la fase de construcción del socialismo. Para el Che, la conciencia debía jugar un rol fundamental, porque el socialismo no es solo una transición, sino el inicio de una nueva sociedad donde el valor de cambio no puede dominar al hombre.

Sin embargo, la realidad nos interpela hoy con urgencia. Nuestras estructuras empresariales y, sobre todo, las personas que las integran, no están preparadas para decidir. Durante décadas, lo importante no era la eficiencia, sino el cumplimiento de un plan en el que pocos pensaban. Al enfrentarse de buenas a primeras a la necesidad de ser rentables, surge la respuesta más peligrosa, más trillada: “Estamos usando el capitalismo porque funciona, mientras el socialismo era un fracaso”.

Ese camino es una trampa. Los estereotipos nos acechan: el socialismo como sinónimo de estatización ineficiente y el capitalismo como paraíso de prosperidad general. El sociólogo brasileño Frei Betto ofrece una clave más lúcida para entender este fenómeno. Dijo: “El capitalismo socializa los sueños, pero privatiza los medios de producción”. En ese sistema, todo el mundo cree que puede ser millonario, ignorando que, para que funcione, una inmensa mayoría debe tener poco y un grupo pequeño acumular mucho, basado en la depredación constante de los recursos.

EL PELIGRO DE PERDER LOS SUEÑOS

Frei Betto también diagnosticó la debacle del socialismo soviético. Para él, ese modelo fracasó porque “socializó los medios de producción, pero privatizó los sueños”. La gente perdió la capacidad de soñar, convirtiendo el sistema en una maquinaria gris, sin alma. ¿No es ese el riesgo real que corremos hoy? Si nos limitamos a imponer la rentabilidad a sangre y fuego, sin un debate profundo, legitimaremos un discurso de destrucción del modelo cubano ante la avalancha capitalista.

La solución no es frenar el desarrollo ni rechazar la inversión extranjera. Literalmente, la sobrevivencia del país lo exige. La clave está en cambiar la idea que tenemos del socialismo. No se trata de gestionar como en el capitalismo para enriquecer a unos pocos. La diferencia ética y política radical no respira en cómo se gestiona la producción, sino en qué se hace con esa ganancia y riqueza. El capitalismo la concentra; el socialismo debe demostrar que es humanamente superior distribuyéndola entre muchos.

MÁS ALLÁ DE LOS DOGMAS

El socialismo que intentamos construir en Cuba no puede parecerse al del pasado, ni siquiera al que concebíamos como tal a mediados de la década de 1980; o al de modelos económicamente más exitosos que el nuestro en este minuto. Debemos observar con atención las experiencias del socialismo asiático, sí; porque lo valioso de esos procesos no es su dureza, sino su capacidad para comprender su propia realidad y para gestionar exitosamente una economía sin perder el control político de la nación. Para Cuba, esa es una necesidad altamente relevante.

El debate, sin embargo, no puede paralizar la economía o preferir el camino del “no hacer nada”. El establecimiento de nuevas formas de gestión sería una realidad mucho más cerca de lo que creemos y con connotaciones que estarían sobrepasando, incluso, los marcos de lo estrictamente económico. Pero tenemos la responsabilidad de hacerlo con análisis sosegado y objetivo. Preguntémonos menos si estamos retrocediendo al capitalismo y más qué tipo de socialismo estamos construyendo.

Mientras la eficiencia sirva para elevar la calidad de vida del pueblo y no para reproducir la lógica depredadora del mercado, estaremos a tiempo de demostrar que otro mundo no solo es posible, sino que ya lo estaríamos edificando, desde las entrañas, también, de nuestra industria azucarera.

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