
Guardar no es acumular. Es un acto de memoria, una rebeldía contra el olvido. Del coleccionismo, ese vicio hermoso que mueve a tantos en nuestra provincia, estaremos hablando en esta sección de verano
Las Tunas.- El itinerario del coleccionismo institucional irrumpe con los primeros esfuerzos por fundar un museo y contar la historia, la nuestra. Luego de varios intentos de construir las narrativas locales a través de objetos y colecciones con fuerte impronta simbólica, finalmente, el Museo Provincial Mayor General Vicente García González tuvo la suerte de aquilatar, en varias salas expositivas, el afán por coleccionar y exhibir la idiosincrasia tunera a través de medallas, uniformes rebeldes, sombreros, utensilios diversos, documentos, artes decorativas…
Su devenir como museo comenzó de manera modesta: el 7 de diciembre de 1980 en el antiguo Centro de Veteranos, en la calle Menocal, con apenas 150 piezas de la historia local y numismática. Ese espacio, aunque alejado del centro histórico urbano y sin el rigor museográfico completo, logró promover la donación de muchos elementos que en la actualidad están en las vitrinas de la institución.
El edificio que hoy conocemos, construido en 1921 y restaurado en los 80, abrió sus puertas el primero de julio de 1984. Está cumpliendo 42 años de fundado. Allí se exhiben objetos de las guerras independentistas, de historia natural, relojes, artes visuales… Pero el museo no solo resguarda lo material: atesora vivencias, como la de aquellos primeros coleccionistas que, con sus manos, empezaron a juntar lo que nadie más miraba.
Porque el coleccionismo privado en Las Tunas tiene sus nombres. Víctor Marrero Zaldívar en sus labores de historiador de la ciudad señaló que, aunque la región no dispuso de las condiciones económicas de otras que facilitaron esta práctica en la clase media, hay aquí antecedentes claros: Raúl Addine Simón coleccionaba documentos de la historia local; Luis Galano Torres, Pedro Verdecie y Alberto Álvarez también se sumaron después de 1959. Mientras, Mario Góngora y Enrique José Villegas se dedicaron a la Arqueología. Ellos son la prueba de que coleccionar es un acto de amor, no de lujo.
Hay una anécdota entrañable: en 1976, el Departamento de Orientación Revolucionaria organizó una exposición de numismática. No era una muestra con montaje adecuado ni rigor científico, pero aquel evento, según la máster en Ciencias Miriam Reyes Pérez, estimuló las donaciones de la población. De allí salió la mayoría de los objetos que hoy integran las exposiciones de varios museos de la ciudad. Eso es el coleccionismo tunero: empezar con lo que se tiene, y poco a poco ir construyendo memoria.
Asimismo, está la galería taller de escultura Rita Longa, surgida en 1982. Abriga la colección de esculturas de pequeño y mediano formato más grande del país, con unas 200 piezas donadas por artistas como Sergio Martínez, Alberto Lescay, José Antonio Díaz Peláez y la propia Rita Longa Aróstegui. Esa colección privada, que luego se institucionalizó, es otro ejemplo de cómo lo personal se vuelve patrimonio.
El coleccionismo institucional y privado a veces se encuentran, a veces se abrazan. Lo cierto es que, en esta provincia, cada guardián de lo viejo le planta cara al futuro. Y eso, estimado lector, debemos contarlo.

