Las Tunas.- El pan nuestro de cada día dejó de ser hace rato aquella pequeña o mediana esfera que, como “bolita mágica”, salvaba de un aprieto a más de un estómago. La corteza podía estar resquebrajada, mostrar una excesiva falta de aceite y hasta una dura consistencia, pero allí estaba: fiel a los consumidores.

Mas llegaron ciertos cambios, se agudizó el cerco que todos conocen, sentimos la escasez y, en ese maremoto cotidiano, se perdió “la bolita”. Hoy, vemos el pan nuestro de cada día, en el mejor de los casos, tras una cola “llevadera” en alguna panadería o, cuando se puede, por la compra a los vendedores ambulantes a un precio superior. Y no todos pueden hacerlo; duele que aún resulte un lujo tenerlo a diario o, al menos, con cierta frecuencia.

Lo idóneo fuera que el precio bajara, al tratarse de un alimento de primera necesidad, más en los tiempos difíciles que vivimos, donde hay quien opta por prepararse un pan con “algo” para ahorrarse una comida. Pero bueno, más allá de lo soñado, miremos la actualidad, en espera de arrojar algunas luces.

Ante una realidad que -al parecer- llegó para quedarse, deben buscarse estrategias para perfeccionar el proceso de venta en las panaderías y que esta “obligatoria rutina” resulte menos tortuosa, por el bien de todos. Lo que les contaré ahora sucedió en La Colmena, ubicada en el centro histórico de la ciudad, pero pudo suceder -y así ha sido- en cualquier institución homóloga.

Imagine el escenario: 10:00 am, una cola de unas 50 personas, toda clase de ciudadanos allí: abuelitos, madres, padres… y, por supuesto,  los revendedores. Luego de que pasaron seguido tres de estos últimos, llevándose cada cual una cantidad de panes similar al grupo de clientes que esperaba (parados y al sol) desde hacía un buen rato, lo que quedó para los demás fue insignificante.

Cuando esto sucede, y usted lector no me dejará mentir, el resto de la cola sabe que “el premio” es hasta donde “la suerte” alcance… La pregunta retórica late en el cerebro: “¿Alcanzaré?” Poco a poco, ante los ojos desesperados o decepcionados, disminuye el ansiado “tesoro” y, por la cabeza ciudadana, pueden pasar dos ideas: marcharse sin el producto o esperar a la “segunda ronda”, minutos u horas después, eso es relativo.

Ese día, que pudiera tener cualquier fecha porque es una imagen más que repetida en el imaginario colectivo, había allí madres y padres esperando para asegurar parte del desayuno y la merienda de sus hijos; adultos mayores, con bastones, débiles visuales y otros con un cansancio evidente por todo el cuerpo…

Voces de diferentes edades y matices reclamaban in situ por el necesario orden, pero del otro lado del mostrador la respuesta era la misma: “Yo no organizo cola”. Las personas evidentemente estaban ansiosas o molestas. El dependiente como Poncio Pilatos y una pregunta caía por su propio peso: ¿cuántas veces una actitud, medida o postura puede mejorar o empeorar el ya complejo contexto actual?

Aquí no hablamos de prohibir la venta de pan a comerciantes particulares; ellos, igual que nosotros, tienen familias que mantener y el mismo derecho a adquirir el alimento. Abogamos por que impere la organización, el respeto y la justeza que merecemos todos los ciudadanos. Y eso se resuelve simplemente alternando cada cierta cantidad de usuarios a uno de esos trabajadores por cuenta propia.

Tampoco se trata de tomar medidas disciplinarias con los dependientes, pues ya aclaramos que esta situación sucede en cualquier sitio y lo que necesitamos es la búsqueda de soluciones justas, donde todos resulten beneficiados. Además, el personal de allí no maltrató verbalmente a los clientes o algo similar, pero se quedó al margen, y ser permisivos ante lo mal hecho suele acarrear consecuencias.

Otro elemento que, a mi entender, necesita una revisión es el asunto de las transferencias. Está bien que se ponga algún límite, pero no hay que exagerar. En La Colmena solo se puede adquirir dos panes por plataformas digitales; tres en la panadería Tunas II, de la calle Colón; y hay lugares donde hasta el pan de bolita lo restringieron a cuatro. Imagínese si en determinada familia conviven varios miembros…

Un ejemplo positivo en ese sentido es la panadería de Intalsur, al lado de la casa iberoamericana de la décima El Cucalambé, donde ofrecen la posibilidad de comprar hasta 10 por esa vía, y se puede pagar por Transfermóvil o EnZona.

La Biblia dice: “No solo de pan vivirá el hombre…”. Y, aunque se refiere a la palabra de Dios, pudiéramos sacar una enseñanza: necesitamos comer obviamente, pero también amor, respeto y esa empatía que siempre ha caracterizado a los cubanos. Si no nos damos las manos, permitimos el desorden o la injusticia, qué nos queda… No perdamos nuestra esencia: la humanidad.

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