abrir pozos 4

Es este el primero de dos trabajos que 26 dedicará al panorama de los pozos artesanales en Las Tunas
Las Tunas.- Los poceros siempre han sido, especialmente en los espacios rurales de Las Tunas, personas con un oficio importante.
Y eso tiene mucho que ver con la sequía intensa que abraza al territorio cada año, en mayor o menor medida, y también con la existencia casi nula de las redes de acueducto en la mayoría de los municipios tuneros. Tener un pozo en la casa, de esos fértiles en cualquier época, es cuota indispensable para darle valor a la vivienda y confort a sus moradores.

En los municipios del norte de la provincia el asunto pasa también por el escollo de la salinidad y otros asuntos afines que la gente resuelve sin demasiado apego a la ciencia, ajustados al saber “de los viejos de antes” y al aprendizaje que se hace a pie de obra, dando mandarria sin demasiadas preguntas al viento; porque la tierra te habla cuando lo necesita y te explica, sin urgencia de palabras, lo que hace falta para merecer.

Se estima que alrededor del 90 por ciento del líquido que abastece a las viviendas del municipio de Jesús Menéndez, por ejemplo, está asociado con pozos domésticos, algunos de ellos hechos por “los americanos” en los tiempos en que las casas del batey fueron cobrando vida alrededor del ingenio que administraba allá la American Sugar Company, con sus techos de tejas y los portalones amplios, con columpios y vicarias.

El paso de los años, y también un poco el descuido de la tradición, segaron muchos de ellos; y otros, con sus bombas de mano y el agua cristalina que todavía les brota, sirven igual a los vecinos que a los moradores actuales, acostumbrados a compartir siempre con los más cercanos al menos la justa para la cocina y usos afines.

Ahora, con el alza caótica de los precios y los cambios que va teniendo la población en Cuba, el oficio de pocero es más demandado; y llegan a costar los pozos entre 70 y 80 mil pesos por aquellos predios, aunque algunos sobrepasan los cien mil; todo depende de la profundidad y lo que se encuentren para picar en el camino intenso que los lleva al agua.

26 conversó con uno de esos poceros. Tiene 11 años metido en esas labores y una voz cruda, como las manos que se le ponen tiesas y pasa días sin poder mover a gusto, porque el trabajo es duro, desgasta, cansa; pero sí, da de comer.

No nos dijo su nombre, tampoco nos regaló una foto; sin embargo, su historia, tan intensa como la de los otros que se dedican por allá a esa tarea, llega a nuestra publicación como suerte de fatiga grata, de esas que enseñan y alertan.

“Yo hago pozos de los que les dicen de campana, así los conoce la gente acá de toda la vida. La técnica es fácil, se hace un hueco, que mide un metro o metro y medio de profundidad, y se va ampliando hacia abajo, siempre buscando el agua y, dependiendo del material que tenga la tierra, se enladrilla, se viste o se deja normal.

“Soy de Chaparra, por ejemplo, en El Batey hay mucha piedra; en Chaparrita es tierra con arena mayormente lo que se encuentra y en Paso Pata es jaboncillo blanco (una piedra blanca que se cae y tienes que vestirla); por el lugar donde uno trabaja se puede saber más o menos lo que te espera.

“También la profundidad cambia con el sitio, porque el agua bajo la tierra se mueve según el terreno de arriba. Hay lugares que están más bajos y es fácil de encontrar y, por el contrario, si escarbas en una loma o zona alta, pues tienes que bajar más todavía.

“En El Batey los pozos tienen nueve, 10 metros; en Chaparrita tienen siete, ocho metros; para la zona del Arenero (lo que es la salida de Chaparra buscando Puerto Padre) está entre los cuatro y los cinco metros; y así”.

Él no tiene fórmula para encontrar el líquido, eso nos dice mientras afirma que lo del alambrito en la cintura o el gajo de guácima como fórmulas para hallar el agua no lo convencen. “Me cuentan que hay gente que ha tenido aciertos, y no lo dudo; pero a mí eso no me funciona. Lo mío es hacer el pozo, me dicen donde lo quieren, y ya está.

“Recuerdo que escarbé un día para hacer uno que habían marcado con esas mañas y nos tocó hurgar casi 12 metros en un lugar donde el agua brota por menos. Eso fue en la esquina de Chaparrita, cuando tú vas para la Fábrica de Tableros. Una experiencia amarga aquella”.

Nos explica que siempre se encuentra agua allá donde se busca, unas tierras más fértiles que las otras, pero nada que no ablanden la barreta, la mandarria y el pistolete; y también confiesa que ya ha visto mucho: “Lo mismo pozos hechos dentro de una cocina, que en la sala de alguna casa. Lo mío es trabajar. Yo no hago preguntas, ¿lo quiere aquí?, pues ya está”.

Su dinámica, que es saber popular extendido hasta las ciudades ahora, en medio de la inestabilidad cada vez mayor en el abasto de agua, tal vez dista de ser perfecta, pero pone sobre la mesa un engranaje añejo que necesita ser atendido a fondo.

Acopiar agua en tierras de sequía en cualquier época del año es práctica válida para ser retomada, atendida y atemperada a estos tiempos convulsos para que, de la mano de los buenos oficios, se afiance una tradición que perdimos y mucho puede ayudarnos a vivir épocas mejores. 

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