
Esto no es casual, forma parte de una estrategia tan simple como espeluznante: mentir, mentir y seguir mintiendo, tratando de que alguna de estas calumnias cale profundamente en la opinión pública para justificar el genocidio económico que cometen contra el pueblo cubano.
Como el regreso de un dinosaurio pueden catalogarse las referencias hechas hace unos días por el Secretario de Estado estadounidense Marco Rubio a los supuestos incidentes de salud inexplicables de funcionarios norteamericanos en La Habana, lo que trascendió mediáticamente como “ataques acústicos” y que algunos más avezados en comunicación política y psicológica se apresuraron en denominar “síndrome de La Habana”.
Estos infundados padecimientos surgieron en 2017 durante el primer mandato de Donald Trump y sirvieron para reducir drásticamente el personal diplomático de la nación norteña en el archipiélago caribeño, con la suspensión de servicios que fueron asumidos en terceros países, encareciendo y dificultando el acceso a los mismos para ciudadanos cubanos.
Tan lamentable como el hecho de perjudicar a las familias cubanas fue que grandes cadenas de comunicación sostuvieron esa narrativa por años, hasta que informes del FBI, de la Academia Nacional de Ciencias y revisiones de inteligencia de Estados Unidos posteriores a 2019 demostraron la hipótesis de los “ataques sónicos” como falsa, al no encontrarse ningún tipo de evidencia científica.
Pero ahora, en la administración Trump 2.0, el “trascendente” Secretario de Estado vuelve a reciclar el tema con la intención de seguir avivando otra mentira: Cuba es una amenaza para los Estados Unidos.
Y como un guión de una novela de ficción digna de un premio, desempolva los ataques que solo existieron en declaraciones y medios para conectarlos con las supuestas bases de espionaje que Rusia y China mantienen en Cuba.
Esto no es casual, forma parte de una estrategia tan simple como espeluznante: mentir, mentir y seguir mintiendo, tratando de que alguna de estas calumnias cale profundamente en la opinión pública para justificar el genocidio económico que cometen contra el pueblo cubano.
Tal pareciera, por la falta de interés que ponen en justificar sus argumentos, que no importa si les creen o no. Como los tristemente célebres principios de la comunicación fascista, hay que repetir esas mentiras una y otra vez, y si se agotan, pues sencillo: inventar otras.
A base de mentiras, el uso de la fuerza y la coerción han dañado la economía cubana y sus vínculos comerciales. Cada acción de ese tipo es celebrada por los mismos medios que mágicamente muestran fotos de bases militares extranjeras en Cuba que no existen. Amplifican sin reparo cuanta narrativa vaya dirigida a generar más presión sobre Cuba y su pueblo.
Hoy dicen que las Fuerzas Armadas Revolucionarias son obsoletas e ineficientes y mañana que tienen cientos de drones capaces de llegar a Estados Unidos. Sin lógica alguna y con una saña impresionante persiguen las más elementales relaciones de comercio de Cuba y las exponen cual perro que señala a su amo dónde está la próxima víctima.
Pero esto no es por iniciativa propia, es una indicación del Secretario de Estado, quien actúa de la misma manera: mientras anuncia con orgullo sanciones a empresas cubanas vitales para la economía, niega que exista un bloqueo petrolero que él mismo sustenta.
Mientras presionan y amenazan a cuanto barco se dirige a Cuba con combustible y no cesan hasta que cambie su rumbo, públicamente dicen que Cuba no tiene combustible porque no paga. Más cínicamente, a la par del recrudecimiento del bloqueo y de la guerra económica, ofrecen ayudas monetarias en su afán de venderse como los salvadores del pueblo al que castigan y condenan.
Sobran los ejemplos de cómo, a través de la mentira, se aplica una política que se nutre de un odio visceral y que ha deprimido notablemente el nivel de vida del pueblo cubano, ese que frente a esta guerra de intoxicación mediática no le queda otro remedio que seguir el consejo de Julius Fučík: ¡Estad alerta!

