Las Tunas.- Para Lianet Elena Zaragoza Ricardo, enamorarse de la Medicina no fue difícil. Lleva en la sangre la entrega a una profesión con el amor como credo. Hija de un médico, pasó buena parte de su infancia viendo a su papá en consultas y terrenos. En su interior, desde entonces, ya admiraba esa labor sin horarios, aunque no niega que en su adolescencia otras opciones pasaron por su mente. Cierto día una experiencia marcó la decisión definitiva.
“Pasé por el hospital, vi a mi papá en plena faena y a mi mente volvieron aquellos días. Recordé lo que es tener a una persona delante, interrogarla, saber qué le ocurre, investigar la causa del problema… Pero, mejor aún, la oportunidad de ayudarla; eso es lo más gratificante”, cuenta con nostalgia.
Ser alumna ayudante de Neonatología contribuyó a su pasión por los pequeños. No obstante, la rotación por Pediatría resultó un poco “chocante”. “Al principio no me ‘fascinó’, pero tenía a mi hermano pequeño y a algunas vecinas en el barrio con bebés. Como era estudiante de Medicina y estaba cerca, venían a mí con dudas, me traían los niños cuando se sentían mal y los examinaba... Eso me fue enamorando del trato con ellos.
“Es precioso cuando crecen y responden a las preguntas; para mí son los pacientes más agradecidos. Es lindo ver cómo, tras un día denso, ellos vienen con una ocurrencia y te hacen reír; en ese momento se va el cansancio”, afirma.
En el 2019 culminó su especialidad, pero la primera ubicación laboral devino un reto que hoy agradece. Su asignación al área de Bartle fue un impacto, pero la ayudó a crecerse en todos los sentidos.
“En esa localidad tenían una pediatra muy buena y también mi padre trabajó allí. Muchos de sus colegas y pacientes lo recordaban. Esos médicos experimentados tenían que interconsultar conmigo los casos, lo que me obligó a prepararme el doble porque era una generación de galenos que bien pudieron haber sido mis profesores. Necesitaba demostrar que era digna de su confianza”.
Sin dudas, la “varilla” quedó alta para esta joven, pero fue una experiencia que asumió sin vacilar. Luego otra etapa difícil vendría con su sombra oscura: la covid-19. Eso la hizo llevar su labor a los diferentes centros de aislamiento.
“Un trabajo de mucha responsabilidad, intenso, pero aprendimos a manejar esa pandemia precisamente trabajando con ella. Siempre preparándonos, atentos a los reportes internacionales, porque hacía años que el gremio médico no se enfrentaba a una epidemia de tal magnitud”, sostiene.
A finales del 2021 partió hacia Angola. Por casi cuatro años brindó sus servicios en la provincia de Benguela. La experiencia de la covid-19, la labor comunitaria y el estudio constante fueron armas que la ayudaron en esas tierras, período que -según confiesa- ha sido hasta ahora el más desafiante de su vida.
“Allí vimos enfermedades y manejos que solo conocíamos en libros, carencia de muchísimos recursos, habitantes con escasos conocimientos de las nociones básicas de salud… La población cubana en ese sentido está más preparada, pero allí predominan creencias como las de ir al ‘médico brujo’.
“Vi por primera vez morir a un niño, y desgraciadamente me encontré muchos casos así. Por una cuestión de idiosincrasia, de economía, la mayoría de las veces iban con los pacientes en un estadio tan avanzado del padecimiento que ya no podíamos hacer nada. Nos enfrentamos a enfermedades muy extrañas, malformaciones congénitas incompatibles con la vida, VIH, tuberculosis en formas que solo las había leído. En otras ocasiones, por descuido, los pacientes llegaban fallecidos. La desnutrición abunda mucho”.
Además de superarse como médico, la misión en Angola dotó a Lianet de un toque de sensibilidad que le hizo ver la vida diferente. “Fueron momentos muy duros, pues durante mi carrera nunca tuve que decirle a una madre: ‘Tu bebé está a punto de fallecer, no podemos hacer nada, solo orar y esperar un milagro’. Muchas veces me abrazaban rogando que salvara a su hijo. Vivencias que me conmovieron; y como médico sabes que no puedes ponerte a llorar, sino acompañarlas, hacerles saber la verdad, sin falsas esperanzas”.
Aun así, también disfrutó momentos muy bonitos que compensaron el dolor. Llegaron pacientes muy graves y se recuperaron. Como Armindo, de 9 años, que ingresó con una supuesta crisis de asma, pero la situación era mucho peor…
“Al evaluarlo percibimos que era un niño cardiópata. Eso movilizó a toda la brigada. También tenía una enfermedad reumática, los padres no lo habían visto a tiempo y como consecuencia presentaba doble disfunción valvular. Él comía, dormía y lo hacía todo sentado. No podía salir de la cama por la dificultad respiratoria tan grande. Estuvo tres meses con una máscara de oxígeno. Los cardiólogos recomendaban operarlo, pero el hospital equipado para esa cirugía estaba en Luanda, la capital, y no lo recibiría con esa dificultad respiratoria.
“Aquello me marcó porque lo vi sufrir a él y a sus padres. Entonces nos unimos para investigar, pues las medicinas que las literaturas actuales recomendaban no estaban a nuestro alcance. Constantemente nos preguntábamos cómo ayudarlo, hasta que finalmente a los tres meses pudimos quitarle el oxígeno y transferirlo. Dos meses después su madre me contó que lo habían operado. Sentí una sensación inexplicable”.
Pero Armindo no fue el único paciente que movió sus cimientos; otro pequeño también le trajo desvelos. La malaria le afectó un riñón y le provocó una lesión renal crónica. Las condiciones en las que llegó nuevamente movilizaron a todos.
“La primera vez que lo recibimos presentaba un edema agudo del pulmón. Casi no podía respirar. Una tos con una expectoración sanguinolenta le impedía recostarse. Se me agarró de la mano, y con su lenguaje entrecortado me miró y dijo: ‘Doctora, ¿me curas?’.
“Te enseñan que no puedes llorar ante el paciente, pero tuve que mirar al techo y dejar que las lágrimas se secaran. Afortunadamente, tenía muy buenos colegas de Nefrología y juntos revertimos aquello. Aunque lo sacamos de la emergencia, luego supe que falleció. En ese momento no se estaban haciendo trasplantes y, como consecuencia del ciclo final de la enfermedad, hizo una de tantas complicaciones y no fue llevado al hospital a tiempo. Son historias que quedan grabadas para siempre”, cuenta con dolor.
DE APOYOS Y AGRADECIMIENTOS
Lianet siempre aprendió de sus profesores que para ser buen médico hay que ser buen investigador; África se lo demostró con creces. La ayudantía demandó investigación y, a su vez, la intención de convertirse en profesora al terminar su especialidad. Tras el retorno, tiene entre sus proyectos hacer el cambio de categoría docente e insertarse en los programas de formación doctoral.
Le es imposible referirse a su “familia” sin emocionarse. Habla de su mamá, que la cuidó cuando la operaron por un fibroadenoma mamario, siendo estudiante; quien madrugaba para atenderla, llevarla a la escuela, cargar la maleta, copiar las clases... Y es que Lianet, por no atrasar su formación, se incorporó con suturas en la herida, pese a los regaños de sus profesores por eso.
Menciona a sus colegas, que le prestaban las libretas; a su hermano, que le servía de maqueta para repasar las lecciones de Anatomía; al padre amantísimo, que la inspiró con su ejemplo y consejos a tiempo… “Sin ellos no sería quien soy. Soportaron la lejanía cuando salí de misión, los días en los que no podíamos hablar, me fortalecían si perdía a un paciente... No podía derrumbarme ante madres desconsoladas, pero sí delante de mi familia”, expresa.
CON ALMA DE NIÑA
Hablar de la Pediatría es tocar sus fibras más íntimas, no solo porque esta especialidad -refiere- es una de las más amplias, sino porque trae aparejada una particularidad especial. “Nuestros pacientes no saben hablar la mayor parte del tiempo. No te explicarán como lo haría un adulto, y dependemos mucho de lo que diga el acompañante.
“El pediatra no debe perder la chispa de travesura. Los niños, aunque creamos que no, son muy observadores y sinceros. Tienen talento para identificar las emociones. Es increíble, pero real. No puede faltar esa picardía, si deseas que tu consulta funcione y el niño coopere. Observar sus gestos, el lenguaje del llanto, es tan importante como la información que te proporcione su mamá o papá.
“Por encima de todo, mucha sensibilidad. Son tiempos convulsos, los adultos lo viven, pero los niños lo sienten a través de sus padres. A veces, curamos más cuando usamos frases como ‘te entiendo’ o ‘sé lo que estás pasando’. Eso ayuda en gran medida a nuestros pacientes”.
A pesar de su juventud, son muchas las enseñanzas que recoge en su camino. Por eso, a los futuros pediatras les aconseja paciencia. Sabe lo complejo de la especialidad, de los años de residencia. Conoce lo difícil de estar al frente de un cuerpo de guardia, ante un niño y una familia demandante.
“Los padres desean lo mejor para sus hijos, pero no siempre tienen el conocimiento o con frecuencia creen que eso que escucharon del vecino sobre determinado medicamento es la solución. Debemos explicarles la conducta adecuada y en un lenguaje que comprendan.
“Mi objetivo siempre será cuidar a los niños. Como decía una doctora angolana, los pediatras somos sus abogados. Hacia allí va mi trabajo, en función de ellos”.
De vuelta en Las Tunas, Lianet continúa siendo pediatra en Bartle, mirando a esos que dejó pequeñitos y ya están en Primaria, a madres que recuerdan a “la doctora de su niño”; poniendo el corazón en cada consulta y donde exista la necesidad de sus servicios.
Así es ella, una joven que disfruta pasar tiempo con amigos; lectora “consumada y apasionada”, que escribe historias cortas y novelas cuando su agenda lo permite; tejedora amante del crochet irlandés, la papelería y la música. Pero, sobre todo, una profesional que carga en el pecho el orgullo de ser cubana y llevar la Medicina a todo rincón.

