Las Tunas.- Cuando la puerta se abrió, aquel 26 de julio de 1997, Margarita García Laguna tembló ante la imponente figura del General de Ejército Raúl Castro Ruz, quien llegó a la Plaza de la Revolución Mayor General Vicente García González el día de su inauguración.
Más tarde se realizaría en la institución el Acto Nacional por el aniversario 44 de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, y el experimentado combatiente quiso ir antes. Allí lo esperaba la joven directora, hoy avezada investigadora de esta región oriental.
El susto inicial pasó a un segundo plano porque Raúl y Vilma, quien lo acompañaba, le hablaron con cordialidad y simpatía. Preguntaron sobre la historia del territorio, comentaron detalles del Cuarto Frente Oriental y en el Salón de los Generales sugirieron investigar un poco más sobre Juan Fernández Rus.
“Fue un momento muy emocionante cuando lo vi caminar con pasos largos y tan ágiles que a la comitiva le resultaba difícil seguir su ritmo. Me pidió que le explicara qué iba a suceder en el acto y el significado de algunas partes del gran mural que existe en el lugar.
“En el horario de la tarde, poco antes de la ceremonia, regresó a la plaza. Y fui testigo de la llegada del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Cuando se encontraron, se abrazaron con mucha alegría, y también con admiración.
“Terminada la actividad, me preguntó si su hermano había escrito en el libro de visitantes y en un instante lo organizó para que todos firmaran. Es una persona alegre, contagiosa en sus expresiones y muy cubano. Me trató con respeto y me hizo sentir en familia. Esas son mis experiencias y no las olvido”, compartió Margarita.
Tampoco olvida a Raúl el periodista e historiador Rafael Aparicio Coello, del sureño municipio tunero de Amancio, quien el 10 de noviembre del 2008 acompañó el recorrido del líder por lugares muy afectados, tras el paso del huracán Paloma.
“A primera vista resalta su imagen como un hombre de carácter fuerte, impenetrable, pero cuando estuve frente a él pude apreciar su sensibilidad, la capacidad de prestar atención a sus interlocutores y ponerse en el lugar de quienes perdieron viviendas y bienes.
“Él, con su impecable traje verde olivo y su intachable trayectoria revolucionaria, escuchó, preguntó y no prometió nada. Pero dio aliento, regaló su lapicero a una niña y se interesó por cada detalle del asentamiento costero de Guayabal.
“Así es Raúl, un hombre hecho a imagen y semejanza del pueblo que lo respeta y admira por la verticalidad de sus principios, su incuestionable humanismo, sentido del deber y demostrada vocación de defender la Revolución al precio que sea necesario”.
Anécdotas como las anteriores hacen crecer la historia de la Patria y sus héroes; más del hombre que, con 95 años, se mantiene con el pie en el estribo, dueño de una entereza inquebrantable y gigante en la dignidad y el ejemplo.

