
Las Tunas.- Una lectora, identificada como María Pérez, envió estas líneas a 26. “Aquí, en mi barrio, en La Victoria, llevamos 26 días sin fluido eléctrico. El transformador estaba botando aceite y lo reportamos por miedo a una explosión que afectara los equipos electrodomésticos.
“Se lo llevaron y ahora dicen que estaba en muy malas condiciones y no hay para reponerlo; que no es por escalafón, ni por la entrada al taller, que es cuando aparezcan las piezas, sin fecha en el calendario”.
María pidió al Periódico que “hiciera algo”, en nombre de las “58 casas afectadas, con 10 casos vulnerables y bastantes personas mayores” que habitan la comunidad afectada. No es el único caso.
26 tiene varios mensajes y comentarios como este y también hemos vivido en carne propia, como hijos de esta localidad, lo caótica que se vuelve la vida cuando, al aterrador panorama que nos ronda con respecto a la estabilidad del fluido eléctrico, se suma un transformador roto, dañado o botando aceite, sabrá Dios hasta cuándo.
Al cierre de la información que dio vida a este reporte de prensa, en Las Tunas existían cerca de 500 interrupciones eléctricas, muchas de ellas acumulándose como consecuencia de tormentas locales severas y otras cuestiones.
Y los especialistas, que reconocen los mil y un dislates para dar solución concreta a cada caso pendiente, aseguran que, de entre todo, lo más complejo ahora mismo es la situación de los transformadores.
El caso de María no era el más grave cuando iniciamos las indagatorias de estas líneas, el más viejo de los pendientes databa del 7 de julio.

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El panorama no es exclusivo del municipio cabecera y, según Anisley Santiesteban Velázquez, director general de la Empresa Eléctrica Las Tunas, el asunto tiene disímiles aristas. “Hay una realidad, son muchas horas sin servicio y, al momento en que se pone la corriente, la población intensifica el uso de varios equipos y sube la demanda, eso se conoce como efecto de carga fría, que es una sobrecarga que hace que se dañen los transformadores”.
Lo ideal sería, atendiendo a las necesidades técnicas de los equipos y a la explicación de los especialistas, que los pobladores conecten sus electrodomésticos y otros dispositivos paulatinamente. Sin embargo, el que ha estado seis, ocho, 12 horas sin electricidad y la ve llegar, en lo primero que piensa es en garantizar el agua del tanque (si tiene alguno y turbina), en no tener que prender el carbón por, al menos, una vez, y en cargar todo lo que le sea posible. Porque lo cierto es que la luz llega y nadie tiene la certeza exacta de cuánto tiempo le durará el servicio; pueden ser horas o minutos, lamentablemente.
Eso lo sabe el directivo y también es una verdad que conocen sus trabajadores. Gente que sale de sus casas muchas veces sin corriente, en la mañana; pasa el día completo laborando en medio de insatisfacciones de todo calibre y, al regresar con los suyos, también son recibidos por un apagón.
Santiesteban Velázquez vuelve a la carga, él entiende de transformadores. “El principal problema para la sustitución de los dañados radica en su poca disponibilidad en la provincia. Hemos explicado que las fábricas están en Villa Clara y La Habana; y en los talleres de Manzanillo (Granma) algunos se logran recuperar.
“Lo que estamos haciendo es, en la medida en que lleguen nuevas asignaciones de transformadores al territorio, tratar de subir la capacidad. Si, por ejemplo, teníamos uno de 25 kVA (kilovoltio-amperio) instalado en determinado barrio, pues les ponemos uno de 37,5".
Asimismo, en busca de evitar o solucionar escollos se han tenido que dividir circuitos, y eso, necesariamente, disminuye las soluciones por dar, porque puede pasar que que hagan falta dos transformadores para cubrir un barrio. "Nos sucedió en la zona de Pelayo Paneque, tuvimos que poner dos en lugar de uno, y aconteció de manera similar en el Edificio 33 de la avenida Primero de Enero, en Buena Vista”.
Le escuchamos con atención y, la verdad, pareciera que es una especie de juego de Tetris este que se vive con los transformadores; las pocas posibilidades de sustitución alargan los tiempos de espera.

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En medio de tan lúgubre panorama otra verdad aflora: las ilegalidades. Y no se trata solo del robo de los componentes de los equipos, los cables que cortan los ladrones en los bajantes y otros tantos asuntos igual de lacerantes; hablamos de un entramado incesante y diverso que mantiene en vilo a quienes velan por los recursos y su control.
De igual manera, en prolongados días sin servicio hay vecinos que se pasan un cable salvador de una casa a otra; y eso, que en muchos casos tiene un marcado carácter solidario, termina siendo una ilegalidad que recarga los equipos y puede provocar daños.
El panorama también alcanza a los circuitos priorizados, porque muchos actores no estatales se trasladan hasta allí para utilizar la energía, a veces sin la legalidad requerida, para los negocios de cristaleros, hojalateros, chapisteros de carros, panaderos y otros.
Porque claro, en este contexto enrevesado, la gente trata de “salvarse”, de “resolver”; y se van acumulando daños que terminan lastrando a todos, atizados por lo peor: no existen posibilidades concretas de solución a corto o mediano plazo en cuanto al universo eléctrico.
Dice una amiga que lo único que se le ocurre es “encomendar el transformador de cada barrio a todos los santos”; otra colega me dijo que “habría que ponerle un lacito rojo a cada uno para la mala vista”; y el sentir popular tiene otras muchas variantes, algunas en forma de memes, para dar salida emocional a un entramado tan complejo.
Lo cierto es que María, que ojalá cuando lea estas líneas ya tenga activo su transformador, es un nombre que agrupa al de los tantos que estamos (o hemos estado) en una situación similar; algo que puede llegar de golpe, repetirse incluso, y para lo que, todo apunta, debemos estar preparados.

