
Las Tunas.- Cada 8 de octubre, en las escuelas cubanas, los pioneros repiten una consigna que se aprende antes que casi cualquier otra: "Seremos como el Che". Sucede en las aulas de Santa Clara y en las de Baracoa. A 59 años de su caída en combate, esa frase sigue en pie, y vale preguntarse por qué.
Ernesto Guevara de la Serna nació en Rosario, Argentina, en 1928. Se hizo médico, pero el viaje en motocicleta por América Latina, a inicios de los años 50, le mostró una realidad que ningún libro de texto le había descrito: la miseria, la explotación y la desigualdad de un continente entero.
Aquel joven asmático, que podía haber vivido cómodamente de su profesión, decidió otro camino. Conoció a Fidel en México en 1955 y un año después estaba a bordo del yate Granma, rumbo a Cuba.
En la Sierra Maestra se ganó el grado de comandante por su valentía y por su disciplina. Pero quienes lo conocieron coinciden en algo más: exigía a los demás lo mismo que se exigía a sí mismo.
Compartía la misma ración, cargaba el mismo peso y era el primero en el peligro. En diciembre de 1958, al frente de su columna, dirigió la toma de Santa Clara, un episodio decisivo para el Triunfo de la Revolución.
Esa coherencia es quizás el rasgo central de su liderazgo. Cuando llegó la victoria, no buscó privilegios.
Fue presidente del Banco Nacional y ministro de Industrias, y aun así los domingos salía a cortar caña y a trabajar en obras y fábricas. Para él, el trabajo voluntario no era un acto simbólico, sino una forma de educar. De ahí nace su idea del "hombre nuevo": una persona que actúa por conciencia y por solidaridad, y no por interés personal.
También fue un internacionalista convencido. Entendía que la causa de los pueblos no tenía fronteras, y por eso dejó atrás cargos y comodidades para combatir en el Congo y después en Bolivia.
Herido y capturado el 8 de octubre de 1967 en la Quebrada del Yuro, fue asesinado al día siguiente en La Higuera. Tenía 39 años. Sus restos fueron hallados en 1997 y hoy descansan en el Memorial de Santa Clara, la ciudad que lo vio vencer.
Se dice que los héroes tienen que ser inalcanzables. El Che nos recuerda lo contrario: fue un hombre con dudas, con defectos y con una salud frágil, que hizo de la voluntad y del ejemplo su arma principal. Por eso, a casi seis décadas, no se le recuerda solo con flores, sino con la pregunta que deja a cada generación: ¿qué estamos dispuestos a hacer por los demás? Hasta la victoria siempre.

