Quien pretenda explicar la sustancia de la cultura cubana este 20 de octubre no necesita desempolvar los manuales de Historia ni repetir los discursos que año tras año acompañan los actos oficiales. Bastaría con detenerse cinco minutos en algún portal tunero
Las Tunas.- El apagón de las 6:00 de la tarde no interrumpe el ensayo en la cuadra de mi barrio, apenas le cambia la escenografía. En el portal de la casa de la esquina, al amparo tenue de una linterna de teléfono colgada en algún lugar donde ilumine bien, una muchacha de 19 años afina una guitarra de segunda mano, cuya madera empieza a saltarse cerca del puente. A su lado, sin más metrónomo que la prisa, un muchacho marca el compás golpeando las uñas contra el borde de una mesa de plástico. Faltan el escenario, la acústica, la electricidad que mueve los altavoces; sobra, en cambio, la certeza de tres vecinos que se acomodan en la acera a coger el fresco de la noche y a escuchar cómo una voz femenina le abre una grieta al silencio de la cuadra.
Y es que hay días en que Cuba parece empeñada en resolver primero la vida y dejar la belleza para después, y eso es totalmente comprensible en los tiempos que corren. La urgencia se sienta a la mesa antes que nadie, ocupa las conversaciones, altera los horarios y termina por medir el tiempo con una exactitud cruel. En semejantes jornadas, hablar de cultura puede parecer un lujo.
Basta, sin embargo, mirar con un poco más de atención para descubrir que el país sigue escribiendo, cantando, bailando y contando historias. A veces lo hace en condiciones que obligan a preguntarse cuánto esfuerzo debe invertir una persona para ejercer el derecho de crear.
Quien pretenda explicar la sustancia de la cultura cubana este 20 de octubre no necesita desempolvar los manuales de Historia ni repetir los discursos que año tras año acompañan los actos oficiales. Bastaría con detenerse cinco minutos en algún portal tunero.

Aquel 20 de octubre de 1868, los mambises que entonaron el Himno en la plaza de Bayamo no buscaban inaugurar un catálogo de bellas artes ni legar un dato para un libro escolar. Cantaron sobre el lomo del caballo para sacudirse el miedo, para infundirse coraje y para inventarse un nombre que los identificara a todos antes de adentrarse en la manigua. Ciento cincuenta y ocho años después, la creación en Cuba conserva idéntica urgencia constitutiva, tal vez por eso se escribe un poema al dorso de un recibo vencido o se ensaya una obra teatral en un patio asediado por los mosquitos, o se improvisa un lienzo con pintura de pared cuando los óleos faltan.
En este Archipiélago, el arte jamás funcionó como un adorno o un lujo. La creación aquí constituye un mecanismo primario de supervivencia. Cuando el mundo aprieta por todas partes y las contingencias cotidianas amenazan con desgastar el ánimo, las manifestaciones artísticas emergen como la única propiedad inalienable de la gente. El arte no se come, no remienda el techo abrumado por las lluvias ni resuelve el combustible diario, pero impide el naufragio espiritual, esa forma cambiante del desamparo.
Y la cultura cubana tuvo que vérselas con las contradicciones de su tiempo. Encontró en la música una manera de narrar la vida, en la literatura una forma de discutirla y en el humor un recurso para soportar sus absurdos sin concederles la última palabra. Nuestra creación artística conoce la solemnidad, pero también sabe burlarse de ella. Ahí está una de sus virtudes más profundas, esa capacidad de mirar el mundo sin aceptar que la realidad tenga siempre la razón.
Virgilio Piñera comprendió que el absurdo podía ser una forma rigurosa de conocimiento. En sus páginas, lo insólito se instala en la vida cotidiana hasta que el lector descubre que la verdadera extrañeza quizá estaba en aquello que había aceptado como normal. Esa lección viene bien con las celebraciones culturales y determinadas palabras que sobreviven durante décadas sin que nadie se detenga a comprobar si todavía describen lo que sucede.
También existe una costumbre errada que insiste en tratar la herencia cultural como un objeto de museo, una pieza de mármol inmóvil a la que solo se le rinde culto una vez al año para salir del compromiso. Sin embargo, la cultura viva resulta incómoda, cuestiona, padece los mismos dolores de su tiempo y se alimenta de la sospecha, vive precisamente de la terquedad con que cada nueva generación le formula preguntas al país que habita.

Decir que Cuba es un país de cultura resulta fácil. Más difícil es preguntarse qué significa esa afirmación para el muchacho que escribe sus primeros versos y carece de orientación o para el creador que necesita condiciones elementales para trabajar. La riqueza cultural de una nación no se calcula únicamente por la importancia de sus obras consagradas. También se reconoce en las posibilidades que ofrece a quienes empiezan, todavía sin nombre ni público, con una idea que apenas encuentra su forma.
Por eso la defensa de la cultura exige algo más que admiración. Hace falta cuidar el trabajo de los artistas, sostener los espacios donde se forman nuevos creadores y favorecer el encuentro de las obras con públicos diversos. Hace falta, además, aceptar que la identidad cubana no permanece encerrada en una vitrina. Cada generación la recibe, la examina y la modifica. Ninguna tradición puede aspirar a la eternidad si prohíbe las preguntas que la mantienen viva.
La efeméride tiene su origen en un acontecimiento extraordinario, pero su sentido contemporáneo depende de lo que hagamos con aquella herencia. Hay algo profundamente cubano en esa persistencia de la imaginación. No porque las dificultades ennoblezcan automáticamente a quien las padece, ni porque el arte deba cargar con la obligación de salvarnos. Crear requiere una libertad que no puede confundirse. La belleza merece existir sin tener que justificar su presencia mediante una hazaña, y el artista necesita algo más que aplausos por haber conseguido trabajar contra todas las circunstancias.
Y es que esta Isla posee una historia cultural que desborda cualquier calendario. Pero esa misma cultura tiene hambre de preguntas, de descubrimientos, de lectores y espectadores capaces de discutir una obra después de verla. Hambre de futuro. Alimentarla exige algo más que dedicarle un día en el calendario. Exige comprender que un país también se construye con aquello que imagina, con las historias que se atreve a contar y con la libertad que concede a quienes intentan contarlas.
Cuando la guitarra vuelve a sonar en la penumbra de la calle, la noche tunera pierde un poco de su pesadez habitual. En ese gesto mínimo, despojado de artificios, la cultura cubana le devuelve a un grupo de personas la certidumbre de que, aun en medio de la sombra más densa, todavía nos queda una voz para nombrarnos.

