Jueves, 23 Agosto 2018 04:46

Brígida, belleza y temple

Escrito por Juan Morales Agüero

Las Tunas.- En el libro cubano de la épica, nuestras mujeres tienen rubricados sus propios capítulos de gloria. No existe proeza de pólvora o sudor desentendida de su ubicuidad. Ellas han sabido estar a la altura de los hombres en cada convocatoria de circunstancia. Y muchas conquistaron el rango de heroínas tanto en las guerras decimonónicas como en el ciclo posterior a 1959.

 Entre las féminas que hicieron de sus vidas una ofrenda permanente a la emancipación de la Patria del yugo colonial figuran varias tuneras. Algunas procedían de cuna menesterosa y humilde. Pero otras nacieron entre lujos y oropeles. Juntas y sin distingos combatieron por una causa común. Y triunfaron. Lo dijo Martí: "Cuando la mujer se estremece y ayuda, la obra es invencible".
                               BRÍGIDA ZALDÍVAR, EL ÍCONO
Esta ilustre mujer nació en Puerto Príncipe el primero de febrero de 1839. Tuvo una niñez opulenta, pues su familia disfrutaba de holgada posición económica. Su madre, Francisca, era prima de Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía; y su padre, Juan de Dios, poseía vastas extensiones de tierra para la crianza de ganado vacuno, muchas localizadas en áreas de Las Tunas.
Vicente García González, hijo de prósperos hacendados tuneros, viajaba a menudo hasta la villa de los tinajones en menesteres de negocios. Cierta tarde conoció a Brígida. Hicieron tan buena química que pronto floreció entre ellos el amor. Luego de un corto noviazgo, se casaron el 22 de agosto de 1855. Tenía ella 17 primaveras.
Pasado un año, la joven esposa se enroló junto a su hombre en un complot contra España. La falta de organización y de apoyo lo condenaron al fracaso. Pero devino referente para el llamado al combate el 10 de octubre de 1868. Vicente se alistó y marchó a la manigua; Brígida quedó en la retaguardia, a cargo de los hijos.
El 24 de octubre de 1868, el coronel español Eugenio Loño, jefe militar de la provincia de Oriente, estableció su cuartel general en la ciudad de Las Tunas. Su propósito era someter al mayor general Vicente García -bautizado por su valor por sus enemigos como "León de Santa Rita"- y obligarlo a deponer las armas.
El oficial ibérico apeló a un recurso cruel y mezquino: encerrar a la familia del mambí -esposa, hijos y anciana suegra- en su casona de la calle Real. Las puertas y ventanas del inmueble fueron clausuradas con maderos y clavos y se prohibió cualquier contacto con el exterior, incluso para el suministro de alimentos.
Loño conminó a Brígida a escribir una carta al insurrecto para que se entregara, pero ella se negó. Al tercer día de reclusión murió de hambre María de la Trinidad, la hija más pequeña, de solo 4 meses de nacida. Brígida no bajó la cabeza y mantuvo por dos días el breve cuerpecito entre sus brazos. Saúl, otro de sus retoños, corrió igual suerte antes de que se levantara el encierro gracias a la repulsa pública y la presión internacional.
Cuando las tropas al mando de Manuel de Quesada asaltaron la ciudad el 16 de agosto de 1869, Brígida se incorporó a la pelea como enfermera. Después marchó a la manigua junto a su esposo y los pequeños hijos. En agosto de 1871 fue hecha prisionera con su prole infantil. Ya liberados, y ante el acoso que vino luego, Vicente García optó por enviarla a ella y  los hijos al exilio.
Brígida estuvo en Jamaica, donde pasó múltiples aprietos. Saltó luego a Río Chico, en Venezuela, residencia a la sazón de su hija Caridad. Después de la Protesta de Baraguá, el mayor general Vicente García se les unió. Allí murió envenenado en oscuras circunstancias el 4 de marzo de 1886. Su esposa le dio sepultura.
Al comenzar la guerra de 1895, la brava mujer marchó al monte como simple soldado, y llevó con ella a su hija María. Víctor Marrero, historiador de la ciudad, escribió sobre este suceso: "Cuentan que, al verla de campaña, un coronel español le preguntó: "¿Y a dónde va doña Brígida?". A lo que respondió, decidida, la matrona: "Me voy a la manigua, la memoria de mi esposo me lo exige".
Al finalizar la contienda se estableció en el extranjero. Regresó a Las Tunas el 25 de enero de 1907, a traer a su tierra natal los restos mortales de su esposo, el mayor general Vicente García. Después de vivir durante un tiempo en Santiago de Cuba y en esta ciudad, se radicó en La Habana, en la casa 715 de la Calzada del Cerro, donde falleció el 25 de mayo de 1918, a la edad de 80 años.

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