Ella hizo suyas las palabras de Isadora Duncan cuando dijo que la bailarina debía "posarse en la tierra con la naturalidad de un rayo de luz", así lo reconoció otra inolvidable: Dulce María Loynaz.
Haced como que soltaseis
vuestra vida de una vez;
y con son y ritmo eternos
la danza eterna bailéis.
(Gabriela Mistral)
¿Se ha ido?, vuelvo a preguntar. ¿Acaso lo trascendente muere? La veo ahí, en el Teatro Auditorium de La Habana, inmortalizada en la foto de Joaquín Blez, con rostro de niña buena y perspicaz, y la mirada apuntando al futuro aquel 29 de diciembre de 1931, cuando apareció en escena por primera vez con el Gran Vals del ballet La bella durmiente del bosque.
Danza en el recuerdo, traslúcida, hecha canción, verso, pintura... ¿Cuántas musas le deben sus desvelos? Bien lo supieron Lezama, Fina García Marruz, Portocarrero, Fayad Jamís, y tantos otros que inspiró con su vuelo, porque sus pies no solo tocaron continentes, sino cielo y alma.
¿Se ha ido?, soy consciente de la redundancia. ¿No traspasó su cuerpo el umbral de la eternidad con su lenguaje universal y atípico? En los vitrales del tiempo siempre estará grabada la estampa de aquella novel alumna de la Escuela de Ballet de la Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana que supo crecerse hasta convertirse en la mujer que culminó su formación escénica en Nueva York, para luego conquistar corazones en todo el mundo.
No solo la extrañará la protagonista del famoso ballet romántico Giselle, también lo harán Carmen, Kitri, la Yocasta de Edipo rey, y otros tantos personajes que interpretó con técnica y virtuosismo inolvidables. ¿Cuánta calidad y emoción estéticas emanaron de sus movimientos?, la respuesta quizás solo la sepan los entendidos en la materia. No soy balletómana, ni especialista en el tema, solo sé que su Cuba gema, su país amado, siempre la recordará con ternura y agradecimiento.
Nuestra Prima Ballerina Assoluta dejó los planos terrenales y ascendió, bailando en espíritu como lo hizo tantas veces en forma. Solo puedo aclarar que no se ha ido. Ondulosa, como "luz que se mueve" (palabras de Dulce María Loynaz), se eterniza (¿Acaso no lo hizo ya en cada acto?). Su silueta seguirá danzando para las presentes y futuras generaciones que se asomen al misterio que fue y es. El milagro perdura.






















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