Sábado, 27 Enero 2018 06:36

Empezar de nuevo

Escrito por Yuset Puig Pupo

Las Tunas.- Siempre fue de los fuertes. A los que la vida le sonríe. El amigo que tendía la mano sin esperar nada a cambio. La gente lo admiraba por la sabiduría de no juzgar, no guardar resentimientos, por andar sin cicatrices en este mundo de tantos filos.

Había salido de un pueblecito pequeño, de un hogar muy humilde y una familia no precisamente bien llevada. Pero con poco más de 20 años logró tener casa propia y los recursos materiales suficientes para saberse bien dispuesto. Todo estaba perfecto hasta que se adentró en el ritual de empezar el día con un trago de ron.

Al principio le sobraron compinches para compartir. Y después de la primera copa, el panorama se veía más brillante, era un incentivo para los negocios, para estar feliz. Sus familiares no se alarmaron demasiado porque parecía el mismo de siempre, aunque poco a poco las cosas empezaron a cambiar.

La sed comenzó a incrementarse. Ante el menor acontecimiento convidaba a los suyos a tomarse una botella de ron. Estaba el día completo cazando pretextos para justificar su vicio.

Cuando lo encararon no reconoció su adicción. Él no se sentía un borracho porque no andaba por la calle con una caneca bajo el brazo, él solo se daba traguitos en casa, pues la vida es muy corta y no vale la pena andar amargado o sobrio sin saber hasta cuándo nos toca vivir.

Después de unos meses, el deterioro se hizo evidente. Apenas con unos sorbos y ya estaba tambaleante, hablando enredado antes del mediodía. Abandonó por completo el trabajo, olvidó, incluso, las actividades que le daban placer y lo llenaban de motivación. Salvo el ron, no había nada más interesante en su existencia.

Una noche, cuando ya estaba muy borracho, escuchó a sus amigos hablar mal de él prácticamente a unos metros, pero como lo sabían muy tomado ni siquiera pensaron que tal vez podría escucharlos. ¿Qué importancia tenía? Nadie respeta ni considera a un borracho. Todo lo que había merecido se esfumó de golpe.

Entonces continuó su metamorfosis. De ser optimista y agradable se volvió huraño. Con el sorbo inicial empezaba a enumerar los defectos de su gente más cercana, lo malagradecida que era. Y fue cerrando un cerco en el que, sin notarlo, se quedó atrapado.

Su economía naturalmente colapsó. Los bienes se fueron esfumando, los equipos electrodomésticos, las prendas... Muy pocos se quedaron a mirar cómo terminaba el espectáculo. Sus hijos se alejaron. Al final era solo una sombra pálida dentro de una burbuja de existencia a punto de explotar.

Un día lo encontraron dando gritos de terror. Hizo una psicosis alcohólica y confundió la realidad con sus demonios. Necesitó ayuda médica un largo tiempo. Confiesa que lo más triste de estar sobrio otra vez fue descubrir cómo había arruinado su vida.

La fortaleza de su familia nunca pudo recuperarla. Máikel perdió para siempre el orgullo y la vitalidad. Ahora parece que tiene 50 cuando apenas llega a los 40. Su salud está disminuida en muchos sistemas. Pero su dolor más fuerte es el deterioro social, las miradas ajenas lacerantes aunque ahora ande lejos de la botella.

Ya de vuelta a sus rutinas, ha comenzado por dar pasos pequeños. Dos tandas de planchas y abdominales lo ayudan con la abstinencia. Por lo demás, retomó el trabajo, intenta recuperar a sus hijos y dejar la vergüenza en el pasado, pero el reto es muy duro, pues el descrédito le ha tatuado el cartel de borracho en la frente, y pasará mucho tiempo antes de que pueda hacérselo borrar.

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