Viernes, 04 Mayo 2018 06:33

Contaminación sonora: alzar la voz solo para pedir silencio

Escrito por Jose Armando Fernández Salazar

Las Tunas.- En el 2016 un grupo de investigadores del Hospital Universitario Clínico Quirúrgico Comandante Faustino Pérez Hernández, de Matanzas, encontró una relación directa entre el uso de los audífonos y el desarrollo de una discapacidad auditiva en personas jóvenes.

En su estudio, los expertos concluyen que si el individuo se expone por más de 60 minutos continuos a altos decibeles transmitidos por estos dispositivos, el oído interno no puede desplegar sus mecanismos protectores, profundizándose y perpetuándose el daño; y un 93,7 por ciento del total de pacientes estudiados así lo había hecho.

El ruido está considerado hoy como una de las principales fuentes de contaminación ambiental y un problema de salud a nivel mundial. Le llaman en algunos contextos el agente invisible, porque su intangibilidad lleva, incluso, a que en ocasiones no se logre establecer una relación causal entre las molestias sentidas en determinado lugar y la escucha de sonidos a elevado volumen.

Varias investigaciones han confirmado que la exposición a altos decibeles (por encima de los 80) provoca perjuicios como la pérdida progresiva de audición, irritación y cansancio, interferencias en la comunicación, perturbación del sueño, estrés, disminución del rendimiento y la concentración, dolor de cabeza, problemas estomacales; alteración de la presión arterial, del ritmo cardíaco y de los niveles de segregación endocrina, depresión del sistema inmunológico, vasoconstricción, problemas mentales y otros.

En Cuba, el fenómeno de la contaminación sonora se mueve en una realidad que va desde problemas de obsolescencia tecnológica en industrias y medios de transporte, hasta indisciplinas sociales que más de uno ha tratado de equiparar con una faceta de nuestra idiosincrasia.

Las especialistas Yamilé González Sánchez y Yaíma Fernández Díaz, del Instituto Nacional de Higiene Epidemiología y Microbiología (La Habana), advertían en una indagación del 2014 sobre los efectos de la contaminación sónica en la salud de estudiantes y docentes en centros escolares.

En el grupo seleccionado y expuesto periódicamente a ruidos intensos diagnosticaron desplazamiento temporal o permanente del umbral de audición, de las pupilas y parpadeo acelerado, agitación respiratoria, aceleración del pulso y taquicardias, aumento de la presión arterial y dolor de cabeza. También encontraron afectaciones en la esfera psicológica como el insomnio, dificultades para conciliar el sueño, fatiga, estrés, depresión, irritabilidad y agresividad.

Todo ello a pesar del amplio aparato regulatorio que existe. Por solo mencionar algunas, entre las normas jurídicas aparecen la Ley 81 del Medio Ambiente, el Decreto Ley 141/1988, los códigos de Seguridad Vial y Civil, y el Decreto Ley 200 de 1999. Por si fuera poco, en el 2015 a instancias del Gobierno se crearon a todos los niveles comisiones de enfrentamiento a la contaminación acústica, encargadas de establecer planes de acciones para diagnosticar las fuentes emisoras y proceder a su manejo o erradicación, así como de la educación de la ciudadanía.

Desde entonces y hasta la fecha han crecido las denuncias ante las autoridades competentes (aunque la falta de equipamiento especializado, por ejemplo, los sonómetros, hace más difícil su labor de control), el proceso inversionista y el ordenamiento territorial se han intencionado en este sentido y en la población ha crecido la percepción del riesgo; pero de igual forma aumentan las vulnerabilidades para la proliferación del daño acústico.

Más allá de la severidad de los marcos regulatorios y la congruencia en su aplicación, el enfrentamiento a la contaminación sonora o acústica pasa por otorgarle un enfoque ambiental y sanitario a este fenómeno, y que no tienda a idealizarse únicamente como una cuestión de buenos modales o respeto a las normas de convivencia, aunque también tenga que ver con ello.

Poco se logra si hoy multan a personas o instituciones por producir ruidos en sus actividades productivas y mañana se instalan bafles gigantescos para una actividad comunitaria. Habrá que alzar la voz, pero para pedir un poco de silencio.

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