Covid19 Caricatura Martirena

Las Tunas.- Llegamos al lugar de los suspiros y sobresaltos, de los miedos y la salvación, de la esperanza. Nos recibe un médico joven y agradable, de esos que trabajan con el alma y están allí, en la zona roja, aunque tengan a seres vulnerables en casa. En instantes la tristemente célebre noticia que no quería oír: es positivo. Y se desploma mi castillo de naipes. ¡Dios mío, otra vez! Dont´let me down.

El servicio del hospital pediátrico Mártires de Las Tunas debe estar congestionado, hay cunas y camas a la diestra del mismo Cuerpo de Guardia de Respiratorio. Pienso eso al mirar a algunas mamás con sus bebés “fuera de sala” justo ahí, a unos pocos metros de los médicos y los padres que llegan con infantes propensos a tener la Covid-19.

Paso al lado derecho del local. Intento ser positiva ante mi positivo. Llueve bajo la campana. Mi pequeño risueño no muestra su sonrisa. Sus ojos me hablan de cierto malestar. Y solo eso basta para apretujar el corazón de una madre. Allí escucho todo tipo de historias, pero usualmente con un denominador común: “Aún no entiendo cómo ocurrió el contagio”. Ni me pregunten a mí.

Una vez que en la sala hubo espacio, pasamos dentro, ¡qué alivio! El sol que traspasaba los cristales de las ventanas empezaba a dejarnos huellas en el rostro. Es mi primer ingreso. Cómo haré para tender la cama con el bebé cargado, qué tan lejos queda el baño, cómo me las arreglaré para asearme sin descuidar a la criatura, ¿se me habrá quedado algo importante en casa con el corre-corre?… Tantas interrogantes pasaban por mi cabeza que, junto a los temores propios de la situación, la lluvia de ideas terminó en torrencial. Calma Yela, me dije. Ataraxia.

Menos mal que la enfermera me ayudó a tender la cama, suerte que no tuvieron otras madres; como es sabido, no todos los seres humanos son humanos. Entonces nosotras (las acompañantes) hacíamos lo que podíamos.

Hoy acumulo vivencias policrómicas de los cinco días de ingreso de mi hijo (9-13 de marzo). Desde el enfermero que no reposa en su guardia, camina de aquí para allá, mirando a los bebés para evitar accidentes, máxime cuando existen tantas camas en vez de cunas, hasta colegas suyos a quienes hay que repetirles las cosas más de una vez. Desde la doctora que “pasa visita”, ausculta, pregunta y observa, hasta el que va a toda velocidad como si no tuviese tiempo para preguntas y el diagnóstico no contara con una parte clínica.

Desde la madre que arrulla, canta y mima a su párvulo, hasta la que confunde malestar con malcriadez y le pelea al hijo, lacta al pequeño a toda velocidad en un balance (como botella que se agita, ya sabemos las posibles consecuencias) y no acepta consejos respetuosos; e, incluso, aquella que se esconde para fumar en el baño, con el niño cerca (inconcebible) o tira objetos contaminados por la ventana, sin importarle al parecer la propagación del virus.

Desde la auxiliar de limpieza que hace como que limpia, pero deja todo igual y, al contrario, el “hombre que realiza un favor” (su función en el centro es otra) y deja la sala reluciente. Parecen matices, pero los matices hablan. Si usted es galeno, póngase en nuestra piel de madre; si usted es paciente, póngase en la piel del galeno. Que la dureza de estos tiempos no nos haga perder la ternura de nuestros corazones, como dijo el Che.

Otro asunto, sin ánimos de criticar, sino de ayudar. Si el protocolo en cierta medida se ha adaptado a la escasez de recursos y demás, deberían buscarse otras alternativas a tono con la demanda (más allá del Sistema Integrado de Urgencias Médicas (SIUM), que no da abasto y los transportistas que han apoyado algún momento). Ahora se da el alta (si no hay síntomas alarmantes en el paciente pediátrico) unas horas después o al otro día de puesta la segunda dosis del interferón (en dependencia de la edad y características del pequeño).

En mi experiencia vi que cada día a alrededor de cinco casos se les daba el alta y, a juzgar por el tiempo de ingreso (normalmente es de cinco días, si no hay complicaciones), lo más posible es que al salir de la institución hospitalaria estén aún positivos (pues ya no se repiten las tiras rápidas o el PCR antes de regresar al hogar por los problemas materiales conocidos).

Suponiendo que fueran cinco siempre (que la cifra es relativa), o 10, contando a la madre o tutor (que si no vino con el test realizado en algún lado aquí tampoco se le hará porque “no alcanzan”), eso significa que “se liberan” cada día a 10 personas seguramente positivas, quienes se trasladan en cualquier vehículo hacia cualquier municipio de la provincia, rodeados de cualquier cantidad de ciudadanos.

Eso no me cabe en la cabeza. Además, no todo el mundo puede alquilar un medio de transporte. A mí, por ejemplo, me costó 200.00 CUP llegar a casa en coche, y eso que era en horario de la mañana. Si no… espera el SIUM, pero ya sabes que hay quienes viven más lejos de la ciudad y lógicamente… Además del consiguiente riesgo para los choferes o cocheros.

Quizás no sea un dislate (amén de la escasez de recursos, ya que esto los ahorraría), disponer de una o dos guaguas (o un carro más pequeño), con destino a los territorios del norte y el sur, para trasladar diariamente las altas.

La Covid-19 no está de moda, se trata de vidas humanas, de salvar un “ecosistema económico con muchas especies en peligro de extinción” (por decirlo de algún modo). Atemperarse no tiene por qué ser acomodarse. En esta bella Isla hay suficiente talento y corazón para generar ideas entre todos, esas que nos ayuden a recorrer mejor los laberintos de la pandemia. 

 

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