La señora a mi lado me cuenta que era hermoso pasear por la ciudad los fines de semana, perderse en el ajetreo de pueblo y olores diversos, recorrer los mercados sin nada para gastar, solo por placer. Asegura que caminaba de un extremo a otro de la urbe y gozaba de la sombra de los árboles, bien colocados a merced de los caminantes.
En las anécdotas de la anciana Las Tunas era un espacio verde, sin demasiado gris, ni asfalto. "Daba gusto disfrutar un paseo", confiesa. "Cuando mi esposo y yo construimos una casa lo primero que hicimos fue sembrar un árbol a cada extremo, y todavía siguen ahí, cobijando a los transeúntes que necesitan un respiro del Astro Rey".
Elsa siente que la ciudad es muy diferente ahora. La tendencia de los últimos años ha sido reducir cada vez más los espacios verdes. El mármol y el asfalto se le antojan muy agresivos para su edad. La anciana bromea sobre su estado mental, y se pregunta si la modernidad es enemiga de la reforestación, si a los jóvenes no les gusta la naturaleza, si ya nadie se enamora a la sombra de los parques, y porque Las Tunas aunque más hermosa, parece también más inhóspita a sus ojos.
La incertidumbre de la señora de cabello gris me quedó impregnada sin que yo supiera cómo responder. La urbe de sus recuerdos no cabe en los míos. Pero el resto del recorrido me advierte la ausencia de árboles en las calles, el ornamento escaso, y la supremacía del asfalto absorbiendo la radiación solar. Elsa me hizo pensar en la ciudad verde que quiero.
Según los especialistas de la Dirección Municipal de Planificación Física (DMPF) Las Tunas es uno de los territorios con más bajos índices de arborización. Esta situación incide hasta en la fuerte sequía que sufrimos. La ciudad, en particular, ha mejorado esas estadísticas, pero no llega a cumplir con los metros cuadrados por habitantes establecidos mundialmente.
Desde hace algunos años, el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente vela porque se cumplan las regulaciones existentes en materia de protección al entorno. En cambio, muchas veces se violan determinadas normas o con el tiempo se incurre en las mismas irregularidades a los ojos de todos.
Los expertos hacen notar que la presencia de parques, microparques, plazas, parterres y separadores de la vía pública no constituye capricho de Comunales o de los constructores, por el contrario, cada una de esas áreas posee una función y así serán las especies que se planten, ya sea por su aporte paisajístico, de sombra y, en casi todos los casos, influyen en la protección de los suelos o en el régimen hídrico.
Claro, es necesario hacer un estudio para saber qué plantar en cada lugar, de acuerdo con el entorno y la función por cumplir. En las ciudades, por lo general, se deben sembrar árboles con sistema radicular profundo para no dañar las aceras y vías; donde existe tendido eléctrico deben ser aquellos que no alcanzan grandes alturas.
Las áreas verdes son cosa muy seria, no deben desatenderse o sucumbir ante la modernidad, sobre todo en nuestro país en el que la población se encamina al envejecimiento a pasos agigantados y la sombra de arbusto puede ser de un valor inestimable.
Más allá del mejoramiento del paisaje, la vegetación constituye los pulmones de las ciudades al actuar como sumidero del dióxido de carbono y aportar oxígeno a cambio; además generan materia orgánica al suelo, envían humedad a la atmósfera, contrarrestan el aumento de la temperatura interceptando, reflejando o absorbiendo la radiación solar. Bajo condiciones favorables, un solo y aislado árbol puede evaporar aproximadamente 88 galones de agua por día (333 litros).
Las añoranzas de Elsa rememoran la ciudad verde y fresca que ella conoció. Ojalá nuestros nietos tengan las mismas visiones de esta urbe. No se trata de grandes esfuerzos ni inversiones, sino de asumir la reforestación como una tarea encaminada al bien común. Y que cada nuevo plan para revitalizar el entorno sea pensado con los correspondientes espacios naturales, en aras de vivir en lugares vistosos, pero también más saludables.






















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