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Las Tunas.- Rescatar los juegos tradicionales de Cuba es mucho más que un ejercicio de memoria, es una necesidad cultural y social en un país donde la identidad se ha forjado en la calle, en los barrios y en la interacción comunitaria. El trompo, la suiza, las bolas o la pelotica de mano no son simples pasatiempos, son símbolos de una manera de vivir que privilegia la creatividad, la cooperación y el ingenio popular.


La introducción de la tecnología y el predominio de las pantallas han desplazado poco a poco estas prácticas, confinando a los niños a un entretenimiento solitario y virtual. Sin embargo, rescatar los juegos tradicionales no significa renunciar a la modernidad, sino complementarla.

Se trata de ofrecer alternativas que fomenten la interacción cara a cara, el ejercicio físico y la imaginación, valores que difícilmente se encuentran en un videojuego. En este sentido, los juegos tradicionales son una herramienta pedagógica que enseña disciplina, respeto por las reglas y, sobre todo, la importancia de la colectividad.

No podemos olvidar que estos juegos también son un reflejo de la historia y la cultura cubana. Muchos surgieron de la inventiva popular, con materiales un poco improvisados y reglas transmitidas oralmente, lo que los convierte en auténticos testimonios de la capacidad del pueblo para crear diversión en medio de la escasez.

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Además, devolver vida a los juegos tradicionales puede tener un impacto positivo en la cohesión social. En un país donde la comunidad ha sido siempre un pilar, estos juegos ofrecen un espacio para que niños, jóvenes y adultos compartan experiencias, se reconozcan en sus raíces y fortalezcan vínculos.

La algarabía de los niños y adolescentes, sus risas y hasta sus discusiones a la hora de implementar reglas callejeras son contagiosas, le impregnan al barrio la alegría y la vida necesaria en estos tiempos tan difíciles.

En definitiva, rescatar los juegos tradicionales es apostar por la memoria frente al olvido, por la colectividad frente al aislamiento y por la creatividad frente a la uniformidad. Es un llamado a que las nuevas generaciones descubran que en cada trompo que gira, en cada cuerda que salta y en cada pelota improvisada late la esencia de un pueblo que sabe jugar, compartir y reinventarse.

 

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