aristipo

De las calles de París a la manigua de Cuba, la increíble historia del comunero que se infiltró en el corazón del Ejército colonial español y cambió el curso de una guerra

Las Tunas.- 23 de febrero de 1873. Campamento mambí de El Lavado, oriente de Cuba. Un hombre con la mirada cansada, pero firme, se presenta ante el mayor general Vicente García González. No lleva uniforme, solo el polvo del camino y el peso de un pasado revolucionario. Se llama Charles Peissot, aunque pronto dejará de existir. A partir de ese momento, será solo Aristipo: el nombre en clave del hombre que, desde las sombras, entregaría a Cuba una de sus victorias más audaces.

Su historia no comenzó en la manigua, sino entre el humo y los ideales de la Comuna de París de 1871. Allí, Charles Philibert Peissot, sargento mayor, había peleado en lo que Marx llamó “el asalto al cielo”. Derrotada la Comuna, perseguido, su viaje lo llevó -engañado y casi esclavizado- a las costas de Cuba. Pero cuando lo intentaron obligar a empuñar un rifle contra los independentistas cubanos, él y dos compañeros huyeron. No dispararían contra otra revolución.

Vicente García, el legendario León de Santa Rita, vio en él algo más que un soldado extranjero. Vio a un hombre con una mente estratégica, temple de acero y una motivación inquebrantable: la justicia. Así nació una misión imposible.

EL INFILTRADO: UN SECRETARIO EN LA GUARIDA DEL LEÓN

La genialidad de Aristipo fue su simpleza. No con explosivos o tiroteos, sino con pluma, papel y una frialdad impecable, se convirtió en el arma secreta más letal de la insurgencia.

Logró infiltrarse en la plaza fuerte española de Victoria de las Tunas y ganarse la confianza del comandante español Félix Toledo Vidal, hasta convertirse en su secretario personal. Desde el mismísimo escritorio del enemigo, Aristipo copiaba planos, contaba soldados, anotaba movimientos de tropas y detectaba puntos débiles. Su información, enviada en mensajes cifrados a García, era tan precisa que pintaba la ciudad española con sus vulnerabilidades al descubierto.

Para septiembre de 1876, el plan final estaba listo. Los planos detallados de Las Tunas, dibujados por su mano, eran la llave para tomarla. Pero había que sacarlos de la ciudad fuertemente vigilada.

La misión recayó en su esposa, Iria Mayo. Con un valor que desafía la imaginación y aprovechando su avanzado estado de embarazo, cosió los documentos bajo su ropa. Cruzó los controles españoles con el futuro de la ciudad y el de su hijo nonato latiendo bajo el algodón. Tres días después de que los planos llegaran a manos de Vicente García, el 23 de septiembre de 1876, Las Tunas caía en un asalto relámpago y minucioso. La victoria llevaba la firma invisible de Aristipo.

EL PRECIO DE LA SOMBRA

El éxito lo delató. La persecución se hizo obsesiva. “Al francés lo buscan con mucho empeño”, rezaba un informe. Aristipo huyó al monte y se integró en el Estado Mayor de García, pero la red se cerró. El 7 de julio de 1877, en el paraje de Las Mercedes, una bala española puso fin a su epopeya. Su cuerpo, capturado y mutilado, fue exhibido como trofeo del terror colonial en la plaza de la ciudad que él mismo había ayudado a conquistar.

La tragedia persiguió a los suyos. Iria, encarcelada y delatada, dio a luz en prisión a León Filiberto. Débil y maltratada, fue asesinada en una marcha forzada, no sin antes confiar a su hijo a otra prisionera, en un último acto de esperanza.

Pero la semilla que Aristipo e Iria plantaron no murió. León Filiberto, criado por familiares, se alzó en la Guerra del 95. Y, en un giro del destino que parece escrito por la historia misma, participó en la nueva toma de Las Tunas en 1897, ahora bajo las órdenes del mayor general Calixto García. Herido, sobrevivió y llegaría a ser alcalde de la ciudad que sus padres, desde la clandestinidad y el sacrificio, ayudaron a liberar.

Aristipo no fue un mercenario. Fue un puente. Un puente entre las barricadas de París y la manigua cubana, entre el sueño comunero y la lucha mambisa. Su legado no es solo el de un espía brillante, sino también el de un precursor de la inteligencia militar cubana. Es el testimonio vivo de que la lucha por la libertad es un idioma universal, hablado por hombres y mujeres que, en cualquier rincón del mundo, eligen un bando: el de la justicia.

Su nombre no está en grandes monumentos, pero late en el ADN de una nación que se construyó también con el coraje callado de los que pelearon desde las sombras.

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