
Lo que comenzó como una operación quirúrgica para “decapitar” al Gobierno iraní se ha convertido en un pantano de desgaste. A 30 días del inicio de la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán, el balance arroja más de cuatro mil muertos, medio millón de desplazados y una convulsión en los mercados energéticos que afecta a todo el mundo. Sin embargo, la narrativa oficial, encabezada por el presidente estadounidense, insiste en contar una historia distinta: la de una victoria en ciernes.
Un análisis detallado del programa La Base, del canal Red, desmonta esta versión. La transcripción de su emisión, dedicada al primer mes del conflicto, revela las claves que los grandes medios ocultan. El consenso entre los analistas es que la guerra, lejos de resolverse, entró en una fase peligrosa donde la improvisación y la propaganda intentan disimular los errores de cálculo iniciales.
La agresión no empezó el 28 de febrero con un ataque, sino con un sabotaje a la diplomacia. Mientras la administración Trump montaba un “teatrillo” de negociaciones en Omán sobre el programa nuclear iraní, Israel y Estados Unidos ya tenían preparado el plan militar. La operación, bautizada como Furia Épica por Washington, comenzó con el asesinato del líder supremo iraní, Ali Jamenei, junto a una docena de altos mandos militares y de inteligencia.
“Si matas a quien puede firmar la paz es porque no quieres que haya una paz, sino una rendición incondicional o un vacío de poder”, señala el programa. El objetivo declarado era desestabilizar Irán hasta su desaparición como Estado funcional, confiando en que la muerte de su cúpula provocaría un colapso interno y una revuelta espontánea.
Ese guion, sin embargo, chocó con una realidad tozuda. Irán no se deshizo. No hubo vacío de poder ni insurrección providencial. La estrategia militar iraní, basada en una estructura descentralizada, infraestructuras subterráneas y capacidad de redistribuir mandos, funcionó. La guerra que debía ser un relámpago se convirtió en una guerra de desgaste, un escenario para el que Washington no estaba preparado.
Las declaraciones públicas de Donald Trump han sido una muestra de esa contradicción. Hace unos días, en su red Truth Social, el mandatario aseguró mantener “conversaciones muy positivas” con Irán y que el país persa había aceptado renunciar a su programa de enriquecimiento de uranio. Poco después, instruyó a aplazar los ataques militares durante cinco días.
El análisis de Canal Red califica estas afirmaciones como “con toda probabilidad, humo”. El aplazamiento no responde a un avance diplomático, sino a una necesidad táctica: dar tiempo a que los miles de marines que Estados Unidos está enviando a la región lleguen y se organicen. El objetivo, según se desprende del análisis, no es una invasión terrestre a gran escala, sino una operación anfibia para tomar islas estratégicas en el estrecho de Ormuz, la garganta por donde pasa gran parte del petróleo mundial.
“Si Trump dice que ha intentado negociar con Irán, pero que el ayatolá Jamenei se niega a buscar la paz porque está loco, estará mintiendo”, sentencia el programa. El plan sería utilizar ese pretexto para lanzar la ofensiva en cualquier momento, aprovechando el cierre de los mercados bursátiles.
El trasfondo de este conflicto es energético. En marzo, el barril de Brent registró el mayor incremento mensual de la historia, con una subida superior al 51 por ciento. La volatilidad superó incluso la de la invasión de Kuwait en 1990. Ese dato no es menor para los lectores de 26, pues la especulación energética golpea las economías domésticas en todo el mundo, desde el precio de los combustibles hasta el de la cesta de la compra.
El costo humano, sin embargo, es la cifra más grave. Según la Media Luna Roja y la Cruz Roja, en Irán se reportan al menos mil 900 muertes civiles, el 97 por ciento a causa de ataques aéreos. Líbano informa de mil 189 víctimas mortales, mientras que en Irak han fallecido más de cien personas. En total, más de cuatro millones y medio de personas han sido desplazadas en la región.
La letalidad se concentra en los países agredidos, pero el desgaste también afecta a los agresores. Estados Unidos ha disparado más de 800 misiles Tomahawk en solo dos semanas, agotando sus arsenales. Israel ha triplicado la producción de municiones. Sin embargo, la “victoria total” que vende la propaganda no aparece.
El frente, además, se amplía. Yemen entró en la guerra con ataques limitados, pero con capacidad real para bloquear el mar Rojo y golpear infraestructuras energéticas de los aliados de Washington en el Golfo Pérsico. Las monarquías de la región, señala el análisis, viven en una contradicción: necesitan la protección estadounidense, pero temen convertirse en campos de represalia.
La participación europea en el conflicto es otro de los puntos que el programa desnuda. Mientras sus gobiernos repiten que “esta no es nuestra guerra”, el territorio europeo es la retaguardia material de la agresión. El centro de mando de la operación estadounidense está en Ramstein, Alemania. Los bombarderos despegan de Fairford, Inglaterra. Las bases en Italia, Francia, Portugal, Grecia y Chipre sirven para el reabastecimiento, la inteligencia y la logística.
“Facilitar una guerra no es hacer la guerra", dicen. Pues claro que cuenta, cuenta y mucho”, advierte el análisis. La guerra contemporánea funciona con redes de mando, abastecimiento, vigilancia y apoyo político, y en esa red Europa está dentro.
Ante este panorama, los analistas coinciden en que Estados Unidos e Israel cayeron en lo que denominan “la trampa de la escalada”. No pueden alcanzar sus objetivos declarados mediante la guerra aérea, pero declarar la victoria y retirarse sería una derrota estratégica inasumible. Por eso, la retórica de Trump oscila entre la amenaza y la supuesta negociación: un reflejo de la improvisación bajo presión.
El objetivo de fondo, apunta el programa, va más allá de derrocar un Gobierno. Se trata de rediseñar Oriente Medio para que ninguna potencia independiente pueda escapar a la subordinación de Estados Unidos o Israel. La idea es fragmentar la región en un mosaico de tribus y clanes que compitan entre sí por el favor de Washington.
Un mes después, ese objetivo no se ha cumplido. Irán resiste, el conflicto se expande y el mundo entero paga las consecuencias en sus bolsillos y en la inestabilidad global. Como concluye el análisis, lo que se vendió como una operación limpia y rápida se convirtió en un desgaste que, por ahora, no tiene ganador claro.

