
A propósito del Día Mundial del Donante de Sangre, conversamos con Yirobi Tamayo Álvarez, un hombre que lleva más de dos décadas regalando vida. A sus 44 años, Yirobi Tamayo Álvarez es un hombre de carácter tranquilo y palabra firme. Director de la escuela secundaria Máximo Gómez y exdeportista de combate, carga con una historia que fluye por sus venas mucho antes de convertirse en un donante excepcional.
EL INICIO DE UN COMPROMISO
Todo comenzó en 2003, cuando Yirobi era profesor de la secundaria básica "Carlos Baliño López". Un compañero de trabajo, ya vinculado al programa de Plasmaféresis, le habló del procedimiento. "Yo ya era donante de sangre, pero me interesé. Le preguntaba que si eso no le hacía daño para la salud. Él me explicó cómo funcionaban las máquinas y me trajo hasta aquí", rememora.
La primera persona que recibió su plasma fue una embarazada que necesitaba su tipo de sangre, O Positivo. Ese mismo día, tras la entrevista y los chequeos médicos, comenzó un camino que ya supera las dos décadas. "Al otro día inicié el programa. Hasta ahora me mantengo en la donación", afirma con naturalidad.
Disciplina de acero para una hemoglobina de campeón
Donde muchos ven obstáculos, Yirobi ve rutina. Aunque en sus inicios donaba semanalmente, hoy acude "cada vez que lo necesita el banco", a veces dos o tres veces al mes. ¿Su secreto? Un estilo de vida que lo mantiene con la hemoglobina siempre por encima de 14.
"No tomo, no fumo, no tengo vicios. Mi estilo de vida es muy agitado, pero me mantengo activo. Todas las mañanas, antes de ir al trabajo, hago mis carreras y ejercicios. Nunca me vuelvo sedentario", confiesa este hombre que pasó por la EIDE y luego realizó la especialidad de Cultura Física, y que hoy, como director, predica con el ejemplo.
EL VALOR DE INFLUIR: CUANDO LA SANGRE LLAMA A LA CONCIENCIA
La anécdota más viva en su memoria no es de anonimato, sino de cercanía. Dayna, una profesora de su escuela, estaba desesperada porque a su padre le iban a operar de urgencia de un tumor cancerígeno. Le faltaba una sola bolsa de sangre. "Ella no sabía que yo era donante. Conversando un día en la escuela me lo dijo, casi llorando. Le dije: 'No te pongas así, vamos ahora mismo que yo te dono'. Y era O positivo, justo lo que le hacía falta. Hoy por hoy, su papá está vivo".
Poco después, un exprofesor suyo, José Luis Cordoví, enfrentaba una cirugía de colon y necesitaba sangre. Nadie se animaba. "Él se acercó a mí porque Dayna le comentó. Le doné, y hoy también goza de perfecta salud".
Pero si de valores se trata, Yirobi deja una máxima imborrable. "En mi casa, una persona me ofreció dinero. Le dije: 'No hay dinero en este mundo que pague una donación voluntaria. Cuando vuelvas a venir, ven con el corazón en la mano, no con dinero'. Fui y doné la sangre. Nunca supe quién era ella". La recompensa, asegura, llega cuando alguien lo reconoce en la calle y le dice a su hijo: "Mira, ese fue el hombre que te donó la sangre para salvarte".
RAÍCES SOLIDARIAS
La suya es una herencia de altruismo. Su difunto padre fue donante, y su hermano menor, tras escuchar sus explicaciones sobre el plasma, también se sumó al programa. "Él me dijo: '¿Plasma? ¿Qué es eso?'. Le expliqué que es el líquido que evita que la sangre se vuelva pastosa. Ahora está aquí, donando".
Sobre el trato en el banco de sangre, no escatima elogios: "Es maravilloso, partiendo de la direccion hasta la recepción. Te chequean, te dan merienda, te preguntan cómo estás. Es un trato bueno para todos".
A sus 44 años, Yirobi no piensa en el retiro: "Todavía me queda bastante tiempo para donar". La suya es una tarea de sensibilidad probada que las más de las veces permanece anudada en el anonimato.

