
"Amancio", Las Tunas.- El robo de aceite dieléctrico en Cuba no es un hecho menor ni un simple caso de mercado negro: es un fenómeno que ha afectado a varios lugares del país, incluyendo la provincia de Las Tunas, dentro de la cual el municipio de Amancio tuvo ya sus incidencias con repercusiones técnicas y sociales muy serias.
Este fluido resulta esencial en los transformadores eléctricos y cuesta bastante dinero importarlo. Su función principal es aislar y refrigerar los equipos de alta tensión, evitando cortocircuitos, sobrecalentamientos y fallos que pueden terminar en incendios o apagones prolongados.
Sin este líquido, los transformadores pierden estabilidad y pueden quedar inutilizados en poco tiempo. En otras palabras, no es un recurso reemplazable fácilmente ni algo que pueda sustituirse sin menoscabar la red eléctrica.
Cuando este material es robado, el impacto va mucho más allá de la pérdida económica inmediata. Se compromete la seguridad del sistema eléctrico y pueden incrementar las averías en cadena.
Un transformador dañado puede afectar a barrios enteros, hospitales, sistemas de bombeo de agua y otros servicios esenciales, como ya ocurrió en el centro urbano de esta localidad del sur de Las Tunas.
En contextos como el cubano, donde el sistema eléctrico ya enfrenta limitaciones estructurales, en buena medida motivadas por el bloqueo que nos impone el Gobierno de los Estados Unidos, cualquier pérdida de este tipo agrava la fragilidad general.
De ahí que sea preciso que todos los vecinos cuidemos las subestaciones donde se ubican los transformadores, y que se arrecie el control por parte de las autoridades pertinentes en el cuidado de estos sitios.
Es válido aclarar que las personas que cometan este delito pueden ser sancionadas con penas de hasta 30 años de privación de libertad por sabotaje al Sistema Electroenergético Nacional, y se ha dado el caso de que algunos ciudadanos han perdido la vida en el hecho.
Desde el punto de vista social, estos robos suelen estar asociados a la reventa informal del producto; el resultado final es tremendo: se deteriora aún más un servicio básico del que depende toda la población. Esa fechoría no solo perjudica equipos: debilita el funcionamiento de un sistema entero y termina afectando, directa o indirectamente, a millones de personas.

