
Las Tunas.- Pocos meses habían pasado desde que salió de la casa de los padres con su pequeña de 8 años. El nuevo matrimonio y las posibilidades de trabajo en la capital llegaron para oxigenar sus días. Ella se adaptó rápido, pero a la niña le costó acostumbrarse a estar lejos de sus abuelos.
Al principio no le preocupó. Su hija lo hacía de manera esporádica, quizás por “gracia” o para entretenerse; luego se tornó habitual. Creyó que la preocupación era en vano hasta que vio la evidencia en sus manitas. Ahí entendió que el problema era real. La niña se estaba comiendo las uñas, y muy seguido…
Poco resultaron sus consejos, los de la maestra y hasta sus compañeritos de aula. El hábito se hacía cada día más constante, hasta que su mamá buscó orientación profesional. Una psicóloga recomendó apuntarla en un deporte en el cual gastara energía; eso trajo la esperanza. La niña comenzó a practicar taekwondo y descargó su ansiedad en los entrenamientos. Y así, poco a poco, el “apetito” por su uñas desapareció.
Todas las personas, por los avatares de la vida, pasamos situaciones en las que nos encontramos bajo presión. Y como escape hemos creado nuestras propias “técnicas” para olvidar un poco lo que nos aflige. Unos lo hacen corriendo, otros navegando en Internet, pero hay quien, simplemente se “come” las uñas.
Tal vez varias personas lo consideren un tema sin importancia, pero la onicofagia (término médico que recibe este hábito) trae consecuencias para la salud y la estética personal. Las manos y, por ende, las uñas son parte de nuestra “carta de presentación”. Su cuidado es imprescindible y vale la pena meditarlo.
Según los especialistas, la onicofagia es más común en niños. Muchos empiezan a edades tempranas (entre los 3 y 6 años), por eventos estresantes, cansancio o incluso aburrimiento. Puede ser por imitación; ver a algún familiar o persona cercana haciéndolo los puede incitar a replicarlo.
Sin embargo, aunque este gesto parezca inofensivo, tras él podrían estar implicados temores, inseguridades o tensiones por cambios bruscos como inicio de la escuela, la llegada de un hermano o un ambiente hostil en el hogar. Por tanto, es necesario prestarle la debida atención antes de que se convierta en un hábito difícil de eliminar.
No obstante, también es bastante frecuente en adultos, debido, generalmente, a situaciones de ansiedad o el estar bajo presión. Lo peor es que las consecuencias van más allá de la estética. Morderse las uñas provoca que las puntas de los dedos se enrojezcan, causa heridas y otras lesiones que suelen ser muy dolorosas y constituyen puerta para infecciones.
A su vez, puede traer aparejado otros problemas como el desgaste en los dientes frontales, al punto de llegar a cambiar gradualmente la apariencia de la sonrisa y causar halitosis. Eso, sin mencionar que una presión constante puede provocar un desplazamiento de los dientes y alterar su alineación.
Aunque luzcan limpias, bajo las uñas se albergan microorganismos. Si las llevamos a la boca, estaremos introduciendo a nuestro ser infinidad de microbios. Además de que las uñas afiladas son un peligro para las encías, que pueden sufrir pequeños cortes y así aumentar el riesgo de infecciones.
Hablamos de un reflejo que surgirá en situaciones de ansiedad. Por eso se debe acudir a un especialista que ayude a manejarla. Algunos avezados aconsejan envolver las uñas con tiritas, esparadrapo o precinta. De modo que se establezca una barrera entre estas y los dientes. Una clave importante es ejecutar tareas que exijan concentración y mantengan la mente ocupada, como los ejercicios físicos. Así se gasta energía y nos “olvidamos” de las uñas.
Las tensiones son inevitables. Los problemas siempre existirán, de una u otra manera. Pero también la vía para manejarlos y los especialistas preparados para ayudar. Sin embargo, de nada valen las recomendaciones si el afectado no pone de su parte. Todo debe partir de la voluntad personal.
La onicofagia nunca será una opción para que la espera pase más rápido o nos olvidemos por instantes del problema. Mostrar unas uñas fuertes, sanas, y una sonrisa saludable debe constituir razón más que suficiente para reflexionar y evitar a toda costa un hábito nada agradable; y sí dañino para la salud.

