
26 conversó con Martha Pérez Adams, la santera Oyá más longeva que tiene Las Tunas. Una mujer fiel a sus orishas, a la familia y a esta ciudad de gente noble.
Las Tunas.- Dice que tenía apenas 7 años cuando aprendió a fumar tabaco. Era una muchachita dura de pelar, a la que le daban fuete cuando hacía de las suyas, incluso estando ya castigada; pero a la que nunca vieron doblegarse. Se tragaba las lágrimas, aguantaba al sol duro y, aunque siempre respetó a sus mayores, había en ella una determinación indomable.
Tuvo desde siempre un gusto nato por los asuntos de la santería. Su madre, fiel creyente de la Virgen de la Caridad y su padre, “que creía cuando le daba la gana”, tal vez se fueron acostumbrando a que Marthica hablara con los muertos, dijera que los veía al pasar, e iba encontrando color en ese mundo, entonces extravagante, de los orishas africanos.
“Yo no sabía nada de lo que era la santería, o la 'brujería cubana' como yo le digo; pero me fue gustando y, les puedo asegurar, que los caracoles no mienten. Antes, tú te encontrabas a quien los tiraba sabiendo apenas leer y escribir, y te decían lo que era comay, no había que ser abogado, médico o periodista, ¡qué va! Ahora ya nada es igual”.
Eran los tiempos en que se pagaba un peso y cinco centavos al santero para el derecho; dice ella “que se movía todo por amor, sin ganas de hacerse millonarios”.
Lo hizo así, y ya han pasado 52 años desde que hiciera su consagración de santo y comenzaran a llamarla Ina Yogbo, como hija de Oyá y Oggún. Eran los finales de la década del 60 del siglo pasado.
“Ahora tú vez que cualquier persona te dice algo y conoce, pero antes no; se ha perdido mucho la ética de la religión; se ponen a hacerle obras a la gente por ganancia. Yo me horrorizo con eso.
“Ahora para un ebbo todo es gallo, pollo, gallina, chivo… eso es dinero. Antes había más armonía, experiencia, sabiduría. Llamabas a un canto y la gente venía porque sí. Ya nada es igual, hay mucho interés en el mundo”.
Pero Martha no ha sido eso. La mujer que se levantaba a las 4:00 de la mañana hasta hace muy poco y se iba a hacer un ebbo en la línea del tren o en el río, que desandaba las calles de madrugada por un trabajo a alguien; fue auxiliar de Enfermería primero, enfermera después y llegó a ser anestesióloga.
“Muchos niños que ayudé a nacer en la antigua clínica Loreto (en lo que es ahora el Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología); y muchas guardias que hice en el hospital Ernesto Guevara después, porque estoy entre las fundadoras del lugar que, por cierto, era una maravilla cuando abrió sus puertas a la gente”.
Y nunca le resultó eso de dar vida siendo hija de Oyá, una contradicción, ¡ni más faltaba! Desde los tiempos de Ñaña Seré se sabe que la vida y la muerte se entrelazan, que en el alumbramiento (que es el momento exacto de llegar a este mundo) bajan los espíritus, los ancestros y, junto al ángel de la guarda y otros seres buenos, se da la bienvenida a la criatura para que comience a andar su propio camino.
Oyá (señora de la centella, del remolino, del arcoíris y de los muertos) vive en la puerta del cementerio; y durante muchos años allá se iba la santera, a recorrer el camposanto y poner flores en las tumbas, disfrutando de la calma tremenda que habita el lugar.
“Esta religión es muy linda. Nosotros nos llevamos por los elementos de la naturaleza; las plantas, que son seres vivos, los animales, el aire, la lluvia, el espacio; y la tierra, que es sagrada porque nos da vida, todo viene de ella; y después, nos traga”.
Escuchándola aprendemos un poco. “Las noches y las 12:00 del día no son buenas para nadie. A esas horas quédese en su casa, después de ahí, usted sale. La ropa negra deprime, atrae a Ikú (la muerte); antes de hacer un trabajo en un cementerio (sea bueno o malo) tiene que echar una ofrenda en la puerta. Y a ese lugar no se le tiene miedo, es sitio de tranquilidad; ahí está la materia, no el espíritu”, nos dijo.
Ella quiere que la cremen al morir porque “nadie me va a coger de prenda”; y eso, porque es la única Oyá mayor que hay en estos momentos acá. Le dicen Madre.
“Antes estaba Alicia Romero, era como un año mayor que yo, pero ya falleció. Creo que hay otras Oyá por ahí, yo no las conozco; ya no quiero conocer a nadie.
“Muchas veces pasan por la calle distintas personas y me gritan: “Adiós madrina” y yo les digo: “Que Oyá me lo bendiga mijo, ashé”; y no sé ni quiénes son. Porque es mucha la cantidad de personas que han visitado mi casa, gente que una ha conocido”.
Martha se define como una tunera feliz, está satisfecha del pedazo del mundo que habita y el Itá que guía su vida; habla con orgullo de su hija, sus ahijados, y tiene su casa ahora mismo un olor a guayaba fresca y armonía ancestral que convidan al respeto y le dan un aire raro que mezcla calma, fuerza y distinción.
Sabe de tiempos duros y todos los días -asegura- le pide a Oyá que siga poniendo de su parte, y no permita que la maldad de los hombres se abra paso en este mundo diverso que defiende desde la fe y la obra buena de sus pasos.

