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Las Tunas.- Ella tiene la mirada de quien ha visto la historia de cerca, desde el patio de una escuela, con las manos aún temblorosas de una muchacha de 17 años que un día vio entrar a un gigante. Hoy, Aleida Best Rivero con más de seis décadas de docencia a cuestas, rememora con una delicadeza como quien guarda un tesoro, aquellos dos encuentros con Fidel Castro Ruz que marcaron su vida para siempre.

Corría el año 1966, en Birán, un grupo de muchachas que se formaban en el curso emergente para maestros. Eran cerca de las 5:30 de la mañana cuando Aleida sintió que algo diferente estaba a punto de ocurrir.

"Siento que abren la portada del frente de la escuela, me paro y cuando miro, veo aquel hombre, como un gigante que se iba acercando", recuerda todavía con la misma sorpresa de aquella madrugada. "Me sorprendió tanto que en lugar de ir hacia donde él estaba, me eché a correr y me escondí".

La imagen se le quedó grabada: la figura imponente de Fidel, la luz temprana de la mañana, y ella, pequeña, escondiéndose como si el asombro le hubiera robado el control de sus piernas. Fue la directora Ana Argelia, a quien cariñosamente llamaban Gelín, quien reaccionó para avisar a las demás muchachas. "Todas las muchachitas se tiraron en batas de dormir, como fuera, para ver a Fidel", cuenta entre risas Aleida.

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Pero ella no podía. Estaba sobrecogida. Bajo un árbol de algarroba que sombreaba el patio de la escuela, la directora le comentó a Fidel: "Aquí dentro, tenemos a la vanguardia nacional de internados de Primaria". Entonces la llamaron, Aleida se acercó encogida, con la timidez hecha cuerpo, y el Comandante la abrazó.

"Fue tanta la impresión que prácticamente no podía hablar", confiesa. "Lo único que yo le dije fue: 'Fidel, ¿cuándo usted va a ir a Las Tunas?' Y él me dijo: '¿Para qué tú quieres que yo vaya a Las Tunas?' Y le respondí: '¡Ay, vaya a Las Tunas, vaya a Las Tunas!'".

No pudo decir nada más. Pero aquella niña que había escrito el himno de la escuela, que dirigía las actividades culturales y militaba en la juventud, era mucho más que sus nervios. La directora, percibiendo su estado, le pidió: "Aleida, vamos para que le canten el himno". Y entonces, como un acto de redención, reunió a sus compañeras y comenzaron a cantar:

"Deseos de enseñar, la educación llevará a toda la niñez cubana, por esa libertad que en Cuba reina ya, debemos de vivir organizadamente, estudiando aquí en Birán, para maestras ser de toda la República cubana...".

Fidel escuchó atento. Al terminar, dijo: "Muy bonito". Luego preguntó: "¿Qué les recuerda este árbol?" Y las muchachas, al unísono, respondieron: "Minas del Frío".

Fidel llamó entonces a su hermano Ramón Castro y le dijo: "Prepara las condiciones para que las muchachitas vayan a Minas del Frío". Pero antes de irse, les habló de algo que la profe nunca olvidaría: la importancia del primer grado. "El primer grado es la puerta para el desarrollo educacional del niño", les dijo. Y ella, a quien no le gustaba mucho trabajar con los más pequeños, sintió que el destino le señalaba un nuevo camino.

Entonces ocurrió lo inesperado: era el cumpleaños de Aleida. "Fue el regalo más grande que tuve en la vida", dice hoy, con los ojos brillantes.

Pasarían más de tres décadas antes de que esta tunera volviera a encontrarse con Fidel. Corría el año 2000, en esta ocasión defendiendo el rol de diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular. Todo transcurría con total normalidad ese día, avanzaba con la formalidad que el momento lo requería, de pronto la solemnidad se rompió, y Aleida, sintiendo que el instante se desvanecía, sin pedir permiso, alzó la voz:

"Ahora, un solo camino, el único camino para el cubano verdadero, tú en el obrero y en él tu campesino, y el pueblo un acto unido, que dice Patria o Muerte, es el grito de Cuba".

Fidel preguntó: "¿Quién habló?". Y Aleida continuó recitando su poema hasta el final: "Con el escudo, o sobre el escudo, Patria o Muerte". El ambiente volvió a unirse. Cuando todo terminó, ya cerca de las 2:00 de la madrugada, Fidel pasó entre las filas. Pero fue Ramón Castro quien se acercó a Aleida: "Vengo a darte el beso de los Castro, este es el de Raúl, este es el mío, y la besó en la frente, y este es el de Fidel". "Aquello para mí fue extraordinario", susurra, aún emocionada.

Hoy, Aleida Best Rivero ha recibido el premio de la Asociación de Pedagogos de Cuba y el de la Educación Superior. Pero su mayor orgullo es haber sido educadora durante 62 años. Fue maestra primaria, profesora de Historia, y ha impartido Metodología de la Investigación, Antropología, Etnografía, y trabajó en el Departamento de Arte de la Universidad de Las Tunas.

"Yo soy un híbrido", dice con una sonrisa. Ha tutorado ocho doctorados y más de 120 tesis de maestría. "Siempre he dicho que soy millonaria", asegura. "En los 62 años, casi 63, que llevo impartiendo docencia ha sido lo más notorio que me ha ocurrido en la vida. Yo creo que nací para ser maestra y moriré siendo maestra".

Sus hijos, como llama a sus alumnos de Hortaliza 4, están regados por el mundo: médicos, enfermeros, ingenieros, maestros, profesores. Y entre ellos, Raúl Verdecie, gran profesional de la Televisión cubana.

"Siento que mientras yo tenga vida, recordaré las enseñanzas de nuestro Comandante, siempre lucharé y trabajaré por esta sociedad", dice Aleida. "Aún con todas las dificultades que tenemos, pero sabemos que, si todos nos unimos, vamos a salir adelante. Esa es mi esperanza y mi fe".

Guarda con cariño el recuerdo de sus encuentros con el gigante que un día entró por la puerta de su escuela y se quedó para siempre en su memoria.

 

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