como confesarle mi amor 43333 1200

Las Tunas.- Confesarse es el acto de desnudar la voz para que el otro la vea; es poner en la mesa del alma una verdad que tiembla y esperar, con la misma mezcla de esperanza y miedo, que no la devuelvan rota. Y vamos, en la época actual pocas veces podemos confesar lo que sentimos; pocos son los que, en extrema valentía, lo hacen sin atender a la latente llamada de lo que sucede después.

“Hablando con un colega un día, llegamos a la conclusión de que las decisiones deberían, antes de tomarlas, mostrarnos un tráiler para saber si son buenas o no”, me dice un joven. Pero las mañas de la vida y el romanticismo empedernido que atesoran por dentro quienes sienten esto los llevan al borde del colapso amoroso, sobre todo, en etapas tempranas.

Confesar el amor no consiste en un acto mecánico o de manual; quizás sea una apuesta que mezcla lo íntimo con lo público y lo sagrado con lo cotidiano. Hay quien lo hace con una nota escrita a mano, con un mensaje que tiembla en la pantalla a las 3:00 de la mañana, con una canción que suena a escondidas, o con un silencio que pesa tanto que en cualquier momento pone los pies sobre la cabeza. En todos los casos, la confesión es un riesgo, abre puertas y ventanas, pero también deja al descubierto los muebles viejos del corazón.

En esta era digital, la confesión es performativa y, a la vez, más frágil. Se hace con la urgencia de quien teme que el tiempo le robe la oportunidad. Y, sin embargo, la esencia no cambia: decir “te quiero” sigue siendo un acto que exige coraje, porque implica aceptar la posibilidad del rechazo, la incomodidad del cambio, la responsabilidad de lo que vendrá. Es entregar el sentimiento, la expectativa, una invitación a construir algo nuevo o a cerrar un capítulo.

Hay una belleza inevitable en esa exposición. Confesar es, también, un gesto de honestidad radical: reconoce que uno no es un ente autosuficiente, que necesita al otro para completar la frase. Y en esa necesidad hay una valentía inmedible por la teatralidad del gesto, es la coherencia entre lo que se siente y lo que se dice. Porque el amor confesado, aunque no sea correspondido, deja una huella más honesta que cualquier simulacro de indiferencia.

No todo enamoramiento merece una confesión inmediata; hay tiempos para la prudencia y tiempos para la entrega. Pero quien calla por miedo a lo que pueda pasar se priva de la posibilidad de ser visto en su verdad. A veces la vida obliga a improvisar, a lanzarse sin tráiler, y es en ese salto donde se revela la intensidad del deseo. Otras veces, la espera es sabia y convierte la confesión en un acto más maduro, menos impulsivo, más pleno.

Confesarse, al final, es aceptar que el amor, más que una posesión, es una apuesta entre ambos y la vida. Es entender que la palabra dicha puede ser semilla o piedra, y que ambas cosas forman parte del paisaje humano. Y si hay una lección que nos deja este ejercicio, es que la valentía de confesar no garantiza un final feliz, pero sí nos devuelve la paz de haber sido sinceros con nosotros mismos.

... es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca... Alfred, Lord Tennyson

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