IMG 20260110 WA0160Las Tunas.- El reloj marca las 8:00 de la mañana y en la oficina de la Empresa Provincial de Servicios Técnicos del Arquitecto de la Comunidad, Reina Rosel Bertot ya está revisando planos, atendiendo llamadas y organizando tareas. A sus 63 años, casi 64, ocupa el cargo de subdirectora técnica, un puesto de gran responsabilidad que asumió después de haberse jubilado y reincorporado, porque, como ella misma dice, no sabe estar lejos de lo que ama.

Su historia comienza en Guantánamo, donde nació el 18 de julio de 1962. Desde joven mostró inclinaciones hacia las Ciencias Técnicas y el dibujo, aunque sus amigas la animaban a seguir la Medicina. “No me llamaba la atención la Salud, me gustaba más la parte técnica”. Su verdadera pasión era la Oceanología, pero en aquel entonces la especialidad no estaba disponible. Entre las opciones que quedaban, eligió Arquitectura, casi por destino, y con el tiempo descubrió que esa elección marcaría toda su vida.

“En 1980 inicié los estudios en el instituto superior politécnico Julio Antonio Mella, en Santiago de Cuba. La carrera no fue un camino lineal, me gradué en 1986, un año más tarde de lo previsto, debido a mi licencia de maternidad. Realicé mi servicio social en Caimanera, un municipio de atención especial, por su cercanía a la Base Naval; todo el que vive cerca de allí conoce el sacrificio que conlleva trabajar en ese pueblo”.

Allí, con apenas 22 años, enfrentó la realidad entre la teoría universitaria y la práctica real: dirigir brigadas de obreros, supervisar excavaciones profundas y levantar edificios en terrenos sin estratos resistentes. Fue una escuela de vida, donde aprendió que la arquitectura no solo se dibuja, se construye con esfuerzo.

“En 1987 me trasladé a trabajar como proyectista en la Empresa de Microbrigadas Sociales y Servicios de la Vivienda. Poco después, la necesidad de la entidad me llevó a dirigir el Departamento de Microbrigadas Sociales, donde las propias familias participaban en la construcción de sus viviendas. Más tarde, en el año 2000, empecé a trabajar en Planificación Física, como jefa del Departamento de Arquitectura y Urbanismo. Allí me vinculé con el patrimonio y el urbanismo de la ciudad”.

En 2004 finalmente logró incorporarse al proyecto del Arquitecto de la Comunidad, un espacio que había seguido con interés desde su creación. Allí transitó como especialista, luego como especialista principal y, tras su jubilación en el 2023, fue llamada para ocupar la subdirección técnica. “Yo pensé que me iba, pero el director me dijo: ‘Te necesito, y te necesito como subdirectora’”, cuenta con orgullo. Desde entonces ha acompañado cambios de dirección y reorganizaciones internas, siempre con el mismo compromiso.

Su trayectoria está marcada por proyectos emblemáticos en la ciudad de Las Tunas, como la Plaza de la Revolución, donde trabajó en algunos aspectos particulares, y por innumerables casas que ha diseñado y acompañado. “De vivienda tengo millones”, comenta, recordando de paso la singular “técnica” para que la memoria se active: “Puedo no reconocer un rostro en la calle, pero cuando alguien me menciona la obra de su vivienda, es suficiente para que recuerde con detalle la casa, la esquina y hasta las dificultades que enfrentamos juntos”.

Reina defiende que la Arquitectura debe ser una elección consciente y apasionada. “Para estudiarla hay que amarla. No es una carrera para cogerla por cogerla. Más vale ser un profesional a gusto que uno frustrado”. Para ella, en la conquista del éxito es vital el sentido de pertenencia, elocuente en el respeto al trabajo y la entrega diaria.

“Yo no me quiero ir para mi casa, porque me gusta lo que hago; trabajar no es una obligación, es un acto de amor. Ese amor se refleja en cada proyecto, desde una vivienda sencilla hasta la emblemática Plaza de la Revolución”.

Ha demostrado que la Arquitectura es compromiso social, respeto por la memoria urbana, sentido de pertenencia. Reina es una mujer que supo abrirse camino en un mundo complejo, que enfrentó la práctica con valentía y que nunca dejó de aprender. Hoy, al borde de los 64 años, sigue siendo un ejemplo, recordándonos que la verdadera arquitectura se construye con planos, sí, pero también con corazón.

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