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Las Tunas.- Sentados a la mesa de la casa de mi niñez conversamos; no recuerdo exactamente sobre qué versó la charla, apenas retengo la sensación de la simplicidad del asunto y mi pensamiento de “¡vaya, cómo es posible que empleemos el tiempo en temas tan triviales!”. Duró lo que tarda un sueño; porque fue precisamente eso.

Fidel se nos cuela más allá de la vigilia de quienes no pudimos estrechar su mano, pero que lo vimos en la distancia, en un acto, en una concentración popular. ¿Cómo será para quienes no tuvieron siquiera la experiencia vivencial de haber compartido época con él? ¿Esos que sabrán de su existencia a través de los libros, los testimonios, los videos o las respuestas de una herramienta de inteligencia artificial?

Dejando a un lado las interpretaciones salidas del fascismo contemporáneo, de los autócratas de siempre disfrazados de demócratas modernos: ¿cómo entenderlo quienes compartimos su aspiración de construir un mundo verdaderamente justo? Para estos últimos siempre quedará el peligro de la deificación, de colocar a aquel niño nacido en la madrugada del 13 de agosto de 1926 en el pedestal que él mismo rechazó. Veamos algunos ejemplos que dan cuerpo a esa perspectiva.

En julio de 1989, Fidel le planteó al país la posibilidad de que la Unión Soviética desapareciera; sus palabras entonces sonaron increíbles para la mayoría, porque la existencia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), su fuerza y pretendida imbatibilidad eran tenidas tan ciertas como la salida del sol cada mañana. Menos de dos años después la experiencia de los soviets no existía y muchos nos volvimos a su discurso en Camagüey, entendiéndolo como una especie de clarividencia. No era tal.

“Castro está convencido de que la URSS se ha embarcado en una sucesión de acontecimientos potencialmente destructivos”, señaló un informe de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos sobre la situación cubana de principios de ese año. “Le expliqué los propósitos de la perestroika y los problemas que afrontamos, pero el camarada Fidel me manifestó su preocupación por lo que ocurría en nuestro país”, escribió en su diario en esos mismos días el entonces embajador soviético en La Habana.

¿Eran fruto de una revelación divina las afirmaciones del Comandante aquella tarde de julio cuando pequeñas gotas de lluvia caían sobre su uniforme verde olivo, mientras se tocaba la barba que comenzaba a encanecer? Fidel, partiendo de la información disponible, ya había analizado los procesos que ocurrían en la URSS, al punto de concluir que la probabilidad de su desaparición era lo suficientemente alta como para considerarla posible.

Tuvo, eso sí, la sagacidad de comprender que resultaba urgente presentar a la opinión pública cubana dicha posibilidad real. No fue un hecho de adivinación, sino una actitud política de enfrentar a la gente con una verdad dura. He aquí la terrenalidad maravillosa de su estilo: el ser capaz de interpretar los sucesos cual ajedrecista que sopesaba una u otra variante.

En 1994 lo vimos recibir a un desconocido exmilitar venezolano en La Habana. ¿Por qué tiene la deferencia con este hombre que era un completo enigma? Nos preguntamos entonces. Décadas más tarde sabríamos que gracias a la eficiente red tejida por el Departamento de América Latina en el Comité Central, al mando del comandante Manuel (Barbarroja) Piñeiro, Fidel tenía los primeros indicios del líder potencial que perfilaba en Hugo Chávez Frías. De modo que se las arregló para conocerlo en persona y saber si los informes eran ciertos.

Ahí, y no en la magia, estaría eso que nos apasiona de él: su perspicacia política; su sabiduría identificando las señales, calando a las personas. No era infalible en ese aspecto; las traiciones y decepciones lo confirman, pero en los importantes, en los trascendentes, nunca erró el tiro.

Una de sus facetas más maravillosas, y tal vez menos conocida, fue su rol de estratega en la epopeya cubana en África, particularmente en la última etapa de la presencia de nuestras tropas en Angola en la década de 1980. Muy pocos líderes han librado y vencido en una guerra en la que no han estado presencialmente. Fidel fue capaz de hacerlo a 15 mil kilómetros de distancia.

Los oficiales de la Misión Militar Cubana en Angola cuentan que pedía tanta información que terminaron filmándole con cámaras de cine los lugares a fin de darle una visión lo más precisa posible del teatro de operaciones militares. En Cuito Cuanavale se cuentan historias de decisiones clave que tomó, moviendo brigadas, anticipándose al ataque. Leyendo más tarde los informes, los cables, las actas de las reuniones de los equipos negociadores, descubrimos a un maestro en el arte de librar las batallas con las armas o las pláticas tensas, con firmeza de principios y flexibilidad táctica.

Él comprendió como pocos las esencias de la política estadounidense, mejor que los veteranos analistas del Kremlin. Tomemos nota de eso; ahora que desde el otro lado del estrecho de la Florida repiten la táctica de la máxima presión, la intimidación… la amenaza.

Por eso prefiero recordarlo como un genio revolucionario; como el comunista que lo era tanto al punto de romper con los estereotipos de qué cosa entrañaba hacer una Revolución. De una inmensa modestia al grado de admitir sus errores públicamente; y señalar, recordémoslo a tono con los tiempos que corren, que no hay una única manera de construir el socialismo, y mucho menos en un país subdesarrollado a solo 90 millas de la mayor potencia de la historia.

Escojo de él su virtud de dirigirse a millones y hacer que cada persona sintiera que le hablaba directamente. Saliéndose literal y metafóricamente de los caminos trillados; escuchando, palpando el sentir de su pueblo a extremo de colocar en aprietos a sus escoltas. Esa no es solo una capacidad de oratoria impresionante, es una lección de comportamiento imborrable.

¿Tendría algo que criticarle? Probablemente sí, pero se lo diré cuando nos volvamos a encontrar en mis sueños, porque sé que era de los que despreciaba la gloria y aprendía de todos.

Por eso, ahora que nos está cumpliendo 100 años, prefiero recordarlo no con llanto, porque a los héroes y menos a él le hubiera caído muy en gracia evocarlo con sonidos lacrimógenos. Quiero dibujarlo como ese añoso del sombrero a quien le preguntan:

- “¿Acaso tú sabes la ruta? ¿Acaso ya pasaste antes? ¿Sabes de atajos y grutas?”. Y que responde:

- “Vengo de un tiempo de plagas y sequías. Pero a sangre y sudor se hizo cosecha. Más lo que se pudo que lo que se quería. Y heme aquí, latiendo aún esta fecha. No me sé el camino, solo tiran de mí los anhelos de posibles maravillas. Salgo a caminar, pues no aprendí a dormir, mientras en el zurrón queden semillas”.

Ese es mi Fidel, el que a su manera siempre le dijo a los jóvenes:

-“Dime tú, cuéntame del sueño que acunas. Con cuál fe llenarás tu templo. Del dulzor que tendrán tus uvas. Cuenta tú que tendrás más tiempo”.

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