accidente1Las Tunas.- El tema de los accidentes del tránsito siempre es latente, triste y de profunda connotación social y familiar. Sus estadísticas, para mí, solo confirman que es una fatalidad que muchos alimentan con desmanes propios e irresponsabilidad, con lo que dejan sin efecto los esfuerzos que se hacen para potenciar las campañas viales, la vigilancia en los puntos de control y la revisión a los estados técnicos de los vehículos y las carreteras.

La parte blanda de estos sucesos apunta hacia el descompromiso humano de al menos un individuo quien, como conductor o peatón, propicia el hecho. Recientemente, al entrar en vigor aquí la primera fase recuperativa tras el control de la Covid-19, por espacios informativos locales y las redes sociales llegó la penosa noticia: un choque entre una máquina “Almendrón” y una guagua de pasajeros en la carretera de El Socucho, en el municipio de Puerto Padre. Una joven fallecida, lesionados, consecuencias dolorosas, pérdidas…

Ese 27 de junio los comentarios sobre el letal impacto resumían el sentimiento de nostálgica solidaridad que provocan los accidentes del tránsito y, entre ellos, uno generó estas líneas. Refería que no pasan 24 horas de abrir las carreteras y las playas y ya empiezan a suceder las tragedias. Criterio que comparto y me hace volver sobre un asunto bien difundido y analizado desde la prensa, junto a los principales decisores de las direcciones de Tránsito y la Policía Nacional Revolucionaria en Las Tunas y el país.

Medidas rigurosas y de control existen a lo largo de la provincia y las fronteras municipales. Sin embargo, al revisar las estadísticas de manera acumulativa y mensual, las curvas en el verano reflejan una tendencia en ascenso a lo largo de años y quinquenios, con algunos períodos más favorables. Ahora los meses de aislamiento social, las limitaciones propias que exigen estas fases recuperativas, el acceso a bebidas alcohólicas y la liberación de estados emocionales, realmente aumentan los riesgos, más en determinados tipos de personas con características psicológicas específicas.

De aquí que decido no llenar de cifras los posibles argumentos. No busco análisis ni panaceas numéricos. Trato de llamar a la reflexión a quienes conducen por nuestras calles y carreteras, desde y sobre esa carreta que pasa a todo tropel por las zonas residenciales, los adolescentes en bicicleta, los cocheros “desbocados”, los autos que parecen balas… en fin, choferes. Ellos, de cualquier modo, son las víctimas y los victimarios de estos mortales hechos que sacuden el dolor, las familias, la sociedad, la economía. También los mayores responsables porque son quienes llevan el timón en sus manos.

Y de los conductores debe partir la cordura, el respeto a las leyes del Tránsito y la conciencia “consciente” que son los garantes de las vidas humanas que los acompañan. O los centinelas de esos peatones, quienes pueden ser imprudentes e igualmente salvados si se maneja como debe ser. Este verano 2020 no puede ser de locura ni imprudencias. Ya mucho se ha pasado y podemos pasar con el coronavirus. Creo que está claro. Hay que detener a la muerte. Y con los accidentes, si queremos, existe el PARE.

 

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