
"Con cuidado que vamos a cruzar la línea, levanta este pie primero y luego el otro, ahora dame la mano". No es un padre auxiliando a un niño. En esta ocasión, ya la parábola llegó a la cúspide y viene decreciendo; es un hijo ayudando a su madre para evitar que tropiece.
Cuando una mujer trae al mundo a un hijo, pone en riesgo su vida, pero además es consciente de que su vida ya no será la misma de antes. Comenzarán las noches de insomnio, el desorden en la casa; en muchas ocasiones, con la ropa mojada, ya sea de vómito o de orine. Es no tener tiempo para ella misma, ni siquiera para comer ni hacer sus necesidades con tranquilidad, es estar dispuesto a dar su vida si es necesario para traer una nueva vida.
Concebimos a un hijo con amor, lo cuidamos con amor, nos sacrificamos y estamos a su disposición toda una vida por amor. Sin embargo, llega el día, ese día en el que comienzan a florecer los padecimientos en el adulto, y es ahí donde se necesita esa mano, esa mano que guíe, que proteja y que esté dispuesta a ofrecer el amor, cariño y respeto que en su momento recibió a lo largo de su vida.
Vasta tan sólo asomarnos a una ventana para observar la cruda realidad, marcada por innumerables carencias materiales, cuestión esta que no impide para nada el afecto y respeto hacia el adulto mayor.
Los vemos en hospitales, con limitaciones físicas a merced de la ayuda de cualquier persona ajena a su familia, están en cualquier lugar, lo mismo pidiendo dinero, algo de comer o solamente deambulando, sin embargo, en ocasiones escuchamos a alguien que dice "ese señor que está ahí pidiendo un helado tiene familia”, pero ¿dónde están?, ¿qué hacen?, ¿por qué descuidan a un ser ahora tan vulnerable, que les dio vida?
Cabe reflexionar sobre el cuidado hacia el adulto mayor, qué podemos hacer como sociedad, como familia para devolverle ese cuidado y protección que un día nos profesaron, pues como diría el Guerrillero Heroico, Ernesto Che Guevara, “que la dureza de estos tiempos no nos haga perder la ternura de nuestros corazones”.

