
Las Tunas.- Cuando Ludmila Ávila Caballero habla de su profesión, la habita una amalgama de orgullo que casi puede palparse. No importa que hayan pasado 24 años desde que comenzó como enfermera asistencial en Ginecología, ni que haya tenido que crecerse en salones de parto fuera de Cuba... Ella sigue ahí, firme, convencida de que la Enfermería no es un trabajo, sino un destino. "Si vuelvo a nacer, vuelvo a ser enfermera", repite con una certeza que desarma.
Nada en su familia la predestinó a la Enfermería. No había antecedentes de batas blancas en el hogar de los Ávila Caballero, pero la pequeña Ludmila lo tuvo claro desde muy temprano. "Siempre supe que iba a ser enfermera", confiesa sin titubeos.
Aunque reconoce que la licenciatura en Derecho fue una tentación -impulsada por la admiración hacia su hermana fiscal-, el llamado de la salud fue más fuerte. "Me gusta mucho lo que ella hace, pero mi lugar es este", asegura.
LA PRUEBA DE FUEGO: EL SALTO A LO DESCONOCIDO
El año 2012 marcó un antes y un después en su trayectoria. Enviada a Venezuela como enfermera obstetra, Ludmila se encontró con una realidad que desbordaba su experiencia previa en la Ginecología cubana.
"Allá me dijeron que tenía que asumir todo como si fuera doctora", recuerda. Partos, legrados y procederes que en Cuba son competencia exclusiva de los facultativos pasaron a ser su día a día. "Hacíamos 40 y pico de partos en 24 horas. Estaba exhausta, pero fue una oportunidad que me forjó en la profesión", confiesa con la sinceridad que la caracteriza.
Habla de su primera misión como una escuela imprescindible, aunque no todo fue bonito. Se llevó el susto de su vida al salir del hospital obstétrico donde trabajaba. Iba en una camioneta cuando fue asaltada a punta de pistola. "Me tiré asustada, caí acostada en la carretera. Perdí toda la piel de las rodillas, de los codos", relata. El trauma fue tan grande que pasó cerca de un mes sin querer salir de casa.
Sin embargo, ni la violencia ni el miedo pudieron quebrar su vocación. "Seguimos con la tarea y enamorada de mi profesión", sentencia con firmeza.
HUMANISMO EN TIEMPOS DE ESCASEZ
Hoy, Ludmila enfrenta el reto más complejo de su carrera: dirigir un hospital en Las Tunas con una plantilla insuficiente y recursos materiales limitados. "Aquí buscamos estrategias", explica con pragmatismo.
Cuando falta una vénula, se coloca una "mochita", buscamos más opciones. Ella misma ha donado las sábanas propias para pacientes sociales que no tienen familia. "Un enfermero tiene que ser humano ante todo. Tiene que dar, aparte de atención médica, un poco de amor", reflexiona.
A pesar de ocupar un cargo directivo, Ludmila sigue siendo enfermera asistencial en esencia. "Si tengo que canalizar una vena, lo hago. Si hay que poner hidratación, también", afirma con contundencia. Para ella, el contacto directo con el paciente es el combustible que mantiene viva su pasión.
Con la honestidad que la distingue, Ludmila no oculta su preocupación por el relevo. "Estamos trabajando en aras de que el personal se concientice más. Las nuevas generaciones no tienen los mismos pensamientos ni las mismas ideas, pero han demostrado que pueden asumir grandes responsabilidades cuando es necesario. Nos toca enamorar a los más jóvenes en esta carrera tan sacrificada".
Aun así, no pierde la esperanza. Sabe que la Enfermería es un trabajo duro, pero también el más hermoso del mundo.
La vida de Ludmila Ávila Caballero es un testimonio vivo de lo que significa servir. Su historia, marcada por el riesgo, la escasez y la incansable entrega, refleja el espíritu de la Enfermería cubana: una profesión que, pese a todo, sigue latiendo con fuerza en el corazón del Hospital de Las Tunas.

