
Tras años sin realizarse en la provincia, un equipo de oftalmólogos del hospital Guevara practicó un implante secundario de lente a un niño de 6 años, en el hospital pediátrico Mártires de Las Tunas. Su caso sacó a la luz una solicitud especial de médicos y familiares de otros infantes en espera
Las Tunas.- Diago tiene 6 años. Como otros niños de la provincia, nació con cataratas congénitas, una opacidad del cristalino que impide que la luz llegue a la retina y, con ella, la posibilidad de aprender a ver. Fue operado por primera vez a los cuatro meses en La Habana, pero el implante secundario del lente -ese paso decisivo para recuperar la visión- nunca llegaba. La covid-19, los viajes, la distancia, la economía familiar: todo se conjugó para postergar lo impostergable.
Y el tiempo, en Oftalmología Pediátrica, no es un detalle menor. La doctora Iris Montes de Oca Campos, especialista en Medicina General Integral y Oftalmología, con 37 años de experiencia y 22 dedicados a esta especialidad, lo explica con la claridad de quien conoce bien el terreno: "El desarrollo visual es hasta alrededor de los 8 o 9 años. Lo que no se logra en ese tiempo, el niño no logra desarrollar una visión óptima".
Recientemente, los galenos del "Guevara" decidieron no perder más tiempo y realizaron una operación que durante muchos años no se hizo en Las Tunas. La intervención se realizó en el hospital pediátrico Mártires de Las Tunas, donde el equipo de la doctora Montes de Oca, junto al personal de esa institución, llevó a cabo el implante secundario de lente en ambos ojos del pequeño. La operación duró apenas media hora. Media hora para devolverle a un niño la posibilidad de ver el mundo.
Días después de la intervención, el abuelo de Diago le envió un mensaje a la doctora. El niño, desde la ventana de su cuarto en la segunda planta, reconoció a su padre que caminaba por la calle. Y empezó a gritar: "¡Vi a mi papá!".
La doctora lo cuenta y se le quiebra la voz. "Me duele", confiesa. Pero es un dolor que vale la pena, porque es el mismo que la impulsa a seguir. Antes de la cirugía, Diago usaba unos espejuelos como "fondos de botella" que se quitaba, rayaba y casi nunca llevaba en su lugar. No veía casi nada. Ahora lleva unos espejuelos más pequeños, con otra graduación, y espera el momento en que su ojo crezca y se estabilice.
LA VOLUNTAD NO BASTA
El caso de Diago no es único. Es, más bien, la punta de un iceberg que preocupa a los especialistas del Centro Oftalmológico del hospital Guevara. Allí están los equipos, el talento y la voluntad. Lo que falta es un mecanismo, un espacio, una decisión que trascienda lo individual para continuar haciendo procedimientos de este tipo, que puedan felices a los niños.
"Al principio, cuando se inauguró el centro, los niños se operaban aquí", recuerda Montes de Oca. "Venía el anestesiólogo del pediátrico, había una ambulancia para trasladar al niño y hacer la recuperación. Ese mecanismo se perdió alrededor del 2015".
Desde entonces, las familias deben viajar a La Habana, al instituto de oftalmología Ramón Pando Ferrer. Un traslado complejo, costoso, muchas veces imposible. "Hay una lista de espera larga de niños con cataratas congénitas que dependen del instituto para poderse operar", advierte la especialista.
LA POSIBILIDAD, SOBRE LA MESA
La doctora Montes de Oca no quiere crear falsas expectativas, pero sí ser honesta. "El talento está, los equipos están. Solo se trata de habilitar un lugar, ya sea en el Pediátrico o aquí, con las condiciones adecuadas". Un salón de Oftalmología debe ser de Oftalmología, insiste. No puede compartirse con otras especialidades que atienden a niños con otras necesidades.
"Tenemos el deseo, la voluntad, el conocimiento y las habilidades", afirma la doctora. "Quisiéramos que la sensibilidad cree las condiciones que necesitamos".
La provincia tiene la oportunidad de dar un paso al frente. Desde este servicio se espera que las autoridades del sector, a sabiendas de los tiempos complejos que nos rondan y, sobre todo por eso, creen las condiciones objetivas para que niños como Diago no tengan que esperar años, ni viajar o arriesgar el desarrollo de su visión por falta de un espacio o de gestiones concretas que pueden dar frutos.
Hay milagros que no requieren de grandes infraestructuras, sino de decisiones valientes. Y hay niños, como Diago, que ya están viendo el mundo con otros ojos. Solo falta que los demas también puedan verlo...

