comaneci

Las Tunas.- Nadia Comaneci tenía 14 años cuando hizo algo que nadie había logrado antes: obligó a la historia de la gimnasia a escribir un 10,00. Ocurrió el 18 de julio de 1976, durante la competición por equipos de los Juegos Olímpicos de Montreal. En las barras asimétricas, la joven rumana ejecutó un ejercicio tan impecable que los jueces no dudaron: la máxima calificación. Era la primera puntuación perfecta en la historia de esta bella disciplina olímpica.

Para comprender aquella hazaña hay que situarla en el contexto técnico en que se produjo. No ocurrió en los llamados ejercicios opcionales -aquellos que prepara para sí cada gimnasta-, sino en la ronda obligatoria, donde todas las competidoras debían ajustarse exactamente a la misma selección. Comaneci ejecutó la suya con tal precisión y elegancia que ninguna de sus rivales pudo acercarse a ella. Terminó la jornada como la mejor en ese aparato.nadia comaneci

Aquella primera presentación duró apenas unos segundos, suficientes para fascinar a los aficionados que abarrotaban las gradas del Fórum de Montreal. También quedaron deslumbrados los jueces ante la fluidez, la gracia, la técnica y la conexión entre los movimientos. La ejecución fue revisada una y otra vez, pero no encontraron ningún error que mereciera penalización.

La proeza de la rumana estuvo acompañada por un fallo técnico de tintes anecdóticos. La famosa empresa suiza de relojería Omega, contratada para hacerse cargo de los marcadores digitales, no había configurado la pizarra electrónica para mostrar puntuaciones de dos dígitos. Sus ingenieros lo habían propuesto, pero los organizadores lo consideraron innecesario: “En gimnasia, un 10 perfecto es técnicamente imposible de lograr”, argumentaron.

Pero la realidad terminó dándole la razón a Omega: la perfección sí era posible. Cuando los jueces introdujeron la nota de 10,00 puntos en el tablero electrónico, lo que se reflejó fue un desconcertante 1,00. El público protestó y lo manifestó con un murmullo general. El contratiempo técnico se resolvió con una nueva configuración del marcador. Nadia acababa de demostrar con su actuación que lo imposible también tiene cabida en el deporte.

La ejecución perfecta incluyó lo que los técnicos denominan una “suelta y reagarre” en la barra alta, maniobra que exigía fuerza y coordinación. La salida fue espectacular. Después de varias maniobras, ella abandonó la barra baja con una rotación de cadera y voló con el tronco arqueado. En las rondas posteriores, completó sus ejecuciones desde la barra alta con un mortal y pirueta. Las imágenes se convirtieron en iconos de la historia de la gimnasia.

Pero la actuación inmaculada de Montreal no quedó en aquel 10,00 fundacional. En las rondas siguientes, Nadia obtuvo seis puntuaciones adicionales de la misma cuantía: otros tres 10,00 en las barras asimétricas -sumó cuatro en ese aparato- y tres más en la viga de equilibrio, con lo que totalizó de manera global siete. En los ejercicios de manos libres y en el caballo de salto no alcanzó la perfección, aunque sí obtuvo medallas en el concurso general.

Nadia Comaneci compitió en Montreal siendo adolescente y se marchó convertida en un símbolo. Estableció estándares de excelencia en la dificultad y la ejecución difícilmente repetibles. Pero, sobre todo, dejó una imagen imborrable: la de una tecnología incapaz de mostrar la nota que los jueces acababan de concederle. Por primera vez, la perfección había aparecido en un tablero electrónico y el mundo no estaba preparado aún para reconocerla.

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